jueves 20/1/22
CULTURA ■ LO QUE AHOGÓ EL PANTANO

Patrimonio empantanado

El embalse del Luna devoró en los años 50 dieciséis pueblos, que fueron expropiados por 175 millones de pesetas. Iglesias, ermitas, castros y un castillo perecieron bajo el pantano. Pero más letal que el agua fue el expolio, que comenzó antes del cierre de las compuertas y siguió durante décadas
San Pedro de Luna mientras llenan el pantano. ARCHIVO DEL CLUB XEITU
San Pedro de Luna mientras llenan el pantano. ARCHIVO DEL CLUB XEITU

verónica viñas | león

Antes de ser engullido por el embalse, Oblanca vendió hasta la última teja. El pueblo quedó prácticamente arrasado. Aunque algún alcalde, de forma excepcional, promovió la conservación de los edificios, los demás, como la Junta Vecinal de Oblanca, acordaron «sacar el máximo provecho con la venta de todos los materiales útiles para la construcción». El alcalde de Miñera mandó derruir todos los edificios, pero los vecinos se opusieron, lo que al final propició que el destino de cada construcción quedara en manos de su propietario.

«Ha sido la mayor catástrofe que ha sufrido el patrimonio de la provincia, más destructiva que las tropas napoleónicas», asegura la historiadora Ana Villanueva, autora de una extensa investigación sobre los bienes anegados.

Inaugurado por el dictador Franco en 1956, dentro de su política de obras faraónicas y en pro de una España verde, que justificó la destrucción de una comarca singular, el pantano inundó Casasola, La Canela, Campo de Luna, Cosera, Miñera, Lagüelles, Láncara, El Molinón, Oblanca y San Pedro de Luna; otras dos localidades se vieron perjudicadas parcialmente, como Barrios de Luna (que perdió Trabanco y La Truva) y Mallo de Luna (que se quedó sin Las Ventas de Mallo); y tres más fueron abandonadas con posterioridad (Mirantes de Luna, Santa Eulalia de las Manzanas y Arévalo). Más de 1.500 personas se vieron afectadas por la construcción de la presa.

Con la sequía no sólo han aflorado los ’esqueletos’ de las antiguas edificaciones del Valle del Luna, sino las pruebas de la sistemática rapiña. En el año 2000, cuando el nivel del pantano descendió hasta el 4%, la iglesia de Miñera aún conservaba la espadaña. Hoy ya no hay rastro de ella.

Un expolio en tres fases

El pantano engulló 70 molinos, cuatro fraguas, 28 puentes y pontones, 14 iglesias, seis ermitas y dos castros. Podrían haber quedado ‘intactos’, pero el saqueo ha dejado el valle «como un yacimiento arqueológico», dice Villanueva.

La investigadora distingue tres fases de destrucción. En primer lugar, cuando ya es inminente que los pueblos van a quedar sepultados, particulares, alcaldes y, sobre todo, la Iglesia, evacúan todos los bienes valiosos. En segundo lugar, el efecto demoledor del agua cuando se anega el valle. Y, por último, en las épocas en las que desciende el caudal del pantano, se expolian hasta las piedras.

Por si fuera poco, el castro prehistórico de Oblanca fue aniquilado durante la construcción de la autopista de Campomanes y los materiales utilizados como relleno. Se trataba de un enclave en el que había restos de asentamientos desde el Calcolítico a la Edad Media.

Igual suerte corrieron el castro perromano de Mallo y el castillo de Luna, bastión contra las tropas de Almanzor y protagonista de leyendas como la de Bernardo del Carpio, que «fue utilizado para asentar las grúas que trasladaban los materiales a la pared de la compuerta del embalse, lo que supuso la pérdida de muchas de sus estructuras». De nada sirvió que hubiera sido declarado Monumento Histórico en 1931.

En el inventario de la arquitectura popular, Villanueva destaca la desaparición de paneras, palomares, molinos y lavaderos, entre otros. A ello hay que sumar la cantidad y calidad de los puentes que atravesaban el río Luna, como el de San Lorenzo, de once arcos y de posible origen romano. «Otro de los puentes más característicos era el del barrio de Trabanco de Barrios de Luna, que unía el castillo con la senda que circundaba el valle».

Muchas de las iglesias sumergidas eran de época medieval, como la de Lagüelles o la ermita de San Lorenzo de Miñera», que emerge en épocas de sequía.

En plena dictadura —recuerda la investigadora— las únicas voces que se levantaron contra el proyecto del embalse «tenían que ver con la justa indemnización y no con la protección de los bienes representativos».

Muchos apenas consiguieron lo imprescindible para empezar una nueva vida, pero también hubo quien hizo un gran negocio.

Los depredadores

«Las piezas de mejor calidad se vendieron a anticuarios y mercaderes ambulantes, mientras que el resto se extrajeron sin ningún tipo de licencia». Pese a que los bienes expropiados pasaron a ser propiedad de la Confederación Hidrográfica del Duero (CHD), ello no frenó a los expoliadores.

«Los sillares mejor labrados y los dinteles de vanos y esquinas» se esfumaron. «Así fue cómo los muros comenzaron a desplomarse».

Durante los trece años que duró la construcción de la presa la localidad que resultó más beneficiada fue Barrios de Luna, cuya población creció un 74% y vivió una década dorada. Pero el esplendor fue un espejismo. Acabadas las obras, los trabajadores se fueron.

El reparto de los párrocos

El panorama político del momento, la falta de sensibilidad hacia un patrimonio que se consideraba rural y, por tanto, de segundo orden, y el ‘traspaso’ de la diócesis de Oviedo a la de León, favorecieron «el desorden en torno a la titularidad de los bienes eclesiásticos y la anarquía dentro de los procesos de traslado de las imágenes y retablos», destaca Villanueva, autora de una concienzuda tesis doctoral que no elude quién se llevó los objetos religiosos de mayor valor y dónde fueron a parar.

Al final, los propios párrocos, las juntas vecinales y los particulares se arrobaron el derecho de decidir su destino. Fueron ellos quienes se encargaron del traslado de las piezas, que, en el mejor de los casos, acabaron en los pueblos aledaños.

Explica la historiadora que «don Eladio, párroco de Sena, junto con don Mariano, párroco de Miñera, llevaron a cabo la repartición de las tallas religiosas», que fueron entregadas a las poblaciones cercanas o vendidas a particulares y anticuarios, como la virgen de marfil de Miñera. Los habitantes de las poblaciones inundadas dieron la voz de alarma ante algunas ventas fraudulentas y la Guardia Civil llego a intervenir para evitar el expolio.

«El párroco de Barrios de Luna fue quien vendió las imágenes de la Virgen y San Juan que formaban parte del calvario que ocupaba el retablo mayor de la iglesia para la mejora del templo».

La mala conservación de muchos retablos, afectados por carcoma y humedades, propició que muchos fueran troceados; y las partes mejor conservadas, vendidas a coleccionistas. En Pobladura se sustituyó el viejo retablo por el de Lagüelles, que hubo de ser reformado para que encajara en su nueva ubicación.

Tráfico entre iglesias

Cuenta Villanueva que algunos retablos se salvaron gracias a leyendas populares, como la de San Lorenzo, que protegió a la población de Mallo de un incendio. Sin embargo, otros fueron robados, como ocurrió en las iglesias de Láncara o Mirantes. Las tallas peor conservadas se enterraron. «La imagen patronal de San Pedro de Luna salía en procesión el día de la fiesta, y gracias a ello, ha sido la única imagen del altar principal que continuó para el culto al público en la iglesia de Sena».

Hubo un auténtico trasiego de imágenes de unas iglesias a otras. Así, Barrios de Luna se hizo con el retablo, la Virgen del Rosario, la Virgen en Majestad y San Blas de Mirantes, el cáliz de Miñera y la rejería de la iglesia de Láncara. A Caldas de Luna fueron a parar las tallas de San Mamés y Santa Bárbara de Lagüelles, la campana de este pueblo y la cajonería de la sacristía de Miñera.

Mallo de Luna se quedó el retablo, la campaña y la Virgen de Fátima de Miñera. A Robledo de Caldas llegaron la Virgen de las Angustias, un Cristo Crucificado y San Ramón, procedentes de Lagüelles y una Inmaculada de Miñera. En La Magdalena acabó la Virgen del Carmen de Lagüelles; y en Sena de Luna, la Virgen del Perpetuo Socorro de Oblanca y el patrono de San Pedro de Luna. El San Roque de Oblanca encontró refugio en Vega de Robledo.

Otras imágenes fueron llevadas a casas particulares de Aralla de Luna, como San Antonio, la Virgen del Rosario y la Virgen de la Portera.

Ruinas del pueblo de Miñera, que además de quedar bajo el pantano sufrió un expolio sistemático. JESÚS F. SALVADORES

San Pedro de Luna mientras llenan el pantano. ARCHIVO DEL CLUB XEITU

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