lunes 6/12/21
El artista Álvaro Reja junto a una de sus obras. CUEVAS

marcelino cuevas | león

No hay cuidado. No nos vamos a equivocar nunca al mirar la pintura de Álvaro Reja. Su personalidad, su peculiar estilo, está patente en cada pincelada suya. El artista evoluciona lentamente, desde el interior al exterior, del alma a los pinceles. Poco a poco sus figuran reciben sutiles cambios, sus paisajes son menos lúdicos y más íntimos, el paso del tiempo está presente, pero el poso, la solera reposada del artista, sigue siendo inconfundible.

Y así nos trae, trae a su muestra en la galería de arte Bernesga, una nueva Catedral de León. Y unos novios que danzan en el aire, como hacían en los cuadros de Chagall. Y unas mujeres lánguidas e indolentes que firmaría un Modigliani contemporáneo. Y nos invita a jugar con sus niños y nos asombra con su técnica.

Álvaro Reja es un pintor lleno de experiencia, de sapiencia, de oficio, artista que arranca del clasicismo más radical en cuanto a técnica, para crear un mundo imaginario, un universo más soñado que vivido, en el que niños y mayores juegan a ser felices con inocente placidez y casi insolente felicidad.

El artista, puesto a ser personal e intransferible, se ha inventado unos seres muy parecidos a los humanos en sus formas, pero que mirados con atención demuestran venir de muy lejos, nada menos que del subconsciente de Álvaro Reja. A sus niños, a sus adolescentes, a sus artistas circenses, a sus toreros, les ha crecido la cabeza de tanto pensar en la felicidad y de tanto sentir una dulce melancolía pictórica. Sí, porque el artista mezcla con singular maestría una relajante sensación de abandono, con una atmósfera colorista y dinámica que invita a la sonrisa.

Dice Álvaro Reja que para él no significa ningún esfuerzo especial crear estos personajes, dibujar y pintar estos escenarios. «Surgen de mí -asegura- como algo natural y espontáneo. Creo que soy uno más de ellos, porque no pinto lo que veo, pinto lo que siento». Explica el pintor que a él lo que le gusta es buscar la belleza de las cosas y trasladarla a sus cuadros. «No me deja satisfecho representar la amargura, el sufrimiento o la desdicha. Creo que hay que posar los ojos en lo bueno, en lo positivo, por eso mis cuadros intentan acercarse a la felicidad».

El artista, prisionero del universo que ha inventado, es ya uno más de sus peculiares personajes.

Pintando la felicidad
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