viernes. 27.01.2023

El poeta turbio que dejó de ser maldito

Muere el director Agustí Villaronga, ganador de nueve Goyas con ‘Pa Negre’
                      El director Agustí Villaronga. DANIEL PÉREZ
El director Agustí Villaronga. DANIEL PÉREZ

«La sangre es escandalosa, pero uno se acostumbra», soltaba uno de los personajes de El mar. Agustí Villaronga siempre incomodó con sus películas, ya sea fabricando las atmósferas enfermizas de Tras el cristal, estirando las fronteras entre el documental y la ficción en Aro Tolbukhin. En la mente del asesino o en su mirada desasosegante a los crudos años de la posguerra en la Cataluña rural en Pa negre.

Fue precisamente Pa negre la película que en 2011 le hizo saltar del reducto de director de culto a algo parecido a un realizador popular gracias a los nueve Goyas que obtuvo. El éxito de crítica y taquilla no se tradujo, sin embargo, en ninguna concesión. Villaronga siguió tan libre e indómito como siempre, ajeno a modas, hurgando en los intersticios y en la sombras. Ni siquiera el cáncer que desveló que padecía en 2021 interrumpió su ritmo de producción: ese año triunfó en el Festival de Málaga con El vientre del mar y todavía le dio tiempo a rodar una película más, la inclasificable e inédita Loli Tormenta, capaz de unir en su reparto a Susi Sánchez y Fernando Esteso.

El director mallorquín, el poeta de la transgresión y la turbiedad, falleció ayer a los 69 años en Barcelona, según informó la Academia del Cine Catalán el mismo día que se entregan los Gaudí, los premios de ese cine catalán del que el autor de El niño de la luna fue estandarte y baluarte.

Villaronga era un tipo culto y sensible, siempre amabilísimo y generoso en las entrevistas, lo que contrastaba con las temáticas de muchos de sus largometrajes. «El tiempo ha provocado un cambio. En casi todas mis películas hay una fascinación por el mal, a veces me puede. Pero ya no es así. Sigo mirando hacia el mal, es un lugar que me interesa, pero ya no me fascina. No hay morbosidad ni nada enfermizo. Es un pasado que forma parte de la vida humana, porque el hombre está rodeado del mal. Mirarlo ayuda a las personas», confesaba en el Festival de Málaga de 2021,

Aquella alucinada crónica de un naufragio real que el pintor Géricault inmortalizó en‘La balsa de la medusa estaba rodada con escasísimo presupuesto y en absoluta libertad, casi como si fuera una pequeña pieza teatral. Sin embargo, El vientre del mar llegó justo después de la mayor anomalía de una carrera que alcanzó la docena de largometrajes, Nacido rey, una superproducción de 20 millones de euros sobre el rey Faisal que el director mallorquín filmó por encargo del productor Andrés Vicente Gómez en grandiosos escenarios del desierto de Arabia.

Villano en ‘Perros callejeros 2’

Agustí Villaronga nació en Mallorca en 1953. Nieto de titiriteros y feriantes, era hijo de un niño de la guerra que luchó en el frente con 15 años, vio morir a su madre de tuberculosis en un hospital de Tarrasa y acabó de cartero en Palma. Villaronga mamó el amor al cine de su padre y contaba que cuando acabó el colegio escribió a Roberto Rossellini en Roma para estudiar en su escuela de cine.

Uno de sus curas profesores sí fue al Centro Experimental de Cinematografía de Rossellini y al volver impartió un seminario. Aquello cambió la vida del chaval de 14 años, que comenzó a devorar libros de semiótica y ensayos sobre el montaje, escribiendo críticas en un diario de Mallorca. El conocimiento del oficio tras las cámaras se fraguó en mil labores: decorador, estilista, realizador de documentales y videoclips...

Se matriculó en Geografía e Historia en Barcelona y comenzó a trabajar como actor. Recorrió Europa y América en la compañía de Núria Espert representando Yerma y se le puede descubrir con melenas en películas de los años 70, como Robin Hood nunca muere, El fin de la inocencia, El último guateque y de villano memorable en Perros callejeros 2.

Su ópera prima después de rodar tres cortos fue Tras el cristal, en 1987. La cinta reveló a un cineasta dotado para las atmósferas turbias y malsanas. Ahí es nada contar la enfermiza relación que se establece entre un joven y un antiguo torturador nazi confinado en un pulmón de acero. Tras el cristal fascinó en el festival de Berlín e inauguró la intermitente filmografía de un perro verde de nuestra cinematografía, al que muchas veces no le ha quedado más remedio que reconducir los encargos a sus obsesiones. El niño de la luna, 99.9 y El mar son filmes ajenos a modas, venerados por la crítica y reservados a los circuitos de versión original.

Ahora que están de moda los fakes o falsos documentales, bueno es recordar que, en 2002, Villaronga nos tomó el pelo con inteligencia en la fascinante Aro Tolbukhin. En la mente del asesino, pormenorizado recuento de los crímenes de un marinero húngaro detenido en 1981 tras quemar vivas a siete personas en la enfermería de una misión en Guatemala y que acabó inculpándose de otros 17 asesinatos. Pequeño detalle: Tolbukhin nunca existió.

Pastelero por necesidad

La década de los 90 fue especialmente dura para Villaronga. Trabajó dos años y medio en un proyecto que no salió. Sin un duro, abandonó sus sueños de cineasta y, gracias a un amigo, se metió a pastelero en un obrador de Barcelona. Pasó cuatro meses cascando huevos y separando las yemas de las claras. «Poníamos la radio y charlábamos. Lo pasé bien», reconocía.

Los nueve Goyas de Pa negre constituyeron un triunfo histórico: era la primera vez que una cinta en catalán se hacía con el premio gordo de la Academia. Aguantó siete meses en cartel y en Cataluña vendió tantos DVD como Harry Potter. El director no utilizó el catalán en sus películas por ningún afán reivindicativo, simplemente no podía imaginar a sus personajes hablando en otro idioma.

Abusos en los jesuitas

La enfermedad, la fabricación del monstruo y la mutación de la inocencia en perversidad son algunos de los temas recurrentes de Villaronga, que estudió durante trece años con los jesuitas y llegó a plantearse seriamente ingresar en un seminario. El descubrimiento de su homosexualidad dio al traste con su vocación de cura. Reconoció que sufrió abusos en aquella época (colaboró con Pedro Almodóvar en el guion de La mala educación) y que en su adolescencia, en pleno franquismo, aprendió pronto a asumir su condición sexual ocultándosela a los demás.

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