sábado. 03.12.2022

SE HABRÁ enterado usted de la última movida en torno a

la serie de dibujos para adultos que aquí emite Antena 3 para los niños.

Resulta que en un episodio reciente de la familia amarilla, emitido en la televisión británica, se tocaba el espinoso asunto del Islam con rotulador más bien grueso -”Homer Simpson llama Oliver a Alá, por ejemplo-”, y relevantes instituciones musulmanas de la Gran Bretaña han puesto el grito en el cielo. A ese episodio de

se le ha reprochado que ofrece una imagen distorsionada y tópica de los musulmanes, donde no faltan las alusiones a su tendencia terrorista. La polémica se ha apagado bastante porque ese mismo episodio, cuando se emitió en los Estados Unidos, no sólo no irritó a nadie, sino que incluso fue elogiado por las comunidades islámicas, ya que se interpretó como una denuncia de los falsos tópicos de Occidente sobre el Islam. Es interesante que un mismo contenido pueda provocar dos reacciones tan distintas en un público común.

Es verdad que, en Gran Bretaña, la airada reacción se ha producido antes de ver el episodio, mientras que en los Estados Unidos fue con el episodio ya visto. Lo que hay al fondo, en todo caso, es el enorme valor que la opinión atribuye a las cosas que salen en la tele.

es una serie americana que, como tal, recoge todos los tópicos de la sociedad norteamericana sobre el resto del mundo, que son muchos, como es bien sabido, y con frecuencia fruto de la más atroz ignorancia. Esos tópicos, en

, a veces aparecen como denuncia, pero otras veces son defecto de los propios guionistas.

Así, en Argentina, el año pasado, hubo una bronca monumental porque en un episodio de esta serie se decía que Perón era un dictador que hacía desaparecer a la gente -”en realidad lo de las desapariciones corresponde a las dictaduras posteriores-” y que su esposa era Madonna (porque ésta hizo de Evita en un musical). Estamos hablando simplemente de una serie de dibujos animados, pero es comprensible que cualquier argentino normalmente constituido, y más si es peronista, brame porque semejante distorsión de la realidad se haya difundido por todo el mundo.

Lo que habría que preguntarse, en todo caso, es qué tipo de «cultura global» estamos construyendo para que los productos televisivos se hayan convertido en fuente de la imagen del mundo. El sentido común pide no sacar las cosas de quicio.

Y sin embargo, es evidente que un solo episodio de

tiene más eco que el mejor manual sobre la Historia argentina. Una vez más, se plantea la inconveniencia de emitir para todos los públicos un producto concebido para adultos. Ya no por razones morales -”que también-”, sino por razones culturales.

Simpsons
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