domingo 13/6/21
Literatura

Sosa Wagner ‘persigue’ a la Corinna del siglo XIX

Se llamaba Elizabeth y era irlandesa. Adoptó el nombre de Lola Montes, aprendió los rudimentos del baile español, rindió a sus pies a Luis I de Baviera y ‘provocó’ la revolución de Munich de 1848. Francisco Sosa Wagner sigue los pasos a esta Corinna del siglo XIX en su novela ‘Abdicación por amor’.
El escritor y catedrático de Derecho Administrativo, Francisco Sosa Wagner. MARCIANO PÉREZ

Cuando Sosa Wagner se topó hace años con el personaje de Lola Montes (o Montez) le abrió ‘una carpeta’ en su ordenador. Ahora ha rescatado a esta extraordinaria mujer, que sedujo con su belleza al rey de Baviera, para una trepidante novela, Abdicación por amor (Editorial Triacastela). Era una mala bailarina, pero una espléndida actriz, que se inventó el papel de su vida, el de la bailarina española Lola Montes, aunque realmente había nacido en un pueblo de Irlanda. «Era una grandísima impostora», afirma el catedrático de Derecho Administrativo.

Cuenta que era una mujer de una extraordinaria hermosura, «de pelo y tez morena, unos bellos ojos azules y un cuerpazo». Pese a sus escasas dotes para el baile, «los hombres iban al teatro solo para verla». Mientras Sosa Wagner daba forma al romance entre la seductora Lola Montes, que por entonces tenía 27 años, con Luis I de Baviera, de 60, forzado a abdicar por la desmedida ambición de la bailarina, España conocía las aventuras del rey Juan Carlos I con Corinna Larsen. Admite el exdiputado del Parlamento Europeo que el affaire del rey de España con la ‘princesa’ alemana guarda «un paralelismo» con los acontecimientos de su novela, aunque esa no era su intención.

«Lola Montes fue una mujer libre y singular, que se convierte en una figura mítica, algo que se podían permitir los hombres, pero no las mujeres», asegura.

No solo se inventó un nombre, sino que tras un viaje al sur de España, en el que intenta aprender baile español, que por entonces era tan apreciado que se introducía en los descansos de las grandes óperas, se forja una biografía: la de viuda de un general fusilado por Espartero.

Sosa Wagner reta a leer el primer capítulo de Abdicación por amor. «Después ya no puedes dejar la historia». Una novela vertiginosa, en la que cada capítulo tiene un narrador diferente, algunos reales y otros ficticios. En el último es la propia Montes quien repasa su vida.

Una mujer singular

«Lola Montes trató a los hombres como la mayoría de los hombres han tratado a las mujeres»

La protagonista ya apuntaba maneras de joven. «Fue desvirgada a los 16 años por el amante de su madre, un oficial inglés destinado en la India, con el que se fuga». Tras actuar en escenarios de Londres, París, Berlín y Varsovia, en 1846 llega a Munich, donde intenta sin éxito ser contratada en el Teatro Real. El director conoce su trayectoria de femme fatale y que ha dejado tras de sí varios hombres muertos en duelos y «no quiere líos». Montes se las arregla para conseguir una entrevista con el rey Luis I, quien queda prendado de la bailarina. «Y, por supuesto, actuará en el Teatro Real».

Mejor condesa que baronesa

Poco a poco Lola Montes consigue mucho dinero y poder de un rey que está perdidamente enamorado de ella. Le construye un palacete —que no se conserva actualmente—, a diez minutos a pie del palacio real, y ella empieza a intervenir en la vida política y en el nombramiento de dignatarios. «Las relaciones de cama con el rey son mu esporádicas, porque ella estaba liada con oficiales del ejército y estudiantes simultáneamente. Pero al rey le tenía muy atado».

La intención de la bailarina era ingresar en la nobleza bávara. El rey le ofrece el título de baronesa, pero a ella no le parece suficiente. Luis I de Baviera —que no se parece en nada a su nieto, el loco Luis II—, «despreciando y alterando todas las leyes, la hace condesa». Sin embargo, Montes no solo es odiada por el pueblo, sino por la aristocracia. Aunque la reina aceptaba las relaciones extramatrimoniales de su esposo, no está dispuesta a tolerar a la bailarina. «La reina veta a Lola Montes y no permite que entre en ninguna reunión a las que ella asiste». Además, los conflictos de la falsa española en la Universidad obligan a Luis I a cerrarla, lo que provoca la reacción del pueblo, que ve cómo la partida de estudiantes hunde la economía de Munich. Finalmente, en 1948, la impopularidad del rey le obliga a abdicar. El palacete de su amante es asaltado y Lola Montes huye a Suiza.

Pero la bailarina no está, ni mucho menos, acabada. Es una mujer capaz de crecerse ante las adversidades. Y seguirá manteniendo una relación epistolar con Luis I, fundamentalmente para pedirle dinero.

Cansada de Europa se reinventa en Estados Unidos, donde monta una obra de teatro en la que cuenta su vida y escribe libros para mujeres sobre belleza. «Se hace inmensamente rica». Pero, no contenta con ello, se embarca rumbo a Australia.

Dice Sosa Wagner que «Lola Montes trató a los hombres como los hombres han tratado habitualmente a las mujeres». Ella estaba dotada de una inteligencia muy especial. Tras su aventura en Australia regresa a Nueva York, donde fallecerá a los 39 años de un catarro.

Pidió que en su tumba figurara su nombre real, Elizabeth Rosanna Gilbert, porque «el mito de Lola Montes era inmortal». Cuentan que incluso Hitler tenía el retrato de la bailarina en su despacho. El famoso cuadro de Montes lo pintó Stieler, célebre por sus retratos de Goethe y Beethoven. Stieler, pintor de la corte, realizó 39 retratos para la Galería de las Bellezas en el palacio de Nymphenburg, un capricho de Luis I, que ‘coleccionaba’ mujeres hermosas, independientemente de su condición social. «A estas bellezas se les llamaba el harén, aunque el rey no tuvo relaciones carnales con todas», puntualiza el autor.

Pese a que es fácil enamorarse de una mujer que en el siglo XIX se puso el mundo por montera, Sosa Wagner afirma que en su libro es «respetuoso con sus defectos y virtudes. Ni la admiro ni la condeno».

Sosa Wagner ‘persigue’ a la Corinna del siglo XIX
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