domingo 25/10/20

Viajar con un escritor de guía

Los autores Marta Magadán y Jesús Rivas, que firman el libro ‘Turismo literario, aseguran que en España todavía no se ha explotado suficientemente este filón

Los libros son siempre una hoja de ruta. Un mapa. No importa cuántas veces se haya pateado Barcelona, siempre arrojará nuevas luces (y sombras) después de haber leído a Carlos Ruiz Zafón. Un neogótico de pura cepa, que rendía culto a los arcos de ojiva, las torres picudas y los vitrales polícromos. El hábitat natural de sus criaturas literarias era el corazón medieval de Ciutat Vella. Allí, en el barrio gótico, la fantasía del autor de La sombra del viento, fallecido hace un mes, extendía las alas y planeaba a sus anchas. No es fácil librarse de su embrujo. Resulta estimulante y hasta alucinógeno, máxime cuando se recorre la Ciudad Condal bajo su influjo. Toparse con un dragón de zinc pintado que asoma entre sombrillas y abanicos —en La Rambla, 82— parecerá lo más normal del mundo. Tranquilidad. Se trata de la Casa Bruno Cuadros, sede de una sucursal del BBVA. Nada es lo que parece.

No hay más que tirar del hilo para descubrir más claves, todas muy sugerentes. ¿Ejemplos? Una escapada a Alburquerque para rastrear la infancia de Luis Landero nos llevará a la lápida de un antepasado suyo con la cruz de cinco puntas de los judíos conversos de Extremadura. Y en la Iglesia de Nuestra Señora de las Maravillas, junto a la plaza del Dos de Mayo en Madrid, no solo habrá tiempo para admirar la talla gótica del Cristo de la Buena Muerte; también conviene sentarse un rato y meditar sobre lo humano y lo divino. No es para menos, Pérez Galdós y Pardo Bazán se citaban en ese templo en el apogeo de su relación amorosa. La huella de los escritores se encuentra en lugares insospechados. No hay más que investigar un poco.

«La gente se ha vuelto muy proactiva en su tiempo libre. Lo de echarse en la tumbona y que nos den todo hecho ya no se lleva tanto. O al menos, no todo el tiempo de las vacaciones. En el caso del turismo literario se busca la experiencia, ya sea tangible o una proyección de la ficción, que permite seguir enganchado al universo del escritor», apunta la experta Marta Magadán, doctora en Administración de Empresas, profesora en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y coautora, junto a Jesús Rivas García, de Turismo literario. En España todavía no se ha explotado el filón como en Reino Unido con Shakespeare y las hermanas Brontë, o como en Dublín con Ulises’ de Joyce, pero se va por buen camino.

Seguir la pista

En los últimos 15 años se ha diversificado la oferta de las visitas guiadas, «que añaden un plus de fascinación a la localidad porque a todo el mundo le gusta escuchar historias y anécdotas, más aún si tienen relación con algo que ya previamente nos ha seducido». Bien lo saben en Castilla-La Mancha gracias a El Quijote —que tiene ruta desde 2005— y también en Pamplona, donde Hemingway disfrutó diez veces de los sanfermines con cuatro esposas —no al mismo tiempo—, entre 1923 y 1959. ¿Que por qué no fue en 1960? Ese año, hasta agosto no aterrizó en España y, además, casi no se movió de Madrid. Ya no era el mismo. En 1961, se suicidó.

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