sábado 24.08.2019

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UNO HOMBRE expone ante la cámara la intensa amistad que le une a su perro: caricias, lametazos, el habitual repertorio del afecto canino; más he aquí que el perro, llevado de lo que Breton llamó «l'amour fou», trepa sobre el hombre y le obsequia con gestos más propios de otro tipo de relación. Otro hombre exhibe un enorme crustáceo de poderosas pinzas ante la concurrencia de lo que parece un bar; en eso que va el crustáceo y cierra una de las pinzas sobre la mano del individuo; éste prorrumpe en alaridos y gestos convulsos hasta que otro paisano logra romper la tenaza del bicho. Un tercer individuo se sienta bajo la jaula de un oso panda en un zoo; la cámara se recrea en el aspecto amable, inocente, infantil del simpático plantígrado; pero he aquí que el oso, que al fin y al cabo es un oso, ve que la gabardina del hombre sentado invade la jaula y le propina un salvaje mordisco; durante interminables segundos, las fauces del panda -ya digo, al fin y al cabo un oso- arrastran a la gabardina y a su dueño con fuerza descomunal, hasta que a alguien se le ocurre la idea de liberar a la víctima entregando la gabardina al oso. Un cuarto individuo, visiblemente no muy familiarizado con el mundo animal, pasea por un parque, encuentra a una oca y procede a acariciarla con desparpajo; la oca, que quizá tiene noticia de cómo se hace el foie-gras, se rebota, trepa hasta la espalda del hombre y comienza a sacudirle picotazos en la nuca mientras mueve con violencia las alas; el fulano empieza a correr moviendo los brazos a la par que, sobre su chepa, la oca permanece aferrada al tipo y moviendo las alas. Son sólo cuatro escenas; antes y después, otras muchas más en caudalosa sucesión. El programa era Los vídeos más divertidos de la televisión, el sábado noche, en Antena 3. Llevamos unos veinte años viendo este programa, en distintas cadenas, con distintos nombres, pero siempre con los mismos contenidos: vídeos, vídeos, vídeos. Piezas que la gente del común remite a la televisión con la esperanza de cosechar un minuto de gloria. Cada una de esas piezas, aisladamente, vale -y cuesta- poquísimo. Todas juntas, sin embargo, configuran un programa de validez universal, porque pocas cosas hay que gusten más al espectador que ver, ver, ver. Para el mensaje panóptico que la tele quiere transmitir -usted aquí va a verlo todo-, los programas de vídeos son como esas colecciones de fotos que le permiten a uno viajar por el mundo sin moverse de su asiento. Y a medida que el recurso funciona, su baúl se va llenando con cualesquiera otras cosas -por ejemplo, ese mismo sábado de Antena 3, el pedo de un hipopótamo bajo el agua-. El género del vídeo de lance define por sí mismo el espíritu de la televisión: siéntese y mire; nosotros hacemos lo demás.

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