miércoles. 10.08.2022
Escultura leonesa

La vocación terapéutica y tardía de Javier Robles

El escultor leonés perdió su trabajo con 56 años y su obra ha terminado en las manos de la reina Letizia Ortiz, Rafael Nadal, Luis Rojas-Marcos e Irene Villa. El autor relata sus primeros años de profesión y cómo comenzó a desarrollar su carrera artística como «terapia ocupacional».
El escultor leonés Javier Robles posa junto con algunas de sus esculturas en su taller
El escultor leonés Javier Robles posa junto con algunas de sus esculturas en su taller. JOSÉ MARÍA ESPÍ DUEÑAS

Todo comenzó con una mala noticia. Javier Robles, tras muchos años trabajando en el sector del diseño gráfico y de la maquetación editorial, perdió su empleo en 2015. «Con 53 años me quedé en la calle y en León eso es como estar muerto ya». En este complicado periodo, además, fallecieron sus dos padres. Por esas fechas dejó salir su faceta artística «por terapia ocupacional» dado que, señala Robles, tenía que hacer algo, le resultaba muy duro levantarse todas la mañanas sin encontrar motivos.

Se inició, pues, en el mundo de la cerámica y lo hizo bajo la tutela de su querido maestro Alfonso Montiel, ceramista de Trobajo del Camino recientemente fallecido. Aunque Robles había estudiado Artes Aplicadas en los años 80, había dejado en segundo lugar su faceta artística. «Esto creo que fue una vocación tardía, algo que llevaba dentro».

El escultor rememora ahora el momento en el que comenzó a «hacerlo en grande y a hacerlo en hierro». Un día concertó una cita con el escultor de Villahibiera de Rueda, Amancio González, pensando que no le iban a gustar sus obras de barro. No obstante, el reputado escultor mostró un verdadero interés por su trabajo.«Me dijo: ‘aquí tienes mi taller con las puertas abiertas para venir a hacer lo que quieras’. Empecé y poco a poco han ido surgiendo las cosas.»
Javier Robles ya había pensado antes la posibilidad de convertir sus obras de cerámica en piezas más grandes, y había estado estudiando la posibilidad de encargar esa labor a un amigo suyo que tenía un taller siderúrgico. Entre otros motivos, además de la falta de conocimiento, le daba miedo usar la máquina de soldar y la radial. No obstante, Amancio González le hizo cambiar de idea: «Un escultor hace sus esculturas», sentenció.

Su primera serie, Venimos del barro, de materiales cerámicos, adelantaban su posteriores trabajos en metal. Finalmente dejó de lado la cerámica para aprender con González. Y fue así hasta que Robles se consolidó como artista. A finales de 2017 y principios de 2018, empezó a participar en varias de las exposiciones colectivas que organiza Luis García, director del Departamento de Arte y Exposiciones del ILC. Tiene piezas en varios emplazamientos de León como las inmediaciones de la cueva de Valporquero o el centro cultural de la Fundación Ángela Merayo en Santibáñez de Porma.

«A mí me parece que ha sido una progresión muy rápida para haber surgido de la nada, pero no vivo de esto. Económicamente no, pero satisfacciones personales... la escultura me las ha dado como no me lo ha dado nada en la vida. Yo nunca me hubiera podido pensar que la reina pudiera tener algo  que yo haya hecho, o Rafa Nadal, o Luis Rojas-Marcos o Irene Villa o tener una escultura en Ordoño II».  Aunque no se gana la vida con su arte, el artista comenzó a vender figuras en la Galería de Arte Alemi en enero de 2020. Y cuando parecía que su carrera estaba profesionalizándose, llegó la pandemia y con ella se paró su actividad. Por culpa del confinamiento dejó de tener acceso a los materiales que necesitaba para trabajar. Sin embargo, pese a las complicaciones, siguió diseñando lo que serían sus siguientes pasos en la escultura.

Aunque todo empezó en un contexto negativo, sus obras, salvo contadas excepciones, reflejan «un trazo positivo», comenta. Los motivos, en términos del escultor, reflejan escenas familiares, infantiles, «imágenes cotidianas traducidos a los volúmenes más básicos que puedo conseguir». En ese sentido, ha retratado en repetidas ocasiones escenas de padres e hijos, en honor, en parte, a los padres que perdió. Así es como Javier Robles, padre de dos hijas, puede pasar página
Su padre, Lino Robles, era carpintero de profesión. Ahora su hijo guarda como un tesoro sus herramientas y utiliza el mismo lugar donde antes trabajaba con sus maderas. Javier Robles guarda su recuerdo con el que convive para extraer buena parte de su creatividad.

La vocación terapéutica y tardía de Javier Robles
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