domingo 05.04.2020
JUAN CARLOS URIARTE ARTISTA

«Voy a volver a mis hierros, a mi querida chatarra»

El pintor y escultor leonés muestra en el Patio del Palacio de los Guzmanes su exposición ‘Legajos II’.
El artista leonés Juan Carlos Uriarte, en su casa. CUEVAS
El artista leonés Juan Carlos Uriarte, en su casa. CUEVAS

maRCELINO CUEVAS | LEÓN

Solamente falta un gato persa sobre el enorme sillón rojo. Lo pienso mientras espero a Juan Carlos Uriarte en el gran salón de su casa. Un lugar desbordado por una marea de objetos fantásticos, de cientos de pequeñas figuras, de cuadros de enorme tamaño que muestran las puertas casi siempre abiertas de las obras de Uriarte. Preside el espacio —que bien pudiéramos definir como decimonónico— un piano. Un piano que esconde sinfonías y nocturnos y sonatas… pero que solamente me brinda silencio. Debajo de su cola descansa un violonchelo que parece a un gran perro descansando a la sombra del silencio inevitable entre las notas musicales. Hay luz, mucha luz, pero hay rincones oscuros, misteriosos, en ellos posiblemente se escondan las musas del artista.

Uriarte viene de la música y habla entre silencios. Ahora, cuando mira el futuro con prisa, ha vuelto casi a sus orígenes, ha vuelto a asesinar libros, volúmenes que contaban historias y que han quedado mudos. Sobre su mesa de trabajo, en el piso de al lado, hay una colección de cadáveres esperando que las manos del artista les otorgue a nueva vida.

Solamente conservan el esqueleto y su piel, pero con esos débiles elementos el artista será capaz de crear mensajes que hablen desde el silencio de profundas historias con intrincados argumentos, de fórmulas alquímicas, de recuerdos culturales del más remoto pasado.

Al fondo uno de sus enormes unicornios me mira con curiosidad. Se oye abrirse una puerta y unos pasos que se acercan. Es Juan Carlos Uriarte. Me saluda y me invita a comenzar el interrogatorio que me ha traído a su casa.

—Esta segunda edición de ‘Legajos’ significa que ha vuelto la mirada al pasado. ¿Ha viajado 25 años atrás en el tiempo?

—Lo he estado pensado en la cama ayer mismo. Creo que la mayor parte de los artistas funcionan por etapas, van allá donde les lleva el viento. Soy un artista ecléctico que funciona por impulsos. Hace un par de años comencé a guardar ordenadamente catálogos, recortes de periódicos y revistas que hablaron de los Legajos de hace un cuarto de siglo, para dejar constancia de lo sucedido entonces y para que si alguien quiere estudiarlo pueda hacerlo. Sobre todo me ilusionó la aparición entre tanto papel del catálogo con textos de Luis Mateo Díez. Y fue el momento en el que decidí retomar Legajos para ver lo que salía 25 años después de la exposición en Centro Arte.

—¿Recuerda aquella inauguración?

—Asistieron muchísimos amigos, algunos ya han desaparecido. Entre otras actividades hicimos cuatro conciertos. Recuerdo con emoción la asistencia de Victoriano Crémer, Miguel Cordero del Campillo, Trapote, Manolo Jular, Ramón Villa… todo el mundo de la cultura. Yo creo que antes la gente asistía más asiduamente a las exposiciones, quizá porque había menos

—En el tiempo transcurrido han cambiado muchas cosas, ¿o no?

—En mí, no. Sigo el mismo método de trabajo. Tejuelo me guarda libros que pueden ser interesantes para mis obras. Y otros los confecciono yo completamente, sobre todo para conseguir tamaños mayores. Me estoy convirtiendo en un encuadernador experto. Los libros, como transmisores de cultura, de historia, son la base principal de los cuadros de esta exposición.

—¿Cómo era el ambiente cultural, como eran las relaciones entre los artistas leoneses, al principio de los años noventa?

—Nos reuníamos en tertulias a las que asistía mucha gente, sobre todo en el Barrio Italiano. Por allí estaban Eloy Vázquez, Zurdo, el hermano de Zurdo bajaba algunas veces, Vargas, el maestro Estrada, Manuel Valdés e, inevitablemente, cuando estaba en León, Manolo Jular. Discutíamos de lo divino y lo humano, pero eran conversaciones que estaban siempre presididas por el buen humor.

—¿Fue la librería Pisa, su librería, la que le marcó el camino del arte?

—Siempre que pienso la librería me invade la nostalgia. Hubo que dejarla porque al marchar del barrio la Facultad de Veterinaria la clientela mermó muchísimo, las cosas se pusieron muy difíciles. Me pasé al libro antiguo, del que he sido siempre un gran apasionado, pero llegó un momento en que hice cuentas y el negocio no tenía ningún sentido. Claro que quien de verdad me inició en la pintura fue Jular. Cuando murió mi padre yo tenía 14 años y mi madre vio que andaba mucho con Manolo. Un buen día le dijo: «Ya sabes que se ha quedado sin padre. Tú que eres mayor tienes que cuidarlo». Manolo tenía entonces 24 años y además de mantener largas conversaciones sobre literatura, música o arte, vio pequeños dibujos que yo hacía y me abrió el camino. Recuerdo que él y su mujer me invitaban todos los domingos a comer en su casa y casi cada semana me regalaba alguno de sus dibujos. Con él y con Estrada, que era el que sabía todas las técnicas secretas de la pintura, comencé a pintar mis primeros cuadros.

—Pero después de Pisa hubo en su vida otra gran librería, dedicada precisamente al libro antiguo y que estaba situada en un lugar privilegiado del Barrio Húmedo.

— La monté con Marquitos, el alma de la Bodega Regia y gran amigo. Se llamó Juan de León, en honor a un impresor que hubo en León, concretamente dentro de la Catedral, en el año de 1517. Funcionó muy bien, hasta que llegó la época mala que coincidió con un momento en el que hubo mucha gente extraña en el barrio y en el que la policía estaba allí a cada momento. Así que la gente que tenía poder adquisitivo dejó que ir por la Plaza de las Tiendas, con lo cual las cosas se pusieron mal. Yo se lo dejé a Marcos, que podía sacar un rendimiento al local con la hostelería, se quedó con el local aunque ya sin los libros. Después lo traspasó y se convirtió en el Dulcinea.

—Conociendo su historia, siempre entre ellos, es lógico que los libros estén muy presentes en su obra.

—Están presentes en mi obra y en mi casa y casi llenan también mi cabeza. Está claro que nunca he dejado de hacer Legajos, no en cantidades tran grandes como ahora que he llegado casi al medio centenar, pero siempre que me he encontrado con un libro de hermosa arquitectura y con el interior poco importante, lo he convertido en un cuadro. Esa serie no la he abandonado nunca, como tampoco he dejado nunca la que titulé 20 x 20, que es de escultura en piedra y que quizá en 2020 vuelva a aparecer. Pienso pasar página de la pintura, en la que he tenido unos años muy intensos y volver a dedicarme en exclusiva a la escultura. Retornaré al hierro y a hacer piezas grandes. En septiembre pienso incorporarme a unos talleres metalúrgicos para volver a mis hierros, a mi querida chatarra.

—Adiós a los ‘Legajos’ y bienvenida la escultura…

—Sí, en dos vertientes: en piedra, con el regreso de 20 x 20; y después estoy seguro de que vendrán nuevos unicornios y otras figuras tan fantásticas como mágicas procedentes del reciclaje de materiales de desecho.

—Nos ha contado la senda que le llevó a los libros y a través de ellos a la pintura, pero ¿cómo llegó a la conclusión de que cuatro hierros desperdigados en una chatarrería podían convertirse en escultura, en arte?

—Es fácil de explicar. Un amigo me regaló una biela que me gustó mucho porque me la imaginé como uno de los huesos del esqueleto humano. La tuve mucho tiempo guardada en una caja, hasta que un día, mirándola me di cuenta de que con unos pocos añadidos podía convertirse en una cabeza de caballo. La hice con otras dos bielas más pequeñas y una chapa. La dejé encima del mostrador de la librería y todos me decían que estaba muy bien. A partir de ese momento me convertí en un experto en chatarra, en animales mágicos, en cascos de guerreros y en otras muchas cosas. Seguro que pronto crearé un nuevo bestiario.

—Para cerrar la historia habría que hablar de sus esculturas públicas. Usted es el escultor que más obras tiene a lo largo y ancho de la capital leonesa.

—Desde luego yo nunca he dicho que sean obras geniales. Por ejemplo, en la de la Catedral, en vez de competir con el monumento que tenía enfrente, creí que era mejor hacer una especie de Muro de las Lamentaciones. Inventé el juego de que la gente que se acercara a ella pasara por el laberinto, terminara poniendo la mano en una de las huellas y pidiera un deseo, que era lo que se hacía desde siempre en las catedrales francesas del Camino de Santiago. Hay en ella también un homenaje a Moisés de León y un texto sobre Nicolás Francés. En la Plaza de las Cortes he hecho una referencia documental a las Cortes de León; y en las otras, también me he basado en los libros y en la historia de León.

Los libros vuelven una y otra vez a la conversación, quizá sus cadáveres del piso de al lado estén resucitando dispuestos a protagonizar una cruzada a favor de la cultura. O, simplemente, intentarán vengarse del artista que los ha convertido en esa colección de Legajos que cuelga de las paredes centenarias del Palacio de los Guzmanes. Uriarte se va en busca de unas copas de vino y vuelve el silencio y el violonchelo duerme a la sombra silenciosa del piano de cola. El unicornio me mira con cierto enfado y sigo pensando que sobre el gran sillón rojo falta la felina figura de un enorme gato persa.

«Voy a volver a mis hierros, a mi querida chatarra»
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