martes. 29.11.2022

Muchas veces me he preguntado: ¿Qué mantiene con tesón a un deportista de élite, triunfador absoluto, en la competición? Recientemente, mientras presenciaba el último combate entre Federer y Raonic, tuve una intuición. Nadie como el suizo ha sabido aportar al mundo del tenis la elegancia artística de los golpes, la parsimonia silenciosa y sincronizada de los movimientos en sus desplazamientos, o la anticipación frente a los manotazos potentes de sus adversarios. En este sentido, Federer ha sabido rozar la perfección. Sus gestos y habilidades, al son de la raqueta, dibujaban en el aire un instante de belleza, que sólo los dioses otorgan a los elegidos, capaz de encandilar incluso a los no entendidos. Pero no sólo eso. Sus argucias y maestría en el juego, unidas a los imprevistos de su muñeca, hacían sentir a los espectadores la magia ilusoria de lo imposible. Sin embargo, al final de una vida, todo concluye de modo irremediable. Cuando ayer lo vi durante un largo tiempo, que se hacía eterno, tendido en ese mismo césped inglés que tanta gloria le había dado, tuve la sensación de que estaba presenciando el comienzo del fin y que él lo sabía. Sí, amantes del tenis y de la belleza y el arte sincronizado, el mito Federer tumbado en la hierba durante un dilatado soplo temporal, rendido, espoleado por la impotencia.

No, no fue que se le dislocara el tobillo o la rodilla, o que el ansia por alcanzar la bola hubiera precipitado su caída. No, tan solo es que no podía seguir, continuar con la hazaña. Y lo intentó, ¡claro que lo intentó!, del mismo modo que lo había hecho a lo largo de todos estos últimos años. ¿Por qué? Me vienen a la memoria los héroes griegos y su lucha pertinaz por alcanzar la gloria eterna. Pero si se ha alcanzado, como en el caso de Federer, que nada tiene ya que demostrar, por qué entonces se persevera en la misma dirección. ¿Qué hay de satisfacción extraña en todo ese empeño? Porque no es el dinero, pienso, el único motor de tal danza. ¿Entonces…? Sé que existe un goce por volver a sentir ese instante efímero de triunfo. Me consta también que se anhela poder revivir esa sensación de vitalidad y turgencia fálica que tanto atrae; y del mismo modo, se ansía volver a experimentar todo ese sufrimiento que atenaza la conciencia y estimula el empuje corporal hasta el límite de las fuerzas humanas. Pero hay algo más para no querer abandonar ese empeño gozoso que empuja al cuerpo y alimenta la ilusión de la mente por la ebriedad fugaz que otorga la conquista.

En el fondo, Federer, como Ulises, después de todo, no quiere volver a Ítaca con Penélope, no se resigna a quedar fuera de ese escenario que tanta satisfacción e ilusión le ha proporcionado, y por eso, reflexiono, se empeña en proseguir en un camino que ahora se torna imposible porque, como cantaban los griegos en la Antigüedad, la eternidad sólo está al alcance de los dioses.

Es un hecho: los héroes se resisten a abandonar las mieles efímeras que otorga el Olimpo. Es su destino trágico. En fin, siempre nos queda la escritura.

Héroe caído
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