sábado. 25.06.2022
CONOCER LEÓN

Capital del chocolate

Trajo el cacao a Astorga Hernán Cortés en persona. Era parte de la suculenta dote para casar a su hija con el marqués de Astorga. No hubo esponsales pero aquellas semillas de cacao abrieron una gran industria en la ciudad. Su clima frío, los monjes de los monasterios, los arrieros maragatos y el empeño de los industriales hicieron el resto. El Sica devuelve este fin de semana a Astorga al esplendor de su pasado y la convierte de nuevo en la capital mundial del chocolate. Placer que no es pecado
Tabletas de chocolate y sus envoltorios históricos

Dicen que a Moctezuma le gustaba tomarlo amargo, caliente y mezclado con agua. De lejos entronca la historia de Astorga y el chocolate. De entonces, de aquella época. Pagó Hernán Cortés con cacao parte de la cuantiosa dote de su hija María, que debía ser desposada en matrimonio pactado con Alvar Pérez de Osorio, heredero del marquesado de Astorga. Así fue como llegó el chocolate a la ciudad. No hubo matrimonio, pero aquellos granos de cacao germinaron en una gran industria.

No se sabe por qué, los marqueses de Astorga cancelaron en el último momento aquella boda de su hijo con una de las once descendientes de las cinco relaciones matrimoniales y no del gran conquistador, en todos los sentidos. Cuentan que Hernán Cortés cogió tal enfado por la anulación del enlace que acabó costándole la vida.

Su amargura derivó sin embargo en la gran industria del dulce de la capital maragata.

Es larga la crónica del chocolate. Sus restos están en una vasija de 1750 antes de Cristo, si no anterior. Al otro lado del mundo conocido por Occidente, los emperadores precolombinos usaban el brebaje como pócima mágica. En sus rituales sagrados, en sus guerras y, como ocurrió en Astorga, en las celebraciones matrimoniales.

Incas, mayas, aztecas, tiahuanacos, mochicas, paracas, toltecas y olmecas bebían el elixir extraído de las semillas que el dios Quetzalcoatl puso en manos de los hombres para hacerlos fuertes.

Su amargura no gustó a Cristóbal Colón, el primer occidental en probarlo, ni a Isabel la Católica, la gran mentora del descubridor. Por eso tuvieron que pasar algunas décadas para que la historia diera un giro desde aquel sorbo áspero en mitad del Paraíso, en la isla de Guanaja en 1502. En Castilla desagradó el sabor amargo y picante y el aspecto sucio del fruto. Y todo hubiera quedado ahí si no es porque Hernán Cortés Monroy Pizarro Altamirano comprobó que esa bebida preparada por los aztecas le daba energía suficiente para batallar sin descanso durante todo un día. En 1528 le trajo a su rey, Carlos I, unos granos de cacao desde el otro lado del mundo.

Para cuando pactó el matrimonio de su hija María Cortés de Zúñiga en Astorga, era ya símbolo de riqueza y objeto de intercambio comercial. María, pese al enojo de su padre, no emparentó con los Pérez Osorio pero sí lo hizo con otro linaje leonés: se casó con Luis de Quiñones, quinto conde de Luna. Todo quedó en León.

Entre esponsorio y esponsorio, el cacao siguió siendo amargo, pero no por mucho tiempo porque enseguida los monjes de los cenobios descubrieron que mezclado con una pizca de dulce se convertía en placer permitido. Añadieron azúcar al cacao y dieron con una mezcla de gozo. Tanto disfrute, y tanto consumieron, que hasta hubo que elaborar una ‘questión moral’ para establecer si quebrantaba o no el ayuno eclesiástico. Fue que no. Ocurrió en 1636.

Astorga era capital de una de las diócesis más extensas del país, plagada de monasterios y casas parroquiales donde humeaba el chocolate caliente que tenía bula y cuyo disfrute no provocaba pecado. La ciudad tenía además un clima ideal para enfriar rápidamente la pasta de cacao sobre el suelo, el método usado cuando aún no había frigoríficos, y convertirla en tabletas de chocolate que era ncasi como el oro.

Quedó constancia de ello en el testamento de un Quiñones pariente político de la hija de Hernán Cortés. En la herencia de Ramiro Díaz de Laciana y Quiñones, en 1661, figura como haberes del hidalgo media arroba de chocolate. Él, que tenía palacio en el Jardín del Cid. Luego extendieron el manjar los maragatos, que garantizaron con sus carretas el suministro de uno de los bienes más preciados en una ciudad que llegó a tener decenas de fábricas

Durante siglos, se hizo el chocolate a la manera precolombina, amasado con un rodillo y calentado sobre una piedra. Así hasta que irrumpió la técnica. Pero en Astorga no se abandonó nunca la pasión artesana. La modernidad europea convirtió el chocolate en bombón y acabó con el imperio de la taza. Fue el comienzo del declive.

Astorga es ahora de nuevo la capital mundial del chocolate. A su museo, único en el país, se une la celebración del Sica, el Salón Internacional del Chocolate de Astorga, avalado por los reyes Felipe VI y Letizia, que reúne hasta el domingo decenas de iniciativas, degustaciones, charlas y talleres. Desde la clase magistral hoy del gran maestro chocolatero catalán David Pallás a la cocina salada con chocolate del chef con reconocimiento nacional Jesús Prieto, del Restaurante Serrano de Astorga, de las catas fusión de Bodegas Casis a la charla literaria de Luis Gabás, de la exposición sobre la revolución digital en el mundo del chocolate de Juan Rubio a las demostraciones de Marcelino Caballero, del Restaurante La Pausa, de Jacinto Peñín o, mañana, de Nacho González, jefe de Pastelería de la EIC de Valladolid y del televisivo Fabián León, finalista de MasterChef, de la demostración el domingo de bombones fusión y tapas dulces de Alberto Pérez y Julián Arranz al cacao solidario para luchar contra la pobreza de Adela González, representante de Manos Unidas.

El chocolate de siempre y la innovación, los productos inteligentes elaborados con chocolate, las recreaciones de los maestros chocolateros, las catas para amar el chocolate, el club para niños de 4 a 10 años y la librería Sica donde encontrar todo lo escrito sobre este producto milenario. Un dulce programa con el que dejarse seducir este fin de semana.

Todo en la capital del chocolate, la bimilienaria urbe fundada por los romanos, la ciudad amada por Guadí, la Astorga a la que trajo el caco el mismísimo Hernán Cortés.

Capital del chocolate
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