martes 2/3/21

El cocodrilo de tierra de campos

Medina de Rioseco se antoja como uno de los destinos misteriosos situados a pocos kilómetros de León que guardan, a la vista de todos, auténticas joyas arquitectónicas
Alfonso garcía
Alfonso garcía

Perdemos a veces la ocasión de conocer lugares magníficos y cercanos. Por pura rutina, aunque también es cierto que el azar desempeña un papel importante cuando se viaja. Se debe a Chesterton la idea: «El turista ve lo que ha ido a ver, el viajero ve lo que ve». Una parada camino de Valladolid puede suponer un descubrimiento para el viajero. A veces no sabemos detenernos. Medina de Rioseco está a un centenar de kilómetros de la capital leonesa. Un día o dos en la renombrada ‘Ciudad de los Almirantes’ o ‘Capital de Tierra de Campos’, espléndida pieza arquitectónica, popular e histórica en cualquier caso, nos descubrirá la atracción de sus múltiples riquezas.

Entro por la calle que se abre justamente en la curva que la carretera traza ya en plena villa. Y empiezo el día con una debilidad confesa: café acompañado de abisinios, ese dulce angelical que, junto a las clásicas almendras garrapiñadas y los pasteles de Marina, ponen música al buen yantar que se estila por la llanura de estos mares de trigo y pan de espiga. Estamos en la calle Mayor, ondulada en su trayecto, larga de soportales y de trazado medieval, aunque sea aún la arteria que vertebra buena parte de la vida ciudadana y comercial. Se observan en algunas casas estructuras de madera y adobe y campean en fachadas escudos que hablan de glorias pasadas.

Como una ciudad se conoce caminándola –el núcleo histórico básico está aquí al alcance de la mano-, pronto salgo de los soportales, a la izquierda, camino de la iglesia de Santa María de Mediavilla, cuya plaza permite contemplar su esbelta y elegante torre barroca y su traza gótica propia del Renacimiento. Magníficas obras de arte en el interior: quedo prendado del retablo, el órgano, un facistol y la capilla de los Benavente. Anote este detalle: en un lateral de la puerta cuelga una vieja piel de cocodrilo.

-En la Calle Mayor tiene la explicación –me dice en voz alta el que sospecho sacristán, enredado en las labores de preparación del Corpus Christi.

Me quedo con la advertencia, envuelto siempre en el mito, lo legendario y ciertas heroicidades. Aunque el asunto promete, sigo, de momento, calle abajo, hasta la iglesia de Santiago, espacio de las Edades del Hombre en 2011, con un crucero exterior que habla de tradición jacobea en la ruta del Camino de Madrid. Uno, a estas alturas, ya se ha dado cuenta de la importancia de esta tradición peregrina y del empuje de la Semana Santa. Incontestable. La iglesia es una elegante síntesis de estilos, del gótico al barroco. Deténgase en el impresionante y churrigueresco retablo mayor.

Podríamos seguir caminando en busca de la plaza principal. Prefiero desandar el camino hasta la Rúa Mayor. El cocodrilo me deja, de momento, sin otras alternativas, como las rabietas pasajeras de los niños. Camino por el centro de la calle, los soportales como centinelas de compañía, mirando, a izquierda y derecha, las fachadas. Ahí está. Inconfundible, amenazante, vivo.

Es imposible no encontrarse con él.

-La idea y la ejecución se debe a una familia que pretendía dar a conocer las riquezas de Medina.

El joven se siente orgulloso de su tierra. Al lado, un frutero permite perderse su vozarrón por los soportales, excesivamente estrechos para ese chorro cantarín.

Copio lo que dice un cartel explicativo.

-En mi pueblo, en vez de un cocodrilo era un dragón.

-¿De dónde es usted?

-De Huesca.

-Y en León, un topo –dice otra mujer. Ambas forman parte de un nutrido grupo de jubilados-turistas que piensan ya más en comer que en otra cosa.

Aunque son varias leyendas las que legitiman la tradición, la explicada en este panel, que remite a «los legajos de nuestro archivo histórico», se apropia de la autenticidad. Dice, en síntesis, que durante la construcción de la iglesia de Santa María, un cocodrilo que surgía de las aguas del río Sequillo aprovechando la oscuridad de la noche, destruía todo lo que se había construido durante el día. Cómo llegó hasta aquí el animal es una de las incógnitas. Imposible su captura, intento en el que se involucró el regimiento del almirante Enríquez, fue un preso que trabajaba en las obras de la iglesia quien se ofreció voluntario para intentarlo: escondido entre las piedras y haciendo gala de un gran ingenio, se situó detrás de un espejo que puso frente al cocodrilo. El animal, al ver su propio reflejo, se mostró confuso, paralizado de terror. Aprovechó el preso este momento para clavarle una certera lanzada y darle muerte en el acto (la lanza se la habían prestado los soldados haciéndole burla por su osadía). Al enterarse de la noticia, el almirante de Castilla, señor de Rioseco, reunió al Concejo, que acordó conceder la libertad a tan valeroso hombre. Hubo grandes fiestas durante varios días, alborozos y regocijos. Y, por fin, se pudieron acabar las obras de Santa María.

Pocos metros más abajo, la iglesia de Santa Cruz, monumental ejemplo del clasicismo, con un interesantísimo retablo mayor y el magnífico frontal de plata. Hoy alberga el Museo de Semana Santa, declarada de Interés Turístico Internacional, expresión de la austeridad castellana y motivo para contemplar el rico patrimonio generado por esta tradición popular, cuyo contenido anticipa una escultura en el recinto que se abre a la fachada.

Camino de la iglesia de San Francisco, pasamos la Plaza Mayor –sigue sorprendiéndome la presencia elegante de los olivos—. El que fuera antiguo monasterio franciscano fundado bajo el patrocinio de los almirantes de Castilla, se ha convertido en un museo de riqueza variada: interesantes colecciones de escultura policromada, pintura flamenca, marfiles hispano-filipinos, orfebrería…

Una curiosidad. Es la esquina de una casa cercana, una placa con versos de León Felipe hablan de afamada actividad histórica de esta villa que hoy ronda los cinco mil habitantes y se alimenta con otras ocupaciones. Si lo descubre, habrá añadido otro elemento más a las claves de este viaje que cada cual ha de enriquecer con su propia mirada.

Aunque hay más, mucho más diría, el recorrido básico está hecho. Añadiría, como complemento que no puede faltar a la idea de ciudad amurallada que fue, la presencia de tres de las ocho puertas que tuvo: San Sebastián, Zamora y Ajujar. En esta última se ubica el Centro de Interpretación de la Ciudad. Después le comentaré otra visita imprescindible, aunque en clave distinta. La valoración y el recorrido dependen ahora de su propia iniciativa. Supongamos, sin embargo, que es la hora de comer. O de tomar un par de vinos. Los soportales tienen varias razones, con el sabor de los caldos de la tierra, y de otras, y de esas tapas originales que levantan la concupiscencia del gusto.

Ya comenté antes algo de la repostería, sin duda la joya de la gastronomía de Medina.

-Fueron siempre típicos por aquí –recita un camarero atento y muy agradable— los pichones, el cocido castellano, el potaje de garbanzos, el pisto castellano… Pero estar en Medina y no probar el lechazo churro es un pecado…

— ¿Mortal o venial? –pregunto.

-Dejémoslo en el medio.

Compartimos el lechazo, divino, con la mejor compañía posible.

La distribución de días y tiempos le pertenecen. Naturalmente. No debe olvidar otra visita imprescindible, con otra clave. Ahí habíamos dejado el recorrido antes de la comida y la sobremesa.

A la entrada de Medina de Rioseco viniendo de León, a la izquierda, la calle Raúl Guerra Garrido (la vinculación del escritor berciano con el Canal de Castilla es inapelable) le conduce a la dársena, solemne e impredecible, con la fábrica de harinas como remate visitable (abril-septiembre). No olvide que esta tierra era el epicentro del grano de España, y era necesario buscar caminos para su transporte. Así surge la idea del Canal de Castilla, una de las obras más significativas de la Ilustración española, diseñada para permitir la navegación y facilitar la salida de mercancías de la meseta castellana hasta Santander. Aunque los paneles explican en síntesis y con claridad el proyecto, hay que subrayar que su construcción fue larga y que conoció su máximo apogeo entre 1860 y 1880. Este es uno de los tres ramales, que, con la llegada del ferrocarril, quedó relegado fundamentalmente su servicio y utilización como canal de riego y abastecimiento de agua.

En la actualidad el Canal de Castilla se utiliza como ruta viajera y turística en la embarcación ‘Antonio de Ulloa’ (infórmese previamente de los horarios) y otras actividades deportivas y acuáticas.

Un día. Dos. Depende. Garantía, en cualquier caso, de que iniciará un viaje gratificante y rico. Relajante y hermoso, frente a ciertos desvaríos del turismo de masas. De verdad.

El cocodrilo de tierra de campos
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