lunes 09.12.2019

‘Trastadas’ enológicas

«Hacer mis propios vinos, los que a mí me gusta beber». . Ese es el reto —y también el capricho— que se impone Noelia de Paz Calvo. Sus ‘Trasto’ no son una travesura infantil, sino vinos de madurez conceptual y enológica.
‘Trastadas’ enológicas

La hoja de caligrafía que adorna la etiqueta y que recoge una precisa y muy personal definición de trasto («Mi madre me llamaba así cuando hacía travesuras») expresa en ese escueto mensaje el carácter inquieto de quien hace bandera de él, y en la precisión y belleza de los trazos de la escritura el reflejo del gusto por las cosas bien hechas. Noelia de Paz, a quien todavía en la calle y en el sector se le sustituye el apellido por el nombre de la bodega en la que aprendió casi todo sobre el vino—nunca es suficiente la sabiduría acumulada—, siempre fió su labor en la elaboración y en la comercialización de lo que hacía a una voluntad inquebrantable por superarse a sí misma cada día. Y hoy, empeñada en un proyecto personalísimo, sigue sin desviarse un ápice de ese guión vital. Con una única diferencia: sólo hace los vinos que a ella le gusta hacer.

Buscó hueco en el mercado con dos ediciones del semidulce Rubor, hasta este año su único rosado. Con un tinto de Prieto Picudo de larga guarda, el Grizzly, nació el proyecto LaOsa, que le permitió dar rienda suelta a las inquietudes elaboradoras en busca de la diversificación y el conocimiento de otros horizontes vitivinícolas. De manera que tras ese primer oso llegaría otro, Pardo, procedente del Bierzo, un mencía elaborado en Valtuille de Abajo de la mano —y en la bodega— de Raúl Pérez Pereira. De la conexión gallega del genial enólogo berciano nació después el tercero de la camada: Polar es un genuino albariño de Rías Baixas que Noelia de Paz elabora en la bodega de Rodrigo Méndez (Forjas del Salnés), peculiar, imprescindible e irrepetible personaje del vino gallego. Pero al margen de ese abanico de vinos que, como reconoce la autora, permiten tener un apoyo comercial y una mayor difusión para los demás, «la prioridad es León y el objetivo, destacar por lo que haces aquí, por las extraordinarias posibilidades enológicas que te ofrecen la Albarín y la Prieto Picudo».

Desde esa convicción surge un segundo proyecto que ahora se enriquece con un cuarto vino, un rosado de poco color, al más puro estilo de los provenzales, tan de moda ahora en los mercados internacionales. En realidad la idea procede de Estados Unidos y el vino viene a ser la concreción de un encargo expreso del importador para ese país, al que se destina la mayor parte de la exigua producción de esta rareza y de la muy limitada de los otros de la serie: un blanco de la variedad Albarín, un tinto joven de Prieto Picudo y, desde hace sólo unas semanas, una elaboración especial de un vino de finca, El Barranco, que perfila las aristas varietales con un roble de calidad. En este y en los demás se trata, defiende De Paz, de «hacer mis propios vinos y buscar la diferenciación por la calidad». Y el caso es que parece haberla encontrado.

‘Trastadas’ enológicas
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