miércoles. 06.07.2022
Reportaje

Plegaria a las Tres Marías

Si hay un reino tiene que haber una corona; esa cabecera del valle de Arbas, que deslumbra las retinas como si fuera siempre la primera vez que se asiste a este paraje vigilado por centinelas desde la posición de privilegio que da la referencia del mundo a más de mil ochocientos metros de altitud. La relatividad de las cosas adquiere otra dimensión cuando se dejan explicar el origen por la fluidez, de la vida de las cumbres al cauce del Casares.
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Está sobrado el conocimiento de explicaciones sobre el origen de ese tercio de ríos y cumbres circulares que apadrinan el valle del Casares, donde Arbas abre la puerta al firmamento del cielo que trae la lluvia, el frío que contrae la tierra y administra la exuberancia primaveral, el sol que buscan las vacadas después de rumiar por los sestiles. Entre el razonamiento geológico y geográfico, cabe una posibilidad de que este punto de la montaña leonesa se atenga a las consecuencias de un juego divino, los dioses con dados y cubilete, a más no poder, hasta que la carta más alta quedó sobre el tapete y se retiraron a descansar.

De esa esquina de León, que deja pasar el atardecer desde la Barragana, que acaballa con los montes del Luna, que cabalgan las tormentas de verano para reconfortar las masas boscosas de robles y algún hayedo camuflado, hasta las sabinas que se resistieron a ser raptadas, queda en la retina la inmensidad del círculo que ofrece para el caminante; el que no corteja la gloria en rutas accesibles para piernas más dispuestas a la escalada y al reto del más allá que acompaña siempre al que busca la cumbre.

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Desde el mirador se contempla la lengua de agua de Casares

La vista divina para los mortales, que se pinta en ese mirador de cabecera, que enseña, a vista de pájaro, de pájaro encajado entre las rocas en las que anida, una sinfonía natural que no tiene parangón; los pueblos, con sus casas apiñadas y sus tejados armados para enjugar la nieve a dos aguas, y despejar la insistencia del sol del estío, los picos en aguja, como tejados, también, que marcan los hitos del lugar, las cumbres quebradas como dientes de sierra, que dejan intuir el plus ultra de la Tercia; lo que alcanza la vista, desde el mirador, replicado en un grabado de ortofoto, Cubillas, Casares, esa lengua leve atrevida del agua retenida por la presa, el balcón apegado a la terraza de la serranía de Peñalaza.

El reino, el reino leonés, el reino de la montaña leonesa, tiene una corona, aureola regia, que encaja en la cabecera de un paisaje que reina por los siglos de los siglos, desde la velada aquella de los dioses con los dados y la carta más alta sobre el tapete. Hay una corona con ribetes por encima de los mil ochocientos metros, que da sentido a un viaje al origen de las cosas, es un escenario que explica en un paraíso comprimido, eso que pasa latente y aclara todos los acontecimientos naturales que se manifiestan con ruido y estruendo; las riadas aceleradas, la eclosión de los campanillas en las primaveras servendas, la floración de los bosques caducos, la caída de la hoja después del airón de las castañas; los prados holgados de heno que mece el viento de finales de mayo; los prados escasos de septiembre y febrero, que escudriñan a diente las yeguadas de Arbas.
 Eso ocurre bajo la tutela del sombrero de tres picos que preside el escenario, el exponente universal, el icono del cetro que redondea la tonsura: las tres Marías, de frente siempre al territorio, que ponen en el centro del mundo leonés a pesar de estar localizado en una esquina de la periferia. Conviene no quedarse en el repertorio de María de los Corros, de María del Medio, del Palero; es lo que amparan estas tres Marías, la plegaria de León. 

Plegaria a las Tres Marías
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