lunes 26.08.2019
DESTINOS

Los puentes del general romano

Es historia anclada en roca viva. Un camino único que horadaron entre la montaña y el Curueño los primeros moradores de esta tierra, y luego transitaron los antepasados de las tribus rebeldes, guerreros cántabros y astures, soldados romanos, pastores itinerantes, cazadores, arrieros, peregrinos, fieles y ahora paseantes, cruzando puentes que sortean esta ruta de comunicación, guerra, intercambio y escape en todos los tiempos, en la conquista, antes, y luego también, cuando el invierno económico congelaba las esperanzas de los más jóvenes. La llaman, con razón, La Calzada. Con mayúsculas. Se abre, con toda su belleza, en el escarpe del río, se precipita al abismo en las Hoces de Valdeteja y se funde a tramos por una carretera general. Pero bajo el asfalto o en la ladera del barranco, late la huella romana hecha en piedra eterna, canto rodado para siempre.
Los puentes del general romano

Podría adivinar todavía un general romano el camino trazado por sus ingenieros. Podía poner el pie hoy allí mismo, sobre la senda de canto rodado, y divisar la ruta que siguieron sus legiones. Podría descolgarse por cualquier de los ocho puentes y comprobar, de nuevo, la bravura milenaria del Curueño, suelto en esta tierra, desbordado de frío y hielo, destemplado hasta en el estío. Podría escribir la historia de este territorio anclado en piedra viva y mentiría si no sostuviera que, aunque la vía sea romana y sus piedras colocadas por soldados al servicio del imperio, su historia viene de mucho más lejos, de los primeros pobladores de estas montañas que trazaron la senda paso a paso, un día tras otro. Quizá caminaro por allí ya hace 7.000 años los hombres de la Braña, los primeros europeos, los antepasados mesolíticos de tez morena y ojos azules cuyos cuerpos quedaron atrapados hasta el siglo XXI en una cueva.

Es vieja la Vegarada, ‘La Calzada’, así, con mayúsculas desde hace siglos. Un paso seguro para cruzar la Cordillera, para comunicar dos territorios cuando ni Asturias ni León llevaban esos nombres, cuando todo era territorio libre, mucho antes de la conquista.

Por aquel entonces, era sólo una vía de paso, un lugar de tránsito abierto al pie de la montaña, siguiendo el trazado sinuoso que dejaba libre el monte, el desfiladero, la roca viva y el río, pasando de una orilla a otra, sorteando el desfiladero que excavó durante millones de años en roca caliza las aguas del Curueño, encajonada en la extrema belleza de unas imponentes hoces. Y quizá hubiera sucumbido al paso del tiempo, borrado su traza de musgo y barro, de roca a tramos y vereda en otros, desaparecido todo si los cántabros y los astures no la hubieran usado para ir y volver, para tomar la tierra que Roma anhelaba y regresar en huida apresurada en busca de refugio.

Sería quizá así, siguiendo esa huella, como el legado romano descubrió el paso. Sería así como envió a sus ingenieros, y ellos mandaron a las tropas y así fue, quizá, como se colocaron los cantos rodados, a marchas forzadas, se levantaron puentes, se cambiaron los pontones por piedra, y se anclaron en roca viva. Y asi fue como Roma ocupó la historia.

Si va el caminante hasta Valdelugueros, podrá poner sus pies en el mismo lugar donde los puso el general y sus legiones. Las mismas piedras, los cantos auténticos de la conquista romana. Y si va sin prisa, podrá ir de puente en puente. Veinte kilómetros de ruta para pisar la historia y cruzar el Puente del Ahorcado o de Los Verdugos, en mitad de las Hoces de Valdeteja, donde los jueces del Arbolio mandaban en la Edad Media colgar a los acusados y al que una criticada restauración ha dejado sin seña de identidad. O el de Villarín llamado del ‘mesmino’ o La Puente Mocha. O el pontón de Villarrías, en la salida hacia la Braña y Arin0tero. O el puente medieval de Lugueros, junto al molino, que conserva sus bases romanas y su traza original. O el de Campos de Lugueros, en un entorno privilegiado, apartado de la carretera, el que la gente llama La Puente Nueva. O los dos de Cerulleda, el bajero y el Cimero, La Puente de Abajo y la de Arriba, en femenino, arrastrando la vieja costumbre medieval. O el octavo, el pontón de Francamuerta, sobre un arroyo, en descampado, a la vista de Redipuertas.

Párese el caminante y disfrute del embutido de esta tierra con nombre propio, Vegarada, y de los guisos ancestrales con recetas que se pierden en el tiempo.

Y dese un paseo sobre la historia. Anclada en roca viva.

La calzada romana de Valdelugueros. MARCIANO PÉREZ

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