Diario de León

El Oeste del Bierzo

Viento del oeste

Ponferrada

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Ninguno de los vecinos del Bierzo Oeste es Don Quijote, pero pudieran serlo. Lo son porque luchan contra molinos de viento —estos ni fantásticos ni imaginarios— y obran en defensa de las causas que consideran justas, aunque los adversarios sean auténticos gigantes, en este caso empresariales. Para ellos, la justicia es su paisaje y el deseo de seguir viéndolo como hasta ahora. Alojados en la parte más occidental del Bierzo, los pueblos de Barjas, Vega de Valcarce, Trabadelo, Corullón, Sobrado, Balboa y Oencia se reivindican como un paraíso natural y se aferran a la leyenda de David contra Goliat para no perder la esperanza de que un día serán reconocidos y protegidos como un oasis verde que todavía escapa a los folletos promocionales. Son parte de este Bierzo aún hoy desconocido para muchos. Un Bierzo mágico.

El Hayedo del Busmayor —de los más notables de Europa—, la Peña del Seo, el Camino de Santiago, los cerezos en flor, el río Selmo y la Ruta del Wolframio que lleva hasta un enigmático poblado de aspecto fantasmagórico son algunos de los enclaves e itinerarios más conocidos del Bierzo Oeste; pero su valía ambiental es prácticamente inabarcable. Tan extensa que apabulla, como las vistas aéreas desde lo más alto de la Peña del Seo o lo que oculta la tierra en la Cueva de Bargelas.

En las imágenes cedidas por la Plataforma Rural Sostenible pueden verse una cascada del Hayedo de Busmayor, las vistas desde lo alto de la Peña del Seo, la cordillera montañosa de Barjas, la Cueva de Bargelas y el molino de agua y un antiguo camino de carros en Peñacaira.

El Bierzo Oeste es también un museo al aire libre de arquitectura popular, sembrado de hórreos, molinos, pallozas, viejas herrerías y hasta un horno de pan. Castros celtas y castillos, vestigios de la época en la que los romanos extraían el oro, ermitas e iglesias románicas y castaños monumentales que conviven con robles centenarios, acebales, viñedos y extensos espacios verdes todavía vírgenes que bien pudieran estar protegidos por los mismos Oceánidas, los dioses que gobernaban los ríos. Puede sonar rimbombante, pero la simple contemplación de alguna de las cascadas que refresca su aire, como la de Cantexeira, demuestra que no lo es, que no necesita de cuentos ni mitos para impresionar.

«Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades», decía Don Quijote. Y los quijotes del Bierzo Oeste confían. Se fían de que el viento cambie y no sea por efecto de un aerogenerador. Confían en que no tengan que ser los imaginarios Oceánidas los únicos que protejan un territorio similar a los de la Reserva de la Biosfera de los Ancares, O Courel y La Lastra, que sí gozan de amparo ambiental.

El ‘boom’ de los macroproyectos eólicos y el interés de algunas multinacionales por ubicarlos en el Bierzo Oeste ha servido para dar auge y tratar de poner en valor el patrimonio ambiental de esta parte de la comarca que ni es llanura, ni campo de cereal, ni terreno árido, ni pedregal; sino todo lo contrario. Un Bierzo verde plagado de sendas naturales y rutas que sus vecinos quieren ahora poner en valor para evitar que los caminos a la sombra de árboles centenarios acaben asfixiados por grandes pistas de tierra quemada que conducen a gigantes molinos de viento de nueva generación, como aquellos a los que quiso plantar cara el ingenioso hidalgo de La Mancha.

 

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