DÍA 69

Polvo de estrellas

PENN STATION / CERVIN ROBINSON

Elvis Presley y Gene Vincent se encontraron por casualidad en la vieja estación de Pensilvania de Nueva York. Y fue como si dos cometas se rozaran en el cielo.

Elvis ya era una estrella del rock, estaba en su momento más dulce, y venía de grabar uno de aquellos programas de televisión donde se contoneaba de forma escandalosa: El show de Steve Allen. Con él traía un osito de peluche gigante, un regalo infantil de su manager, el inevitable coronel Parker, que tanto le exprimió.

Gene Vincent, el cantante cojo de Norfolk, Virginia, (había sufrido un accidente de moto unos años atrás) era la nueva sensación del rock y todas las emisoras de radio pinchaban en aquellos días su canción Be-bop-a-lula, un exitazo. En Capitol Records estaban convencidos de que habían encontrado al nuevo Elvis. Se movía como él, a pesar de su cojera, engolaba la voz igual que el Rey y era fácil confundirlos. Be-bop-a-lula parecía un tema de Elvis.

Así que se encontraron en la antigua Penn Station. Un edificio Beaux Arts que ya no existe, con grandes lucernarios y una enorme columnata dórica a lo largo de la fachada. La sala de espera principal se inspiraba en las termas romanas de Caracalla y en la nave central de la Basílica de San Pedro de Roma. Y quizá por eso había algo celestial en los rayos de luz que invadían el vestíbulo, iluminaban a los viajeros, y después se desvanecían entre motas de polvo en suspensión.

Elvis no lo dudó. En cuanto reconoció a Vincent se fue a por él.

-No era mi intención copiarte- balbuceó la estrella emergente al verle- no trataba de sonar como tú.

-Si ya lo sé, hombre, es tu estilo natural...- le respondió el Rey de Memphis, que solo quería felicitarle. Y en un gesto de complicidad le guiñó un ojo y tarareó Be-bop-a-lula, she’s my baby, a la vez que imitaba la voz engolada de Vincent, Be-bop-a-lula, don’t mean maybe, y con un resabiado movimiento de caderas dejaba con la boca abierta a un grupo de chicas que, recién llegadas a Nueva York y casi en estado de shock, no sabía sobre cuál de las dos estrellas abalanzarse primero.

La vieja estación de Pensilvania de Nueva York solo sobrevivió unos pocos años a aquel encuentro. En 1963 la derribaron y construyeron otra terminal subterránea más pequeña y más impersonal. Y sobre ella levantaron el Madison Square Garden. Pero su estación simétrica (casi) y rival, Grand Central, esquivó la piqueta porque el cabreo fue monumental y se promulgaron las primeras normas que protegían de la especulación al patrimonio arquitectónico de la ciudad.

En los mármoles de Grand Central, escucho en uno de esos documentales que estos días rellenan la parrilla de la sobremesa en La 2, se notan las huellas de los animales que poblaron la tierra hace millones de años. Lo dice un hombre que ha visto el planeta desde el espacio, el astronauta Mike Massimino, y sabe lo engañosa que es la luz de las estrellas. Y me pregunto, otra vez me pregunto mientras pienso en el tiempo que sobrevive el coronavirus en el aire, qué habrá sido de la voz engolada de Elvis Presley flotando sobre el polvo en suspensión de la vieja Penn Station.