lunes. 03.10.2022

Dos décadas de un milagro

El euro, la moneda única europea, ha sido una salvación para España, pero se enfrenta a muchos retos para seguir siéndolo
                      Imagen de un poste gigante de moneda de euro en Waterloo. RONALD WIKETT
Imagen de un poste gigante de moneda de euro en Waterloo. RONALD WIKETT

«El euro ha sido un éxito». Valentín Pich, presidente del Consejo General de Economistas de España, no tiene dudas al respecto. «Podemos debatir sobre si se planteó en los términos más adecuados, pero es innegable que ha funcionado. Es verdad que no ha hecho sombra al dólar, pero también que no ha caído como vaticinaban muchos hace veinte años», añade. Y tiene razón. La moneda común europea, que utilizan actualmente 341 millones de personas en 19 países, ha sobrevivido a varias crisis en las dos décadas que lleva en circulación, desde la financiera de 2008 hasta la provocada por la pandemia, y ha cumplido sus promesas: ha proporcionado estabilidad, una inflación contenida, facilidad en el acceso al crédito y libertad de movimiento de capitales.

«Para España, el euro ha supuesto jugar en primera división. Ha marcado la diferencia entre ser un país en vías de desarrollo o uno desarrollado», señala Pich, que apunta a Turquía como ejemplo de lo que podría haber sucedido en caso de que nos hubiésemos aferrado a la peseta. Eso sí, el euro también ha obligado a un cambio económico relevante, sobre todo porque los países cedieron una de las principales herramientas para impulsar su competitividad. «Antes, cada poco tiempo devaluábamos la peseta para ganar competitividad y exportar más a costa de perder poder adquisitivo. Ahora, la tenemos que lograr de otras formas», señala Pich, que considera el euro «un experimento sin precedentes por su dimensión».

No fue fácil ponerlo en marcha. La Unión Económica y Monetaria del Viejo Continente se lo comenzó a plantear en la década de 1960, pero la propia Unión Europea destaca en su recapitulación histórica que «un compromiso político a veces débil, divergencias en las prioridades económicas y turbulencias en los mercados internacionales» fueron barreras que frenaron el proyecto hasta que el denominado Informe Delors propuso una hoja de ruta concreta que arrancó en Maastricht con el nuevo Tratado de la Unión Europea, en diciembre de 1991. La aprobación definitiva llegó cuatro años después, en la Conferencia de Madrid del 15 de diciembre de 1995, y el euro se materializó, aunque de una forma virtual, el 1 de enero de 1999. Su valor: 166,386 pesetas o 1,18 dólares.

Los billetes y las monedas se hicieron tangibles tres años después en una docena de países. La mayoría en España recuerda cómo el precio del café pasó de golpe de cien pesetas a un euro, en un polémico redondeo al alza que se reflejó en una inflación del 4,04%, 1,33 puntos más que el año anterior y 1,43 puntos por encima del siguiente. Tras un período de convivencia con las monedas nacionales, el 28 de febrero de 2002 la letra griega épsilon —con las dos líneas paralelas que representan la estabilidad que buscaba— sustituyó a todos los otros símbolos monetarios. «El euro nos impone unas reglas de juego en las que, si nos despistamos, nos meten en vereda», comenta Pich, que considera la estabilidad de la divisa —ha oscilado entre los 0,82 y los 1,45 dólares— como una de sus principales fortalezas. «Si te pasas de emitir moneda, nadie la querrá. Hay que hacerlo en función del crecimiento, porque, de lo contrario, deja de ser una reserva de valor. Además, cualquier amenaza de devaluación es amoral porque va en contra del ahorro», analiza.

José Carlos Díez, profesor de Economía de la Universidad de Alcalá, está de acuerdo. Pero recuerda que el euro no siempre ha sido positivo. «El BCE gestionó fatal la crisis de 2008, subiendo los tipos de interés y tardando en gestionar la deuda. El rescate de 2012 se podría haber evitado», comenta. Al fin y al cabo, sin el control de la política monetaria, el país tiene un menor margen de reacción. «Cuando sufres una crisis que es particular y no compartida por el resto de estados, el BCE no adapta la política monetaria a tus necesidades», añade Díez.

No obstante, el docente subraya que el euro ha tenido un impacto muy positivo para afrontar la crisis de la pandemia, y alaba la compra de deuda del BCE. «Ha sido clave para mitigar los efectos negativos y poner en marcha los Erte. El año pasado caímos el 10%, pero sin el euro el batacazo podría haber sido el doble». Díez también destaca el impacto positivo de la moneda común en la financiación española. «Antes no teníamos ninguna credibilidad internacional y sufríamos una inflación muy elevada. Nunca nos habríamos podido financiar al 1% como hacemos ahora», explica.

«La prima de riesgo cayó de forma instantánea y facilitó la entrada de capital del centro de Europa», concuerda el economista Santiago Niño Becerra. «De cada 100 euros que la banca daba al sector inmobiliario, 55 procedían de fuera», destaca, subrayando que el euro ha supuesto «un escudo frente a los ataques especulativos que podrían haberse lanzado contra la peseta en crisis como la de 2008». Pero, ahora, Niño Becerra considera que la compra de deuda pública y privada por parte del BCE no se puede mantener durante mucho tiempo. «Son anfetaminas para mantener la economía de forma artificial».

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