domingo 22/5/22

Cada cuatro veces que un ciudadano enciende un interruptor en su casa, una vez se lo debe a las centrales eólicas; otra vez, al resto de instalaciones renovables (hidroeléctricas y solares, básicamente); y las otras dos ocasiones, a las tecnologías que, o siempre están ahí por su estabilidad de producción, como las nucleares; o son necesarias activarlas para evitar apagones generalizados, como los ciclos combinados de gas. Esa fue la estructura del recibo eléctrico medio en 2021, un año muy condicionado por el repunte de los precios de la luz, que alcanzaron máximos históricos, nunca antes visto en España, como los más de 300 euros/MWh en el que el mercado diario se situó justo antes de Navidad. Sin embargo, el mapa de instalaciones eléctricas discurrió por su propio camino, el que recorren las centrales renovables, cada vez con nuevas instalaciones; el que van deshaciendo tecnologías como las del carbón, en claro retroceso; y en el que se mantienen estables tanto las nucleares como los ciclos, sin nuevas centrales, pero también sin clausuras de sus instalaciones. El sistema eléctrico español acabó 2021 con una potencia instalada superior a los 112.000 MW (o lo que es lo mismo, 112 GW). Para comprender la dimensión de esta cifra, se puede comparar con lo que el conjunto de hogares, empresas e industrias demandan cada día para cubrir sus necesidades eléctricas: unos 40.000 MW (40 GW). El resto de la potencia hasta alcanzar esos 112.000 MW están disponibles, pero no se usan al límite. ¿Por qué ‘sobra’ potencia instalada? Precisamente porque una buena parte de esas centrales tienen una producción variable, solo predecible a varios días u horas vista.

La luz se nutre con más renovables el año de los precios disparados
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