lunes 23/5/22
                      Luis de Guindos, vicepresidente del Banco Central Europeo. THOMAS LOHNES
Luis de Guindos, vicepresidente del Banco Central Europeo. THOMAS LOHNES

Luis de Guindos asumió la vicepresidencia del Banco Central Europeo el 1 de junio de 2018. Lo hizo tras ser el ministro español que tuvo que lidiar con la más fea, una gran recesión que puso en jaque al sistema bancario español. Desde su despacho en Fráncfort confiesa que la situación actual, pese a la gravedad, nada tiene que ver con la de aquel entonces. Pero vienen curvas. Su receta para lidiar con una inflación desbocada y unas economías muy tocadas por la guerra es «credibilidad» ante los mercados y «prudencia» en el gasto.

—¿Subirán los tipos en julio?

—Dependerá de los datos y las nuevas proyecciones económicas de junio. El Consejo de Gobierno del BCE decidió en abril que las compras de activos terminarán en el tercer trimestre. En mi opinión, no hay razón para que eso no ocurra en julio. Los tipos subirán después. Cuánto después exactamente no está decidido. Pueden ser meses, semanas o días.

—Pero el mercado ya descuenta que va a haber dos subidas de tipos este año e incluso se habla de una tercera. ¿Se ha redoblado la presión para que actúen?

—A nosotros nos presionan los datos, no los mercados. Los mercados, a veces, se equivocan.

—Hay economistas que reprochan la excesiva lentitud del BCE.

—Esos comentarios surgen por la comparación con EE UU, pero la situación en Europa es diferente. Los dos factores principales que determinarán los tipos de interés serán la evolución de los efectos de segunda ronda, subidas salariales que no sean compatibles con la estabilidad de precios, y las expectativas de inflación.

—¿El BCE, aunque sea de reojo, observa el riesgo de recesión?

—La invasión de Ucrania va a redoblar las tensiones inflacionistas y a reducir el crecimiento económico. Que materias primas y energía suban del modo en el que lo han hecho implica un impuesto sobre trabajadores y empresas porque estos factores de producción, que son importados, se vuelven más caros. Y eso implica empobrecimiento. Sobre el riesgo de recesión, en junio tendremos nuevas previsiones. Lo que ya estamos viendo es una merma importante del crecimiento. Pero atendiendo a la definición técnica de recesión —dos trimestres consecutivos de crecimiento negativo—, ahora no lo vemos.

—Con la retirada de los estímulos, ¿hay países que pueden sufrir problemas de financiación o de déficit presupuestario?

—Los tipos nominales de deuda pública han subido en todo el mundo, pero las primas de riesgo siguen bastante estables. El riesgo de fragmentación no se ha concretado, aunque es algo que monitorizamos. De momento no hemos visto ninguna tensión en este sentido y la situación no es, en absoluto, comparable a 2011 y 2012.

—¿Está preparada España para asumir una subida de tipos?

—La economía española tiene dos fortalezas. En primer lugar, el sistema financiero está saneado. Eso ha permitido que incluso durante la pandemia los bancos hayan seguido dando crédito a empresas y familias en condiciones favorables. Además, la economía española es competitiva, ya que desde 2013 cuenta con un superávit de la cuenta corriente de la balanza de pagos.

—¿Y qué debilidades?

—Otras dos. La primera, la situación fiscal. La ratio de deuda pública/PIB está próxima al 120% y el déficit estructural, al 5%. Además, la inflación española, tanto la general como la subyacente, vuelve a estar por encima de la media europea. Como ha advertido el Banco de España, los márgenes empresariales empiezan a estar bastante afectados ya que la rentabilidad de las empresas españolas se está reduciendo por el encarecimiento de la energía y las materias primas.

CONSOLIDACIÓN FISCAL

—¿Aconsejaría al Gobierno español que empiece a tomarse en serio la necesidad de una mayor estabilidad presupuestaria?

—Mi recomendación, no sólo para España, sino para todos los países con un perfil fiscal más débil que otros, es que presenten en Bruselas planes presupuestarios creíbles en los que haya un proceso prudente y sensato de consolidación fiscal. Con estos niveles de inflación, los tipos de interés no van a estar tan bajos como han estado es los últimos años, y los gobiernos deben prepararse. La clave, también desde el punto de vista de los mercados, es tener propuestas creíbles.

—Mucho se habla de la extrema dependencia que la economía española tiene del BCE. Más allá de la literatura, ¿cuál es el impacto real, en cifras, de todas las medidas adoptadas?

—Hay un dato muy indicativo. Durante la pandemia, en 2020 y 2021, el BCE ha comprado 120.000 millones de deuda española cada año en el mercado secundario. Esto equivale a toda la emisión neta de España. El apoyo europeo, también a través del fondo Next Generation EU lanzado por el Consejo Europeo, ha sido fundamental, especialmente en una economía como la española. Esta fue la que más cayó en 2020 y, pese a un fuerte crecimiento del 5,1% en 2021, estuvo por debajo de la media europea. Y, a diferencia del resto de Europa, no ha recuperado aún el nivel de renta anterior a la pandemia.

—¿Es sostenible que un Gobierno vincule por ley la subida de las pensiones a la inflación?

—Es una decisión de política social y mi papel no es cuestionarla. Es respetable, pero es evidente que acarrea consecuencias para la sostenibilidad del sistema. Y, por tanto, una decisión así necesita verse acompañada de medidas que garanticen la sostenibilidad del sistema a medio plazo.

—¿Es el momento de la moderación salarial, de que patronal y sindicatos alcancen pactos de rentas?

—La economía europea y la española se van a enfrentar a una situación compleja: inflación alta, crecimiento a la baja y menos márgenes para las empresas, lo que afectará a la inversión y al empleo. En una situación así, donde va a haber que tomar decisiones que no son sencillas, sería muy importante que existiera el mayor apoyo social y político posible a la política económica.

—Otro de los debates que está sobre la mesa es el tributario. ¿Hay margen para bajar los impuestos en este contexto de crisis?

—No todos los países están en la misma situación. El sector público puede jugar un papel para moderar el impacto de la guerra en las empresas y familias. Aunque esto, a la vez, puede generar mayor déficit público.

—Hay sectores que critican esta tesis porque una bajada de impuestos alimentaría aún más las tensiones inflacionistas.

—Hablamos de medidas temporales y selectivas dirigidas a los sectores más vulnerables. Si las medidas se diseñan bien, la política fiscal puede ayudar a aliviar el impacto de un ‘shock’ de oferta externo como el actual sin que se lleguen a crear esos efectos negativos para la inflación en el medio plazo. La pandemia ha afectado a muchas empresas que ahora se ven golpeadas de nuevo. En el caso de las españolas, la reducción de márgenes es muy notable.

«Hay que tomar decisiones que no son fáciles y se necesita un gran consenso»
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