lunes 21.10.2019
Entrevista

«Quieren reabrir en falso la Transición»

Veinticinco años después, ‘Las armas y las letras’, el ensayo de Andrés Trapiello sobre el papel de los intelectuales en la Guerra Civil, cobra una especial dimensión ante las estocadas con las que los reaccionarios de toda índole tratan de torpedear la historia de la reconciliación y fraternidad que la constitución abrió en España

Andrés Trapiello en su residencia de Madrid. RAQUEL P. VIECO
Andrés Trapiello en su residencia de Madrid. RAQUEL P. VIECO

En Las armas y las letras, Andrés Trapiello trascendió a la memoria para hacer una labor que podría calificarse de arqueología de la historia. En el ensayo, recuerda la labor de la tercera España, la mayoritaria, la que fue aniquilada por las otras dos. JRJ lo explicó así en su exilio cubano: «Siempre estaré conmigo y con la democracia, con los demócratas dignos, con el pueblo español, y con mi trabajo material y espiritual».

 

—Dice en el prólogo a esta edición que a medida que nos alejamos de la guerra, han surgido en España quienes parecen empeñados en devolvernos a ella. Es como si España se hubiera quedado prendida de julio de 1936, que nos hubiéramos convertido en estatuas de sal. ¿Quién cree que es el culpable o los culpables de que no podamos avanzar?

 

—Principalmente aquellos que no tienen nada más que ofrecer políticamente ni proyectos que llevar a cabo. Durante la transición los partidos políticos tenían mucho que cambiar en el país, y se pusieron a la tarea, derechas e izquierdas. En treinta años el país se transformó por completo. A nadie le preocupaba la guerra civil. Se ha repetido, pero conviene recordarlo: estamos viviendo el periodo más próspero y democrático de toda nuestra historia. Es verdad: la transición cerró pronto algunas cosas, pero las cerraron quienes tenían derecho a hacerlo: nuestros padres, los que habían hecho la guerra civil, que por nada del mundo hubieran querido repetirla. «Todo antes que otra guerra civil», repetían llenos de congoja. Y renunciaron todos: Carrillo, uno de los vencidos, a la bandera y a la República; y muchos de los vencedores a tomar de nuevo las pistolas y defender lo que ya habían ganado una vez por las armas. Y funcionó. Esa generación sabía que la línea entre víctimas y victimarios era muy fina, y que a menudo les tocó a muchos estar a un lado y otro de la línea, víctimas y victimarios al mismo tiempo. Algunos dicen ahora: la Transición se cerró en falso, pero en falso es como quieren reabrirla quienes no tienen derecho a hacerlo, nietos que dicen hablar en nombre de sus abuelos, que fueron precisamente quienes la cerraron. Y quieren reabrirla por sectarismo: en la extrema derecha, en la extrema izquierda y en el mundo del nacionalismo, tan reaccionario como los otros dos extremismos. E inexplicablemente con la ayuda de Zapatero, promulgando una ley de memoria histórica según la cual habría que quitarle a Unamuno el nombre de calles e institutos, y ahora con un Sánchez, que pasará a la historia por haber llegado al poder con un gobierno francoenstein. Yo fui una de las personas que pidió hace más de veinte años la exhumación de Franco del Valle de los Caídos, y de hecho se exhumará por un mandato del parlamento español de 2017. Todos estuvieron de acuerdo (ni el PP votó en contra). O sea, que no es Sánchez quien lo exhumará, pero sí el que lo está instrumentalizando a su favor.

Algunos dicen ahora: la Transición se cerró en falso, pero en falso es como quieren reabrirla quienes no tienen derecho a hacerlo, nietos que dicen hablar en nombre de sus abuelos, que fueron precisamente quienes la cerraron.

 

—«Ya no se permite la neutralidad ni el deporte intelectual». Más o menos como ahora ¿no cree? Si no te posicionas en un lado, es que estás en el otro. No es posible la disensión, ni la duda, ni la reflexión, ni la libertad intelectual en España. ¿Sólo nos definimos por contraposición al otro?

 

—No creo. La posición de la tercera España ha ido ganando terreno en los últimos años. Cada día es mayor el número de españoles que comprende que los verdaderos perdedores de la guerra fueron todos aquellos a los que se obligó a elegir uno de los dos bandos, a menudo a punta de pistola. Al bando de la derecha le movían las ideas del nacionalsocialismo y el fascismo, y al bando de la izquierda, las del bolchevismo o el anarquismo libertario. La que perdió fue la República, que en la guerra dejó prácticamente de existir. Mandaba mucho más cualquier asesor soviético que Azaña. Y en la otra zona lo mismo, mandaba más y tenía más peso político cualquier falangista que Azorín, Baroja u Ortega y Gasset.

 

—La corriente dominante ha borrado de la historia esa tercera España que sí existió y que resucitó tras la muerte de Franco. ¿Cuál es la razón por la cual hoy nadie la reivindica? ¿Será, como dices en el capítulo dedicado a Chaves Nogales y Clara Campoamor porque perdieron por su libertad el prestigio de los perdedores? ¿Qué intelectuales hoy en día forman parte de ella?

 

—¿Cómo que nadie la reivindica? No se habla de otra cosa que de Chaves Nogales, de Clara Campoamor o de Elena Fortún. A todas horas, y con profunda admiración. Yo no conozco en la historia reciente un caso de vindicación más completa que el que se ha llevado a cabo con Chaves, ni a nadie que haya salido del completo anonimato para instalarse en la primera fila de la literatura. Es verdad que en la izquierda hubo y hay un rechazo a esa idea. Normal. Esa izquierda se hizo desde el primer momento con la propaganda. Los escritores que habían perdido la guerra habían ganado todo el prestigio de los manuales de literatura, sobre todo fuera de España, en las universidades y medios intelectuales internacionales, tal y como ha vuelto a repetirse con el procés independentista catalán, y al revés, por el mero hecho de haberla ganado se negó a los escritores de derechas cualquier mérito literario. Esto era ridículo, claro. Y hoy nadie, nadie que haya leído un poco, claro, no Pablo Iglesias, puede llegar a creer que Cunqueiro es peor escritor que Max Aub o Francisco Ayala. Y digo lo de Pablo Iglesias porque le oí decir en la noche de su gran triunfo electoral (qué lejos ya) que había llegado la hora de Margarita Nelken y Clara Campoamor, de Andreu Nin y José Díaz. Creía que eran todos igual, pero si hubiera leído un poco habría sabido que seguramente José Díaz, el secretario del PCE, dio la orden de asesinar a Nin, y Nelken no hubiera dudado en darla para acabar con Clara Campoamor.

José Díaz, el secretario del PCE, dio la orden de asesinar a Nin, y Nelken no hubiera dudado en darla para acabar con Clara Campoamor.

 

—¿Qué intelectuales forman hoy parte de la tercera España?

 

—Todos aquellos que luchan por la libertad e igualdad entre españoles, sin distinción de credos, sexo, edad, clase social, razas ni territorios. Esa es la tercera España, la mayoritaria.

 

—Unamuno ocupa uno de los capítulos del ensayo. Es muy esclarecedor. El viernes se estrenó la película de Amenábar, que volverá a recordar el episodio en el paraninfo de la Universidad de Salamanca. Recuerda en el libro la frase esclarecedora: «No son unos españoles contra otros (no hay anti-España) sino toda España, una, contra sí misma. Suicidio colectivo».  Es una manera apabullante de definir el malestar español, el mismo que seguimos padeciendo. ¿Están demasiado callados quienes deberían hablar? 

 

—No sé, a veces tiene uno la sensación de lo contrario. Seguro que Amenábar habrá hecho un buen trabajo sobre Unamuno, pero la semana pasada leí una entrevista que le hacían para promocionar su película. Volvía a repetir que la transición se cerró en falso y añadía que la España actual es la que ideó Franco. En el mundo del espectáculo se tiene un instinto muy fino para hacerte aplaudir por la galería. Por supuesto, el día del orgullo gay franquista, las diadas franquistas, las autonomías franquistas, las reformas franquistas del código penal para despenalizar el aborto, la ley franquista de partidos políticos… Se queda uno perplejo. Como lo de ese futbolista catalán que reconoce que Qatar, donde él trabaja ahora pegando patadas a un balón, es una dictadura, pero funciona mejor que España. Se debe referir a que en Qatar no tienen problema con meter en la cárcel a los homosexuales y pegar a las mujeres. A veces la gente, sobre todo si tiene un altavoz delante, debería pararse a pensar un poco antes de decir lo primero que se les pasa por la cabeza.

 

—La Memoria Histórica ha borrado las checas, los paseos, los asesinatos. El ensayo recuerda la labor de muchos intelectuales de izquierdas en ‘El mono azul’. ¿Comienza ahí la propaganda que acaba con la historia y la convierte precisamente en Memoria, que siempre es interesada? ¿Por qué cree que en otros países, como Francia, se da a cada uno lo suyo (estoy pensando en Céline) y sin embargo aquí se prefiere mantener a ciertas personas inmaculadas?

 

—No estoy muy seguro. Francia reescribió también su memoria reciente. Fue una maniobra habilísima de De Gaulle tras la ocupación alemana para evitar una guerra civil entre franceses: convencerles de que todos los franceses, excepto media docena de colaboradores, entre ellos Celine, habían formado parte la Resistencia. Solucionado el problema. Y de Italia no hablamos, claro, y eso que allí la inmensa mayoría sí había sido fascista en algún momento. Sólo en Alemania el trabajo de la memoria histórica se ha hecho con cierto rigor. En España el principal escollo procede de quienes creen que haber perdido la guerra les exime de cualquier responsabilidad en los delitos cometidos durante la guerra. Y no. El que cometió un asesinato durante la guerra sigue siendo responsable de él, aunque haya estado cuarenta años en el exilio. Y eso lo sabían nuestros padres. Por eso dijeron: basta ya, reabrir la heridas no ayuda a cicatrizarlas, sólo a que vuelvan a sangrar. No estaría de más aplicar el Me too, el yo también, a la memoria histórica, que es todavía el reino del ‘Tú más’.

No estaría de más aplicar el Me too, el yo también, a la memoria histórica, que es todavía el reino del ‘Tú más’.

 

— ¿Qué hay de cierto en el episodio de la pistola de María Zambrano con Ortega?

 

—Pistola llevaba en aquel momento mucha gente. Quizá María Zambrano —y el testimonio lo obtuve de Soledad Ortega, hija del filósofo— necesitaba mostrarse más revolucionaria que nadie y hacerse perdonar su amistad con algunos conocidos fascistas. La pistola seguramente no fue suficiente, y se quitó de en medio un año, 1937, en Chile. Cuando Gaya se enfrentó en 1937 al todopoderoso José Renau, comunista y director de Bellas Artes, su amigo Bergamín le aconsejó que no apareciera por el café durante un tiempo. Así fue como desapareció aquellos mismos días José Robles, el traductor y amigo de Hemingway y Dos Passos: un buen día fue al café, y ya nadie volvió a verlo. Asesinado. Los peores crímenes se cometieron en la retaguardia, en los dos bandos.

Quizá María Zambrano —y el testimonio lo obtuve de Soledad Ortega, hija del filósofo— necesitaba mostrarse más revolucionaria que nadie y hacerse perdonar su amistad con algunos conocidos fascistas.

 

— Hay una imagen terrible. Muestra una ejecución en algún lugar de Castilla con presencia de niños como testigos del horror. Recuerdas, sin embargo, que los fusilamientos se producían en la España nacional sin fotógrafos. ¿Dónde encontraste esta imagen?

 

—En internet, por azar, en uno de esos hilos interminables que te van llevando de puente a puente, como en el juego de la Oca. Hay quien dice que es Durango. Desde luego los espectadores, por el modo de vestir, parece población veraneante. Para unos es un montaje, para otros las víctimas son de un bando, y para otros de otro. Nadie de los que dicen unas cosas u otras aportan una sola prueba de nada. Hablar por hablar. En todo caso ilustra algo que denunciaba El Norte de Castilla: se pedía allí que la gente no asistiera a esas ejecuciones, y mucho menos con niños. Y sí, la derecha siempre fue mucho más astuta con esas imágenes, y procuraron borrar las huellas de sus crímenes. En la izquierda, por el contrario, muchos estaban orgullosos de ellos, como demostró la foto del asalto y profanación de tumbas en la iglesia del Carmen de Madrid: fue una foto que se publicó en un periódico de Madrid y que dio la vuelta al mundo. Le hizo más daño a la República que toda la propaganda fascista.

 

—Entre las palabras más bellas del libro están las que dedica al encuentro final entre los hermanos Machado a la muerte de Antonio: «Ahí es donde deberíamos ver el arranque de la reconciliación nacional, si es que alguna vez estuvieron enfrentados sus corazones mientras duró la guerra. No es una victoria de las armas, o de las ideas, sino en la muerte. ¿Cuándo cree que los españoles llegaremos a ese momento?

 

—Allí donde los españoles son libres e iguales, están ya reconciliados desde hace cuarenta años. Pueden tener ideas políticas diferentes y ser distintos a sus conciudadanos en edad, sexo, posición social, pero tienen un proyecto común de convivencia. Donde, por el contrario, hay quienes tratan de atentar contra la igualdad y la libertad de todos, en el País Vasco durante cuarenta años con las armas, y en Cataluña ahora, privando de sus derechos ciudadanos a más de la mitad de los catalanes y a la inmensa mayoría de españoles, en esos territorios es preciso restablecer cuanto antes las normas de convivencia de la única manera conocida en una democracia: las leyes y normas que nos hemos dado todos. Las leyes acabaron con el terrorismo de ETA y las leyes acabarán con el golpismo separatista. Y desde luego, cumplida la ley podemos dedicarnos al chau-chau de las esencias de la patria y lo identitario cuanto se quiera.

—Allí donde los españoles son libres e iguales, están ya reconciliados desde hace cuarenta años

 

—¿Cómo califica la voz de los intelectuales ante los desafíos que hay sobre el tablero actual del país?

 

—Como la del resto de la sociedad. No hemos de olvidar que los crímenes de ETA estaban secundados por doscientos mil vascos, todos ellos con nombre y apellidos, que muchos más en Navarra y en el País Vasco defienden privilegios que no tenemos en el resto de España y que hay un millón de catalanes partidarios de acabar con la igualdad entre españoles y pisotear los derechos de más de la mitad de los catalanes. El intelectual a menudo es la parte visible de una sociedad, pero él no puede sustituirla ni hablar en su nombre. El voto de un intelectual vale lo mismo que el de cualquier otra persona, y eso es lo que cada uno ha de tener presente a la hora de votar. Se habla ahora mucho del fracaso de los líderes del PSOE y de Unidas Podemos que no han sabido pactar. De acuerdo, pero hablemos también del fracaso de todos los que les han votado. Estos no sólo no se sienten responsables de nada, sino que muchos de ellos piensan seguir votando a los mismos que acusan ahora de haber fracasado. En el mundo del fútbol no son tan hipócritas: un entrenador no gana partidos, lo despiden y ponen a otro. En política sucede al revés, parece que te premian cuanto peor lo haces. Que se lo pregunten a Torra o al doctor Sánchez.

Se habla ahora mucho del fracaso de los líderes del PSOE y de Unidas Podemos que no han sabido pactar. De acuerdo, pero hablemos también del fracaso de todos los que les han votado.

«Quieren reabrir en falso la Transición»