sábado 24/10/20

La apuesta fallida del líder del PP

Cuando Cayetana Álvarez de Toledo fue nombrada en julio de 2019 portavoz del PP en el Congres, más de un dirigente popular se llevó las manos a la cabeza. No tanto por su discurso, sino porque consideraba que la hasta hace unas horas principal colaboradora de Pablo Casado en la Cámara baja era un verso suelto incontrolable que a medio plazo solo iba a generar problemas internos.

Lo que sus allegados consideraban una virtud, su «valentía», el no ser «políticamente correcta», era visto por sus detractores como un peligro inminente. Una bomba que podía detonar en cualquier momento. Pero Casado quería un perfil duro. En un país cada vez más polarizado y con la amenaza de Vox cada vez más presente, una voz que se pudiese oír con claridad. El problema para el presidente del PP es que a veces se le ha escuchado demasiado bien.

Nacida en Madrid en 1974, Álvarez de Toledo ha estado permanentemente situada en el centro de la tormenta. Criada entre Londres y Buenos Aires y licenciada en Historia Moderna por Oxford, la ya exdirigente popular siempre se ha caracterizado por un discurso afilado, sin concesiones contra el nacionalismo, Podemos y Pedro Sánchez.

Columnista y periodista durante varios años, de padre francés con ascendencia española y madre argentina, no era una recién llegada a la primera línea política. Ya en 2006 fue nombrada jefa de gabinete de Ángel Acebes, por aquel entonces secretario general del PP.

Eran los tiempos de la primera legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero y de una oposición sin concesiones por parte del PP. Desde entonces se fraguó una carrera interna en la que nunca ocultó su alejamiento de la estrategia de Mariano Rajoy. P

ara Alvarez de Toledo, el PP era demasiado tolerante con el nacionalismo y no hacía una política firme para defender al conjunto de los españoles. Se convirtió en el azote del soberanismo en Cataluña, aunque con escasos beneficios electorales.

Divorciada y madre de dos hijas, uno de sus principales mantras ha sido el de que «una española no tiene que pedir permiso para presentarse en ningún lugar de España». Ha tachado a los nacionalistas de «reaccionarios», de «pijos», de «xenófobos»... Hasta sus detractores admiten que tiene una gran capacidad intelectual y una oratoria sobrada que, sin embargo, acaba derivando en gestos de soberbia más de una vez. Los choques con compañeros y adversarios han sido continuos durante los últimos meses.

En una de las sesiones durante el estado de alarma, por ejemplo, acusó al padre de Pablo Iglesias de ser un «terrorista».

Pero si los enfrentamientos con sus rivales han sido sonados, más aún lo han sido los que ha tenido con otros miembros del PP. Por ejemplo, con sus compañeros vascos. En septiembre del año pasado, Álvarez de Toledo volvió a demostrar su capacidad para decir lo que piensa, pese a quien pese y sin tener en cuenta las heridas que pueda abrir. En una entrevista radiofónica, acusó a los dirigentes del PP en el País Vasco, con Alfonso Alonso a la cabeza, de ser «tibios» con el nacionalismo y consideró un «grave error» defender los derechos históricos. Apeló a un proyecto «moral». Las críticas de los cargos vascos no se hicieron esperar y recordaron a la portavoz del PP en el Congreso los años en los que se jugaban la vida en primera línea contra ETA. En un intento por calmar los ánimos, hasta Casado tuvo que intervenir afirmando «yo soy del PP vasco» y recalcando el compromiso de su partido con la foralidad.

Aquel fuego se controló, pero nunca terminó de apagarse. Porque no sólo fue Alonso. Álvarez de Toledo fue sumando enemigos internos. Alberto Núñez Feijóo y Juanma Moreno Bonilla marcaban distancias en cuanto podían y recalcaban que la única forma de ganar votos era girar hacia el centro y no pelear con Vox por ver quién es más duro.

El malestar interno fue creciendo al mismo tiempo que el apoyo de Casado se iba diluyendo. Hasta que su posición en el Congreso se hizo insostenible. |

| DAVID BOADILLA

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