viernes. 03.02.2023
Aznar reunió a todo su Gobierno en La Coruña para celebrar el viernes el Consejo de Ministros
Desde hoy sólo quedan sesenta semanas -una más, una menos- hasta el domingo electoral de marzo del 2004 en que José María Aznar dejará el Gobierno. Sesenta semanas que el presidente nos promete de vértigo por la agitada suma de tres asignaturas: sus compromisos con Bush para el ataque a Irak, el empeño en que no pierda las elecciones su sucesor porque el PP no se lo perdonaría nunca y su obsesión personal en remodelar el mapa español de la comunicación. «Aznar está profundamente preocupado desde Navidad -asegura un dirigente del partido a este periódico- como si lo del Prestige lo hubiera despertado de golpe de un sueño». Ante las alarmantes encuestas decidió recuperar la iniciativa poniéndose el traje más conservador de su armario a pesar de que las rebajas ideológicas del PP publicitan la moda de centro. Ha endurecido el tono y ha dictado el no como actitud parlamentaria. No a la Comisión de Investigación del Prestige, ni en Madrid ni en Santiago. No a la comparecencia en el Congreso para explicar cómo hace tan feliz a George Bush. No a cualquier iniciativa que no proceda de su propio partido (el PP aprobó propuestas en el Parlamento idénticas a las que había rechazado un mes antes presentadas por los catalanes de CiU). Hasta Jordi Pujol -su aliado en Madrid y en Cataluña- está asustado por la regresión: «Lo veo muy desenfrenado al señor Aznar. Un día son los guetos, otro las tribus, otro las etnias, tro día es discutir la condición democrática de la gente, y mire, yo era demócrata mucho antes que él. (...) Es un poco penoso ver todo esto». Pero lo más grave es que Jordi Pujol interpreta que Aznar está rompiendo el pacto de transición sobre España, el acuerdo sobre España que se fraguó en la transición. Y eso son palabras mayores. Sólo ha faltado para enrarecer el clima el dicharachero presidente del Tribunal Constitucional, el otrora admirado profesor Manuel Jiménez de Parga, que ha dinamitado su exigible neutralidad y se ha revelado como un tertuliano radiofónico de lujo (que si «el lendakari de Oklahoma», que si «los cristianos del norte de España en el año mil no se lavaban ni los fines de semana», etcétera). Ese relanzamiento de actividad de Aznar, además del tono duro, se hace con eficaces golpes de efecto: primero fue la entrada de Ruiz-Gallardón en la carrera por la Alcaldía de Madrid que Álvarez del Manzano deja maltrecha, después el desembarco de Ana Botella, antes el fichaje del joven Adolfo Suárez para torear al miura Pepe Bono, y ahora el anuncio de que él mismo cerrará la lista municial de los populares en Bilao. «Con eso no moverá ni un solo voto más para el PP en el País Vasco, si acaso cohesionará los que tiene», estima Odón Elorza, alcalde socialista de San Sebastián. «Ha sido un gesto muy celebrado por el PNV porque, al igual que en la campaña vasca, polariza el voto entre nacionalistas y populares», comenta el concejal que acompaña a Elorza en la conversación con Diario de León. Quizá sí pero es un golpe de efecto que, de paso, hizo olvidar en la convención popular la gran cuestión pendiente: el nombre del sucesor. Ese endurecimiento de Aznar deja más espacio a Zapatero para seguir rescatando votos de centro atraídos por su estilo templado, pero está por ver que el PSOE sepa aprovechar a fondo esa oportunidad. Episodios como el resbalón de Caldera ante Mariano Rajoy y las declaraciones de Jordi Sevilla culpando de los accidentes de Renfe al déficit cero presentan una imagen poco confiable del entorno de Zapatero. Quizás el PSOE se excedió al laminar a todos los dirigentes de la época anterior. Nadie duda de que debía renovar, pero prescindir de la voz de Javier Solana, que acaba de decir en Barcelona las cosas más sensatas sobre la guerra de Irak, o mantener en silencio a Ramón Jáuregui, que en cuanto ha asomado en el Congreso le han dado el premio al Mejor Orador, parece un despilfarro. Rodríguez Zapatero, con la eficaz ayuda de Pepe Blanco, abrió una nueva etapa en el socialismo español. Mantiene una fluida relación con Felipe González, sin complejos, mientras que Blanco restableció lazos con Alfonso Guerra y ha pacificado el interior del PSOE. Eso era imprescindible, pero es trabajo interno. Hacia fuera, salvo algunas intervenciones de Pérez Rubalcaba -el superviviente-, los socialistas no tienen portavoces brillantes. Y le será imposible encontrarlos y proyectarlos de aquí a las elecciones sin debates públicos y con restricciones televisivas garantizadas hasta que lleguen al poder. Un ejemplo: Emilio Pérez Touriño sorprendió en Madrid por su brillante discurso el domingo pasado: «Es una lástima que en Galicia no puedan saberlo», se lamentaba José Montilla. El panorama es inquietante: desde hace algunas semanas Berlusconi ya controla Telecinco y en los próximos meses Antena 3 TV pasará de Telefónica a otro grupo inversor, para que todo quede atado y bien atado, al igual que la cadena radiofónica Onda Cero. César Alierta negocia el precio con seis grupos interesados, desde Planeta a los italianos de Rizzoli, desde el Grupo Correo -al que le interesaría gestionar Antena 3- hasta los franceses de la TF-1 o los alemanes de RTL. Se venderá antes de Semana Santa, según José Manuel Lara. Alierta negocia el precio; Aznar decidirá también el sucesor de Telefónica en la cadena.

Aznar promete un año de vértigo