lunes. 05.12.2022

Los barones territoriales han abierto la puerta de salida a Pablo Casado porque «no tira», según el rotundo diagnóstico de un dirigente regional. Tienen la convicción de que no es el líder capaz de convertir al PP en la alternativa al PSOE. Le han enseñado la puerta de salida no tanto por la desastrosa gestión de su guerra con Isabel Díaz Ayuso, que también, si no por el temor a que la travesía por el desierto de la oposición se prolongue aún más.

El presunto espionaje a Díaz Ayuso y las supuestas corruptelas de la presidenta madrileña con su hermano han sido el catalizador en el momento oportuno para que los barones dieran la estocada al líder del partido. Casado, a tenor de la sorpresa con que ha encajado su defenestración, nunca reparó, y si lo hizo lo calibró mal, en que no gozaba del respeto político de los responsables del partido en los territorios y que tampoco era una figura popular entre las bases.

Una desafección que es fruto de una estrategia de oposición con bandazos constantes y sin un discurso conductor que no se ha plasmado en la prometida resurrección del PP. Casado fue elegido presidente del partido un 21 de julio de 2018 en un congreso extraordinario tras derrotar a Soraya Sáenz de Santamaría con el apoyo del aparato del partido pero sin el calor de la militancia. Los afiliados dieron el triunfo a la exvicepresidenta en la primera vuelta de las primarias, pero en la segunda, reservada a los dirigentes y cuadros medios del PP, pesó más el temor al ‘sorayismo’ y a la continuidad del ‘marianismo’, aunque la alternativa fuera un joven dirigente sin apenas credenciales.

Con un ramalazo adanista se rodeó de un equipo tan inexperto como él y prescindió de todo lo que oliera a vieja guardia. Su primer test fue las elecciones generales de abril de 2019, y obtuvo los peores resultados en la historia del PP con 66 escaños, por el camino se dejó 71 de los que había heredado de Rajoy. Tuvo una nueva oportunidad siete meses después y algo mejoró, 88 diputados, los segundos peores resultados en la historia del PP.

Las citas electorales autonómicas fueron su víacrucis. Tras perpetrar una escabechina en el PP vasco en 2020 se quedó en seis escaños y relegado a quinta fuerza. En Galicia ganó el PP pero la victoria hay que apuntarla en el haber de Alberto Núñez Feijóo, que sumó su cuarta mayoría absoluta. En Cataluña, el revés de febrero del año pasado fue épico (tres diputados). Los populares tomaron aire en Madrid con un triunfo arrollador en mayo pasado, pero nadie se atrevió a discutir la maternidad de Díaz Ayuso. Hasta que llegaron las de Castilla y León hace quince días. Como el tirón del candidato no era homologable al de Galicia o Madrid, y Casado trató ocupar ese papel. El resultado fue un triunfo amargo e insuficiente para gobernar en solitario. «El problema de Pablo es de discurso. Nadie sabe cuál es», se lamentaba ya hace varios meses un experimentado dirigente popular. «Es un bien queda», apuntaba con el colmillo más retorcido un dirigente territorial. Con más salero literario, Cayetana Álvarez de Toledo lo definió en su libro como «un camaleón sentimental. Lo que castizamente se llama un veleta».

No tenía reparo en definir a Vox como «la derecha más nueva» y al día siguiente situarlo en «la extrema derecha».

Casado nunca encontró la tecla para convertir al PP en alternativa
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