jueves. 07.07.2022

«Esto nos dejará algunas marcas, pero todos somos conscientes de lo que hay». La frase es de una diputada de En Comú Podem, pero resume un sentir general dentro del llamado bloque de investidura. La convalidación, el jueves, de la reforma laboral hizo saltar por los aires la mayoría en la que, hasta ahora, se había apoyado el Gobierno para sacar adelante sus principales proyectos legislativos. Ni Esquerra ni EH-Bildu, muy críticos con el acuerdo fraguado por la vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, con sindicatos y empresarios, entraron en la ecuación. Tampoco el PNV. Todos, incluido el Ejecutivo, sostienen, sin embargo, que el episodio no sentará precedente.

El modo en el que el Gobierno vio salvada finalmente la norma «más importante de la legislatura» (el ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, dixit) podría explicar esa conjura para reconstruir las relaciones. La mayoría alternativa que, con dificultad, habían construido los socialistas bajo la tan incómoda como resignada mirada de Unidas Podemos no funcionó. De no haber sido por el error del diputado popular Alberto Casero la norma habría quedado derogada como consecuencia del viraje de los dos diputados de UPN que garantizaban una mayoría absoluta de176 votos frente a 173. El resultado, impugnado por PP y VOX, fue finalmente de 175 a 174.

La sensación de haber ganado por los pelos, un golpe de suerte o, como dijo también Bolaños, por «justicia divina», no es, pese a todo, la clave de que en el Ejecutivo insistan en que sus socios preferentes seguirán siendo los que eran. Lo que ocurrió el jueves es solo la prueba de algo de lo que ya asumían unos y otros: se necesitan mutuamente.

Es cierto que a los socialistas les venía bien que se visualizara una cierta capacidad de llegar a acuerdos con «todos» y más en plena campaña de las elecciones en Castilla y León, un territorio conservador y poco amigo de los independentismos. «Eso —dicen en la Moncloa— te da la centralidad política, que no es lo mismo que que estuviéramos en un giro al centro». También es cierto que, en realidad, Pedro Sánchez ha tratado de jugar a ese juego desde el inicio de la legislatura, pero nunca lo tuvo fácil.

La reforma laboral permitió al PSOE experimentar con otra mayoría porque en ella confluían muchos factores que, admiten, difícilmente van a repetirse en otras leyes. Era el producto de un acuerdo con sindicatos y empresarios y uno de los hitos comprometidos con Bruselas a cambio de los fondos de recuperación. Eso y los problemas internos del presidente de la CEOE hacían su contenido innegociable con los grupos. A diferencia de los Presupuestos, además, se trataba de una norma pilotada por Yolanda Díaz, por lo que Unidas Podemos no podía amenazar con hacerla descarrilar por la incorporación de Ciudadanos, y el aval de la patronal facilitaba la entrada tanto de este partido como de PdeCAt o UPN.

En lo inmediato, vienen iniciativas como la derogación de la ‘ley mordaza’, la ley de la vivienda, la ley audiovisual o la ley del ‘solo el sí es sí’, que volverán a negociarse con los socios de la investidura, lo que no quiere decir que, como apuntaba la diputada de ‘En Comú’, ho, lo que no quiere decir que, como apuntaba la diputada de ‘En Comú’, no hayan quedado «cicatrices»: entre los socios de la coalición, entre Podemos y Yolanda Díaz (fue significativo que Ione Belarra e Irene Montero se ausentaran del debate para presentar su ‘ley de familias’), y entre Díaz y ERC, porque los partidarios de la vicepresidenta achacan la posición de los republicanos, no al contenido de la reforma laboral, sino al deseo de desgastarla por el tirón que tiene entre sus votantes. Ni Esquerra ni Bildu, sin embargo, reprochan nada al PSOE. «Vieron que no salía y se buscaron la vida», dicen los catalanes. Con el PNV, por otro lado, nunca se cortó la negociación. A las ocho de la mañana del jueves, el propio Sánchez habló por teléfono con Andoni Ortuzar. Los socialistas, que tenían sus dudas respecto a la fidelidad de los diputados de UPN, querían dentro a los nacionalistas vascos y aseguran que casi hubo acuerdo para garantizar lo que estos pedían, la prevalencia de los convenios autonómicos sobre los estatales. «No pudimos cerrarlo —dicen fuentes de la negociación— porque se nos habría caído todo lo demás, empezando por Cs».

La conjura de Sánchez y sus socios