sábado. 04.02.2023

La violencia de género acaba con la vida de mujeres que dejan huérfanos a cargo de abuelas o tíos, quienes también deben reponerse de esa pérdida violenta e injusta. La maldad del asesinato machista se extiende por la vida de los que quedan vivos, tras sepultar a la mujer asesinada por su pareja o expareja. Hay madres que pierden a sus hijas, hermanos a sus hermanas y, sobre todo, hijos que quedan huérfanos. Más de 30 el último año, para sobrepasar los 370 desde hace dos décadas, cuando estos crímenes se comenzaron a registrar en un apartado específico.

La lista comenzó con el nombre de Diana, una mujer de 28 años y una hija de cinco. Desde entonces las mujeres asesinadas por violencia de género se acercan a las 1.200.

Las formas de sobrellevar el luto que tienen sus allegados, sobre todo su descendencia, traza distintas estrategias, desde el silencio hasta el activismo. Siempre en busca de reconstruir las vidas destrozadas por el asesino y guardar la memoria de quien ya no podrá volver. Con los sentimientos y recuerdos siempre a flor de piel. Los hijos de las víctimas siguen sus propios caminos. Pero tienen en común que, además de haber sido robados en el afecto, también se enfrentan a una situación de desigualdad de oportunidades con respecto a los demás niños, al carecer de quienes les debían sustentar.

«Cuando falleció mi madre no me quedó ninguna paga de orfandad», explica la hija de Julia, la octava víctima de 2011. «Pero ayudé a que se cambiase la ley para los que viniesen después de mí. El dinero no paga que tu madre haya muerto ni te quita la pena, pero ayuda a la familia que se hace cargo de los hijos».

Las personas que se encargan del cuidado de los pequeños de la noche a la mañana puede ser que tengan más hijos, o que sean solteros que viven en pisos estrechos, con trabajo o sin él. Aún con un buen sueldo, cuando a la carga familiar se le añaden más personas, a veces cinco críos, pueden sufrir apuros económicos.

Las ayudas pasaron de la inexistencia hace unos años a diversas partidas perdidas en un «laberinto de burocracia», indica la Fundación Mujeres, que ofrece ayuda para guiar a las víctimas. Algunos huérfanos han cambiado sus apellidos y, antes de que la ley lo permitiera, los invertían para llevar el de la madre primero. Algunos son criados por sus tíos, otros por sus abuelos. Siempre la familia materna. La paterna suele desaparecer, o proteger e incluso justificar al asesino, según constata la Fundación Soledad Cazorla, que a finales de año realizó un primer encuentro de las familias beneficiarias de su programa de becas para los hijos de mujeres asesinadas por sus parejas o ex.

En el caso de M., asesinada por su expareja, la familia del asesino «se dedicó a hacer desaparecer los bienes», relata el tutor legal de los huérfanos de la décima víctima de 2018. «Debían ser embargados pero, por la lentitud de la justicia, les dio tiempo a vender un piso y un coche y movieron dinero de sus cuentas. Se ve la miseria de sus padres y hermana, que le ayudaron desde el principio para que no le llegara nada a los huérfanos. Son totalmente protectores y apoyan lo que ha hecho».

La situación de los hijos, incluso cuando son mayores, varía dependiendo de un par de factores: si quien mató a su madre era su padre, y si ese padre se suicidó. El caso de que el hombre se haya quitado la vida les facilita el camino, puesto que si está en la cárcel la herida se reabre una y otra vez.

Antes la ley obligaba a que se siguiera un régimen de visitas con los menores. Ya no. Pero el hombre sigue el patrón de permisos penitenciarios que les deja salir después de un tiempo en el que los hijos todavía no han madurado, y suelen recalar en el mismo entorno.

«Los hijos tienen miedo de que les busquen o de encontrarlo por casualidad, no importa la edad», dice una fuente. Otro factor que puede oscurecer la salud de los hijos es si el crimen ocurrió ante ellos. El trauma, las pesadillas, el terror, incluso con pocos años, requiere largos procesos de terapias y amor, y es otra forma de prolongar el maltrato y el daño de esos padres que cometen agresiones mortales. Además, si los hijos de ella tienen diferentes padres, la unidad fraternal se rompe y cada uno va a un hogar distinto, incluso institucional.

Crecer con la ausencia de una madre asesinada
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