domingo. 14.08.2022

Desde que Pedro Sánchez fue investido en enero de 2020, el Gobierno de coalición ha mutado, en numerosas ocasiones, en un Ejecutivo de colisión. Tanto PSOE como Unidas Podemos siempre han tenido en mente que la alternativa a su ruptura —con una hipotética victoria de PP y Vox— no era asumible y que las divergencias eran, incluso, saludables. Pero la realidad es que ambos socios han aireado constantemente sus diferencias y convocado hasta en cinco ocasiones la comisión de seguimiento del pacto de coalición, el órgano con el que se dotaron para resolver sus diferencias más profundas.

Ley de Libertades Sexuales Aunque el entonces vicepresidente Pablo Iglesias reconoció tras la investidura que en Podemos tenían que «tragar sapos» en busca del bienestar común, los dos socios no tardaron en chocar por primera vez. A finales de febrero, las ministras Irene Montero y Carmen Calvo tuvieron un encontronazo por sus diferencias por la Ley de Libertades Sexuales. Aquella lucha por abanderar el movimiento feminista dentro del Ejecutivo provocó la convocatoria urgente de la primera y la segunda reunión de la comisión de seguimiento. Pero la tensión estalló fuera del Consejo de Ministros después de que el entonces vicepresidente Pablo Iglesias insinuara que el ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, era un «machirulo».

Monarquía y calidad democrática. Había comenzado una carrera por marcar territorio que solo serenó el duro golpe de la pandemia. El Gobierno mantuvo cierta unidad durante los primeros compases de la crisis sanitaria y las prórrogas de los estados de alarma, pero la relación saltó por los aires cuando Juan Carlos I anunció su salida de España el 3 de agosto de 2020.

En Podemos calificaron el movimiento de «fuga» y lo compararon con la protagonizada por Luis Roldán a principios de los 90. Mientras el PSOE cerraba filas en torno a la Corona, Iglesias y Sánchez mantuvieron una «fuerte discusión» en torno a la postura del Gobierno. Desde ese momento, ambos empezarían a mantener reuniones semanales, a solas, en Moncloa.

Después de uno de estos maitines, Iglesias inició una ofensiva para dudar de la «calidad democrática» de España. Aquello provocó la reacción de ministras como la de Defensa, Margarita Robles, en una polémica que se saldó con un tuit de la entonces secretaria de Estado Ione Belarra (ahora ministra de Derechos Sociales) calificándola de «la favorita de Vox». Sánchez pidió a sus socios que «bajaran decibelios», mientras que Robles y Belarra iniciaron una enemistad personal que dura hasta hoy.

Reforma laboral e invasión rusa. El choque por la derogación de la reforma laboral tuvo su cénit el 22 de octubre, cuando Belarra convocó de urgencia al PSOE para otra reunión de la comisión. Hasta ahora había sido el más agrio de la legislatura, después de que los morados denunciasen «injerencias» de la ministra Calviño en las negociaciones, mientras que los socialistas no querían quedarse fuera del proyecto.

De las macrogranjas a la guerra. Las tensiones se han mantenido con episodios intermitentes como la polémica por las macrogranjas que provocó la desautorización del ministro Alberto Garzón, la disputa entre Díaz y María Jesús Montero por los impuestos a las eléctricas, la visita relámpago del emérito a Sanxenxo en mayo, o la Ley Audiovisual, la primera vez que Unidas Podemos no votaba a favor de una norma propuesta en el Consejo de Ministros.

Pero fue la guerra en Ucrania la que terminó por partir al Ejecutivo en dos. Primero por el envió de armas a Kiev (que apoyó la propia Díaz); y segundo por la promesa de Sánchez de elevar el gasto militar de España ante los aliados de la Otan. Los socialistas esperaban capear el temporal, pero la vicepresidenta, molesta, convocó de urgencia otra comisión, la sexta.

Encontronazos de un ‘Ejecutivo de colisión’