Diario de León

El gran dilema de Pedro Sánchez

El desenlace de la negociación presupuestaria va a decantar el rumbo de la legislatura: el presidente tendrá que elegir compañeros de viaje; Iglesias le empuja al acuerdo con ERC, pero la oferta de Ciudadanos le tienta

Pedro Sánchez bromea con Pablo Iglesias ante la atenta mirada de Carmen Calvo. J. J. GUILLÉN

Pedro Sánchez bromea con Pablo Iglesias ante la atenta mirada de Carmen Calvo. J. J. GUILLÉN

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La legislatura afronta este otoño una encrucijada trascendental para su continuidad o su colapso. El Gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos debe elegir compañeros de viaje para aprobar los Presupuestos y acordar un horizonte de estabilidad, con un socavón económico, sanitario y social de proporciones formidables. Tiene la posibilidad de hacerlo con la mayoría que le dio los votos a Pedro Sánchez en la investidura en enero y, en concreto, con el respaldo de Esquerra. Pero, incluso, aunque los republicanos catalanes se descolgaran, los votos del PNV, de EH Bildu y del PDeCAT le podrían servir para armar una mayoría suficiente. Y cuenta con otra alternativa que pasa por una negociación con Ciudadanos. Es su gran tentación, aunque también encierre algunos riesgos.

Sánchez dispone de esas tres pistas abiertas al mismo tiempo, aunque muy pronto deberá decantarse. Los movimientos de Unidas Podemos para evitar que Ciudadanos entre en la sala de máquinas de la política española son bien elocuentes.

La zapa podemita

Las reuniones de Pablo Iglesias con ERC y EH Bildu se enmarcan en esa apuesta para frenar la expectativa que acaricia cierto sector del PSOE de pactar los Presupuestos con Inés Arrimadas, un acercamiento que lanzaría un mensaje apaciguador a Bruselas y a determinado estamento empresarial, pero que, a la vez, introduciría un factor de severa distorsión en el Ejecutivo de coalición. Unidas Podemos trata de estrangular la aproximación de Ciudadanos al PSOE, porque sabe que si esta operación prospera, su papel como aliado decrece exponencialmente y se reorientaría la brújula de la política española, no solo en materia socioeconómica, sino también en sensible relación con la periferia.

La disyuntiva es de profundidad. Lo presumible es que Sánchez no haga nada que pueda dejar sin margen de maniobra a Pablo Iglesias, con el que ha sellado una entente de confianza personal para acometer una agenda de reformas sociales, que adquieren más valor en un nomento de fuerte estrés sobre los servicios públicos y en el que la covid se está cebando en los núcleos de población más vulnerables, municipios y barrios de clases trabajadoras con fuertes índices de precariedad laboral. Iglesias es consciente de que, aunque un pacto con Ciudadanos no rompa a corto plazo la coalición ‘progresista’, tendría un efecto colateral en las políticas económicas y tensionaría de forma considerable el debate territorial y las relaciones con los nacionalistas. Podría cegarse de entrada el incipiente debate sobre la plurinacionalidad de España impulsado por los partidos de la investidura.

¿Sin alternativa?

Sánchez no prescindirá del papel de Unidas Podemos, a pesar de los recelos mutuos, a pesar de que los morados advierten movimientos desleales en algunos ministros socialistas o que desde el PSOE se ve con inquietud y con malestar la ‘puerilidad’ de ciertos mensajes de Unidas Podemos. Pese a todas esas maniobras orquestales en la oscuridad, el presidente del Gobierno coincide con Iglesias en lo esencial: no existe una alternativa seria al entendimiento entre ambos, que están unidos en su suerte. Además, el escándalo de la ‘operación Kitchen’ y la situación crítica de la Comunidad de Madrid, gestionada por el PP, debilitan la estrategia de oposición de Pablo Casado. En este contexto, la próxima moción de censura de Vox dará un baza de oxígeno al Gobierno, aunque este último debería estar atento para que la extrema derecha no capitalice el malestar social contra la política que empieza a extenderse. Que ese peligro existe.

La pelota va a estar también en el tejado de Esquerra Republicana, que debe clarificar su decisión sobre los Presupuestos Generales del Estado y sobre la legislatura española en un escenario catalán atravesado por una fuerte disputa interna en el seno del independentismo, con Carles Puigdemont enrocado en la trinchera de la resistencia ‘carlista’, del victimismo y del maximalismo de ‘cuanto peor mejor’. Aunque la política catalana siga bajo la hiperventilación simbólica en la que ha vivido desde el ‘procés’, el posibilismo se empieza a abrir paso en el soberanismo catalán.

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