martes 24/5/22

RAMÓN GORRIAGÁN I MADRID

Pedro Sánchez dice que Alberto Núñez Feijóo «no tiene resuelto qué relación tener con la ultraderecha». Resuelto lo tiene, el problema es que no sabe cómo llevarlo a la práctica. El líder del PP aspira a recuperar a la legión de votantes populares fugados a Vox y que la colaboración sea innecesaria. Pero la realidad es otra.

El partido de Santiago Abascal está «de moda», lo reconocen en la calle Génova, y aunque Feijóo y los dirigentes de su partido recurran a todo tipo de piruetas elípticas para no mencionarlo, está ahí, como el manoseado elefante en la habitación. El PP, no sabe por cuánto tiempo, tiene asumido que no tiene forma de gobernar si no es con Vox.

La mejor evidencia se podrá apreciar hoy con la investidura de Alfonso Fernández Mañueco como presidente de la Junta de Castilla y León gracias a los votos de la extrema derecha. Feijóo se resistió, hasta tiró de grandilocuencia para proclamar que «a veces es mejor perder un gobierno que ganarlo desde el populismo». Hasta que tuvo que rendirse a la evidencia y pactar, aunque descargara la responsabilidad en Mañueco. Un camino que todo apunta a que volverá a recorrer en Andalucía. Ya se lo avisan desde el partido de Abascal: «Si quiere gobernar será con Vox o no será». La misma encrucijada a la que se enfrentó en Castilla y León con el resultado ya conocido.

Los populares se encomiendan al ‘efecto Feijóo’ para recuperar votantes y regresar a los tiempos en los que a su derecha había un páramo. Discurso centrado, autonomista, europeo, defensa firme de los principios fundacionales del PP, reivindicación de partido de gobierno, praxis dialogante y sin dar tres cuartos al pregonero de Vox, son algunos de los ingredientes de la estrategia del presidente del PP. Una receta que quizás en otro momento pudo surtir efecto. Pero eran otros tiempos y otras crisis. Cuando Mariano Rajoy se asomó al precipicio en 2008, no tenía a nada a su derecha y pudo reconstruir las expectativas electorales tras dos derrotas consecutivas ante los socialistas. La situación a la que se enfrenta Feijóo difiere mucho de aquella. «La ‘voxización’ del PP es más fuerte que la influencia del PP en Vox», reflexiona un dirigente popular que vivió los malos tiempos de Rajoy.

El líder de los populares ha puesto énfasis en la tecla de demostrar que el suyo es «un partido de gobierno» que no necesita muletas ultras. Aunque para demostrarlo necesita gobernar. España no es Galicia, un territorio en el que por donde pisa el PP no crece nada a su derecha.

Se ha comprobado en Castilla y León, donde, más allá del error garrafal de adelantar las elecciones, Vox ha demostrado su pujanza y el PP, sus problemas de potencia. «No estaba Feijóo», se consuelan algunos en la calle Génova. En Andalucía las perspectivas son más halagüeñas para los populares, pero son aún mejores para la extrema derecha sin que todavía nadie, salvo Abascal, se atreva a esgrimir el sorpaso.

En este escenario, el PP parece condenado a la amistad con Vox por más que Feijóo reniegue de ella en público. El puñetazo en la mesa del compromiso de no gobernar con la ultraderecha para hacer ver la inutilidad del voto al partido verde, como le han sugerido algunos líderes europeos, no figura entre los planes del nuevo líder de la oposición.

Abascal, mientras, aguarda sentado en su despacho. «Espero —dice— llegar a acuerdos con el PP de Feijóo». No teme un regreso a la casa madre de votantes populares seducidos por Vox. «No estamos preocupados por la llegada de Feijóo», que podrá recuperar votos de «la abstención» pero no de los que han recalado en su granero.

La inevitable amistad con Vox