martes. 29.11.2022
Tres inmigrantes llegan a nado a El Tarajal. BRAIS LORENZO

Después de las travesías a nado en las fronteras del Tarajal o Benzú, les espera un nuevo cara o cruz: el purgatorio o el infierno. Para los mayores de 18 años, el purgatorio está en las calles de Ceuta, las casas abandonadas en los barrios, la antigua prisión o los tejados de las casetas de electricidad donde duermen. Deambulan sin encontrar el futuro que les habían prometido al otro lado de la frontera. El infierno está en el polígono del Tarajal, donde trasladan a los llamados menas hasta hacerles un test de antígenos. Si dan positivo, se les aísla. Si el resultado es negativo, y tras la prueba oseométrica que confirme su edad, se les envía al centro de menores La Esperanza. Dentro de la nave el ambiente es frenético. Corren, se pelean entre ellos, se acercan a la puerta, se alejan cuando el vigilante aporrea la chapa de metal. En una estantería metálica de tres metros de altura y 50 centímetros de ancho que debió de pertenecer al antiguo almacén de comercio donde antes se apilaba mercancía, hoy se apilan críos. Es difícil contabilizarlos, pero parece una colmena. Incluso hay uno que asume el riesgo de la caída y duerme en la balda más alta. «Mascarilla, tabaco», piden.

Los menores, exhaustos, acaban acostados en las estanterías de una nave