Pedro Sánchez vuelve a la casilla de salida

paula de las heras | madrid


Su objetivo era obtener un espaldarazo en las urnas, reducir a Unidas Podemos a la mínima expresión, hacerse con buena parte del electorado descontento de Ciudadanos, no verse obligado a supeditar la acción de gobierno a las presiones del independentismo y, de paso, desinflar a Vox. En la mente de Pedro Sánchez y sus principales colaboradores llegó a perfilarse un sueño: construir un partido con una base sólida y transversal, una suerte de «UCD de izquierdas», decían. El plan no pudo salir peor.


El domingo, apenas tres horas después de que se hubieran cerrado los colegios electorales, el secretario general del PSOE despertó a una realidad peor incluso que aquella de la que había tratado de huir cuando en julio decidió que, si Pablo Iglesias y el resto de fuerzas parlamentarias no le permitían gobernar en solitario, no haría cesión alguna y probaría en unas nuevas elecciones. Pidió el comodín del público y el público le llevó en volandas a la casilla de salida. El mensaje fue, a juicio de la dirección de los socialistas, del propio Sánchez y del hombre al que en el partido señalan como el principal urdidor de la estrategia fallida, Iván Redondo, nítido.


El presidente del Gobierno en funciones no tardó ni 24 horas en reunirse con Iglesias para aceptarlo como vicepresidente de un futuro Ejecutivo de coalición y tres días después, el jueves, la vicesecretaria general del PSOE, Adriana Lastra, hacía lo propio con el portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya, Gabriel Rufián, para solicitarle al menos una abstención en la investidura, que deberá ser completada también por Bildu. En una carta a la militancia, en la que pide que en la consulta interna del próximo día 23 se ratifique su decisión, el secretario general del PSOE justificó ayer su actitud. «El que hemos tomado es el único camino real para evitar el bloqueo», esgrimió. «El acuerdo resulta imprescindible a la vista del resultado electoral». Hace poco más de tres años, la trifulca en el partido ante semejante escenario habría sido inevitable (de hecho, lo fue), pero los tiempos han cambiado mucho.


Los barones críticos con Sánchez perdieron estrepitósamente en 2017 unas primarias cainitas que dejaron hondas huellas y, desde entonces, no han vuelto a levantar la voz con la excepción el pasado febrero, cuando en plena negociación de los Presupuestos, el Gobierno aceptó la exigencia de los secesionistas de crear una mesa extraparlamentaria coordinada por un «relator» para hablar del futuro de Cataluña. Entonces tenían sus propias elecciones a la vuelta de la esquina. Ahora, salvo Felipe González y Juan Carlos Ibarra, dos referentes de un tiempo pasado, nadie ha puesto el grito en el cielo ni ha tratado de frenar a su secretario general. «Esto es el silencio de los corderos», dice un exdirigente poco afín.



Senda con minas


No es que el escenario sea un plato de gusto para nadie. En Ferraz admiten que la senda por el que pretenden transitar está plagado de minas. Lo saben porque, en el fondo, no es muy distinto del que anduvieron desde la moción de censura contra Mariano Rajoy hasta que, sin apoyos para sacar adelante las cuentas públicas y sometidos al chantaje secesionista —«o se retiran las acusaciones contra los dirigentes del ‘procés’ o no cuenten con nosotros», decían— Sánchez optó por convocar elecciones tras diez meses de gobierno. «Claro que no va a ser fácil y no es descartable que salgamos trasquilados, pero esto —insisten— es lo único que cabe».


El presidente de Extremadura, Guillermo Fernández Vara, y el de Castilla-La Mancha, Emiliano García Page, sí han dejado caer en los últimos días que, antes de dirigirse a Esquerra, habrían preferido apelar a la abstención del PP y Ciudadanos. Los socialisistas castellano-manchegos incluso se han puesto en contacto con Ferraz para que se haga algún tipo de gesto en ese sentido. «Si se necesita a Esquerra que sea como consecuencia de que los otros se desentienden», defienden.


Lo suyo, en todo caso, no es tanto una crítica sobre el fondo de la cuestión sino una demanda sobre el relato, sobre cómo se explican las cosas. En otros dos territorios en los que el electorado también es especialmente sensible a todo lo que suene a cesión al secesionismo, Castilla y León y Aragón, se muestran aún más resignados. «Ciudadanos nunca facilitaría un Gobierno de PSOE y Podemos», dicen fuentes cercanas al presidente aragonés, Javier Lambán. «Yo —añade el secretario general castellano y leonés, Luis Tudanca— les pondría frente al espejo, pero evitaría perder el tiempo con ellos ¿Que no me gusta nada que el Gobierno dependa del independentismo? No me gusta, pero eso tiene que ver con la composición del Parlamento que han elegido los españoles por dos veces y con la absoluta deslealtad del PP y Ciudadanos».


De momento, en todo caso, Sánchez no ha tenido ningún gesto hacia los independentistas que levante ampollas. Sí ha aparcado las promesas electorales de volver a penalizar los referendos ilegales, modificar la ley para acabar con el «sectarismo» en TV3 o la implantación de una asignatura obligatoria de educación en valores civiles, constitucionales y éticos. Pero es un peaje que todos daban por hecho desde el momento en el que se asumió que había que dar a torcer el brazo con Podemos. En la dirección subrayan, por otro lado, que en el preacuerdo con Podemos se introdujeron dos salvaguardas relevantes: en lo que afecta al debate territorial el texto deja claro que no hay solución fuera de la Constitución y en lo económico exige el respeto a las reglas de equilibrio presupuestario de la UE.