martes. 29.11.2022

El pasado 6 de mayo, ante el selecto auditorio del Cercle d’Economia al que trasladó su modelo para recuperar la Moncloa y reverdecer los tiempos más airosos del PP en Cataluña, Alberto Núñez Feijóo cifró en «el 16 o el 17%» el porcentaje de votos huidos a las filas de Vox que precisa rescatar para poder gobernar España con una mayoría suficiente. O lo que lo mismo, en solitario.

Si se toman como referencia las elecciones generales del 10 de noviembre de 2019, en las que los de Abascal volaron hasta los 3,6 millones de papeletas frente a un PP que apenas rebasó los cinco, Feijóo necesitaría pescar unos 600.000 sufragios en los caladeros del Vox hoy en mal momento. Un desafío notable cuya conquista ha ganado crédito en Génova a raíz de las autonómicas andaluzas del 19-J: el trasvase de electores de Vox hacia la candidatura de Juanma Moreno sobrepasó el 31%, según el CIS.

El escrutinio que avivó la hipótesis de un cambio de ciclo político ratificó a Feijóo en la convicción de que es posible alcanzar la Moncloa no sumando con Vox, sino aglutinando el voto del descontento con el Gobierno de Pedro Sánchez a través de una estrategia y un discurso propios, reconocibles frente a la extrema derecha. Pero aquella noche electoral de hace tres meses destapó algo más, al PP y al conjunto del arco político: la cita con las urnas en Andalucía —la comunidad en la que Vox descubrió su potencial irrumpiendo con 12 escaños en 2018— fue la primera en la que el voto reactivo para frenar a Santiago Abascal y los suyos no nutrió a las izquierdas sino que alimentó la histórica mayoría absoluta del PP. Hubo un último hallazgo aquella velada triunfal para los populares: «Vox solo puede crecer a nuestra costa. Nosotros podemos hacerlo a costa de Vox, de Ciudadanos, del PSOE e incluso de Podemos por el reparto de escaños», describen en Génova.

El PP halla en la crisis de Vox un incentivo para concentrar el voto
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