jueves 27/1/22

La decisión adoptada por el colectivo de presos de ETA (EPKK) de rechazar los ‘ongi etorris’ públicos llegó tras un intenso debate desarrollado durante los últimos meses en las cárceles de España y Francia.

El comunicado lanzado el lunes cerró un proceso que, aunque ha sido avalado por la mayoría de los reclusos, también ha sido rechazado por alrededor de una veintena de miembros de la banda y ha certificado las tensiones internas que se viven en la izquierda abertzale.

Los recibimientos a los presos cuando salen de prisión es una cuestión que ha generado roces importantes dentro de Sortu y del EPPK durante años. El análisis que la dirección de ambos colectivos realizó hace ya tiempo es que los ‘ongi etorris’ multitudinarios, convertidos por momentos en pasacalles, no tienen sentido, dificultan su estrategia política e, incluso, retrasan los pasos que se puedan dar desde el Gobierno para beneficiar la situación de los propios internos. Una visión que no comparten los grupos más ortodoxos, que consideran que cualquier cesión es, en realidad, «una traición».

El anuncio del colectivo de presos otorga ahora un paraguas interno sólido y busca zanjar cualquier disensión. El debate arrancó hace meses, ha sido complejo, pero más sencillo que en otras ocasiones gracias a que los presos están más agrupados gracias al fin de la dispersión. La reflexión sobre qué hacer con los ‘ongi etorris’ fue elaborada por la denominada comisión para las consecuencias del conflicto, un órgano no oficial de Sortu en el que tiene un papel clave Rufi Etxeberria. La propuesta entró en las cárceles a través de personas relevantes del entorno de la izquierda abertzale. Los rulos de papel caían en manos de un preso que el EPPK —cuyos portavoces más destacados son Jon Olarra Guridi y Ainhoa Mujika, ambos en Logroño— había designado como responsable de cada prisión. A partir de ahí arrancaba el debate y todas las reflexiones volvían al exterior.

La decisión de desmarcarse de los ‘ongi etorris’ públicos fue finalmente aceptada por la mayoría de los internos, en este momento alrededor de 200. Pero no fue unánime. Una veintena optó por desmarcarse, entre ellos, antiguos dirigentes como Francisco Javier García Gaztelu, ‘Txapote’, y Mikel Karrera, ‘Ata’, así como otros veteranos, como Irantzu Gallastegi, pareja del primero. Se trata de un grupo de etarras que considera que ya se han hecho los gestos suficientes —incluso demasiados— y que cualquier paso se entiende casi como un desplante a los principios del movimiento.

En todo caso, asumen la decisión mayoritaria. A estos habría que sumar otro porcentaje que se abstuvo y los que apoyan de forma explícita a los disidentes, poco más de media docena y que no preocupan en exceso a la dirección de la izquierda abertzale, donde se considera que se trata de situaciones que también se han visto en otros procesos como el irlandés. En ese debate, en todo caso, se ha certificado también que los presos de ETA también ponen sus propias líneas rojas. La principal, no colaborar con la justicia.

Contradicciones

En realidad, la directriz ya había sido trasladada a las bases hacía tiempo. Los recibimientos tendrían que ser discretos o en la puerta de la cárcel. El número de ‘ongi etorris’ se había reducido de forma significativa. Pero los seguía habiendo. El mejor ejemplo fue el homenaje que se le tributó a Agustín Almaraz en Bilbao en agosto. Este acto ejemplifica las contradicciones que se viven dentro de la izquierda abertzale. Sortu lo impulsó a través de las redes sociales y luego emitió un duro comunicado en el que definía como «enemigos de la paz» a quienes lo habían criticado.

El rechazo a los homenajes abrió un intenso debate entre los presos de ETA