domingo 24/1/21
Entrevista

«El arte es la única conciencia perdurable del mundo»

El poeta berciano Juan Carlos Mestre reúne sus poemas más vinculados a la pintura en ‘Los antecedentes penales del blanco’
Juan Carlos Mestre en la galería leonesa Ármaga junto a una de sus obras. FERNANDO OTERO
Juan Carlos Mestre en la galería leonesa Ármaga junto a una de sus obras. FERNANDO OTERO

La ‘culpa’ es de Raquel Ramírez de Arellano, autora del prólogo y la antología Los antecedentes penales del blanco (El Sastre de Apollinaire), un libro que sigue la pista, a través de otros poemarios, a artistas de la talla de Chagall, Picasso, Miró o Max Ernst, que habitan en la creativa, combativa y arriesgada producción poética del escritor berciano. Es difícil aventurar si Juan Carlos Mestre es mejor pintor que poeta, quizá porque no sería lo uno sin lo otro.

—¿Cuáles son los antecedentes penales del blanco?

—Nada significa dos veces lo mismo, todo depende del lugar desde el que se observe la vida, y el color político de la historia de las civilizaciones. Toda metáfora es una metamorfosis de la conciencia, no un mero modo retórico de cambiar de sitio el proyecto significativo de las palabras. Estas, que dan titulo a una antología de poemas relacionados con el ámbito discurso de las artes plásticas, acaso guarden relación con la idea de descifrar el relato, siempre múltiple, que subyace en toda propuesta artística. Son las oscuras raíces del arte primitivo las que emergen como apasionantes presencias en la obra de Miró, Leonora Carrington, Remedios Varo, Balthus, Tápies, Paul Klee o Max Ernst, que tanto admiro y con los dialogan los poemas de este libro.

—¿Eres un poeta que pinta o un pintor que escribe?

—No hay disociación, para mí son expresiones de una misma conciencia, una manera de percibir la exterioridad completamente ajeno a las categorías del genero; escribo con imágenes fugadas del sueño y pinto con palabras que desobedecen la teoría canónica de las formas. Me siento radicalmente ajeno a ese tipo de clasificaciones estéticas, esa obsesión por lo compartimentado que lleva siglos intentando poner orden en los lenguajes de la creación artística. Debe haber otra más verdadera y libertaria manera de dinamitar la rutina, artística, social y política de los bien pensantes capataces de la sociedad, tan mediocre como estúpida, de los mercaderes.

—¿Existe desconocimiento sobre la influencia de los colores en la felicidad?

—Desconocer, lo que se dice desconocer, lo desconocemos casi todo, yo el primero. La percepción que tenemos del mundo es ínfima respecto a la realidad de lo absoluto, y acaso solo ese sentido tan menospreciado que es la intuición, pueda situarnos ante los grandes enigmas del saber. La construcción de la felicidad, como tantas otras utopías del humanismo, está más cerca de la ausencia y el continuo aplazamiento de su hallazgo que de cualquier otra razón práctica de vida. Basta asumir la condición de igual ante un semejante para darse cuenta de su imposible, el sufrimiento colectivo de los más niega con rotunda evidencia la posibilidad de su abstracta existencia.

—¿De qué color es el presente?

—Del color invisible de los ausentes, de los desaparecidos, de los borrados de la historia, el color de los débiles y los desesperados, del color sin nombre de los que anónimamente resisten bajo la intemperie de las estrellas, inclaudicables, esperanzados, la alianza con esa remota promesa de justicia que, tras todas las ominosas tormentas de la historia, simboliza el arco iris en el horizonte imaginario del mundo.

«El prestigio de la basura corre paralelo con el proverbial mal gusto de las élites dominantes»

—¿Puede el arte cambiar el mundo?

—El arte es la única conciencia perdurable del mundo, cuando todo esto acabe, el estruendo de la chatarra de los autoritarismos, los espejismos de la miserabilidad neoliberal, el sometimiento a los dictados del poder económico dominante y sus tan efímeros como perversos relatos de propaganda, lo que ha de permanecer es la memoria del pensamiento creativo, las páginas de la filosofía humanista que cifraron en el amparo y la dignidad civil el destino de la persona, la música que desafío la tragedia del olvido, las palabras que reconstruyeron la memoria y la lucha de los humildes para hacer del planeta una casa común más noble y equitativa. Ese es el único concepto de belleza en el que yo creo, y la causa última de lo que entiendo por arte.

—Decía Picabia que «los débiles y los descontentos hacen la vida más bella. ¿Estás de acuerdo?

—Tanto me identifico con esas palabras del inmenso poeta y maravilloso pintor Francis Picabia que figuran como pórtico en la primera página de mi libro La casa roja.

«Escribo con imágenes fugadas del sueño y pinto con palabras que desobedecen la teoría canónica de las formas»

—¿Está el arte lastrado por el mercantilismo?

—Al arte verdadero no lo lastra nada, otra cosa es la producción de artefactos estéticos destinados al consumo decorativo y la especulación dineraria. El prestigio de la basura corre paralelo con el proverbial mal gusto e ignorancia de las élites dominantes, éticamente analfabetas y en consecuencia incapaces de diferenciar estéticamente el vértigo poético de la suela de un zapato.

—¿Hay más exhibicionismo en la pintura que en la literatura?

—Depende de lo que entendamos como exhibicionismo, yo diría que la obscenidad de esa parafilia reside hoy más en el ejercicio de la violencia del poder que en cualquier otro ámbito. La creación artística trabaja con el inconsciente de la intimidad, muestra las semejanzas ocultas de la razón subjetiva y las visiones intuitivas de la conciencia, al contrario que la obviedad del mal tan presente en el conjunto de los relatos de dominación.

—Sostiene Gamoneda que «la belleza no es un lugar donde van a parar los cobardes»...

—Todo lo que sostiene Gamoneda es una impecable socialización de sabiduría e imprescindible pensamiento ético; su poesía y su manera de estar en el mundo es el ejemplar paradigma del intelectual generoso y brillantísimo que es, el imprescindible «avisador del fuego», en términos benjaminianos, de nuestra época.

«La pandemia nos está matando, y esa es la irreversibilidad de su tragedia»

—¿Hasta dónde te ha llevado la bicicleta del panadero?

—A mí mismo, yo no tengo más lugar que el espacio que alcanza a proyectar físicamente mi sombra, me basta con habitar ese pequeño espacio para imaginar todas las demás dimensiones de lo ajeno.

—¿Es realmente necesario un Museo de la Clase Obrera?

—Es necesario el discurso de la memoria de la clase obrera, no para museografiarlo, en absoluto, sino para convertirlo en recuerdo activo de cuanto han significado las luchas obreras en el desarrollo y conquista de los derechos civiles y la mejora de las condiciones de vida de los sectores populares. Yo cuando hablo de museo me refiero, en estricta etimología, a la casa de las musas donde residen los mitos fundacionales de la creación artística.

—¿La vida es tan colorida como la soñaba Chagall?

—Los habitantes en las aldeas del aire y los amantes en las nubes de Chagall son los seres a quienes se les negó residencia en la Tierra, el pueblo de los que abolidos de los párrafos del mundo solo pudieron encontrar refugio en la imaginación redentora de las ciervos verdes y las banderas rojas.

—¿La pandemia nos está empobreciendo más moral o culturalmente?

—La pandemia nos está matando, y esa es la irreversibilidad de su tragedia. De la pobreza saldremos, el extravío moral reconducirá sus pasos hacia otra luz futura, y la cultura volverá, como tantas otras veces a través de la historia, a ocupar su lugar en las delicadas trincheras del sueño.

—Si hubiera justicia poética...

—Resucitaría, para seguir escribiendo bellos cuentos, Antonio Pereira…

«El arte es la única conciencia perdurable del mundo»
Comentarios