martes 07.07.2020
ANTONIA ÁLVAREZ. POETA

«Aunque parece que no se lee apenas poesía, lo cierto es que ahí está, que nunca morirá»

Antonia Álvarez, poeta nacida en un pueblo de Babia, criada en Rabanal de Luna y residente en Gijón, ha publicado media docena de poemarios, desde que en el 2006 apareciera La mirada del aire; el último, por ahora, se titula Recuerda, corazón. A excepción de este último, todos los anteriores han recibido premios importantes, a pesar de lo cual, apenas ha sido tenida en cuenta en su tierra leonesa. Hace unos días obtuvo el prestigioso premio «Leonor» de poesía que convoca la Diputación de Soria.
«Aunque parece que no se lee apenas poesía, lo cierto es que ahí está, que nunca morirá»

—A mí me llegó tarde el conocimiento y la lectura de su poesía. En realidad, supe de ella por su libro Recuerda, corazón, del 2010. Sin embargo, es autora de, al menos, seis poemarios anteriores. Me gustaría saber cuándo descubrió el fervor por la poesía, como lectora y como poeta.

—Bueno, la verdad es que empecé a escribir poesía a los 13 años, quizá antes; aún conservo esos primeros poemas de ritmo muy marcado, como consecuencia de la lectura de las poesías más conocidas de Rubén Darío. Revolviendo en las arcas de la casa de mi madre, en Rabanal de Luna, sigo encontrando poemas escritos a los 15, 18, 20 años. Como es de suponer, son poemas malos, sin pulir, dictados por sentimientos o sucesos que de algún modo me impactaron en su momento. Luego vino un largo silencio, y cuando dispuse de más tiempo libre, fui adentrándome más en la poesía, hasta el punto de hallar un mundo apasionante, del que ya no podría prescindir. Como lectora, descubrí la poesía leyendo a Rubén Darío, escuchando romances de boca de mi madre, leyendo las obligadas lecturas de Bachillerato, traduciendo a los 16 años la Eneida de Virgilio… Me licencié en Filología Románica y di clases de Lengua y Literatura, también de Latín, Griego, Francés, y, por supuesto, ahí estaba siempre presente la poesía, en las lecturas de clase, en los comentarios de textos poéticos con los alumnos. En cuanto al libro al que aludes, Recuerda, corazón, que es el único que no es fruto de un premio literario, me lo pidió una editorial de Madrid, Bohodón Ediciones; tengo que decir que una parte está dedicada a un buen amigo, a una gran persona, José Jerónimo Ramos, «Josín», cuya pérdida aún lloramos.

—Por otro lado, la mayoría de sus poemarios se publican al calor de los premios conseguidos, que son muchos. Recuerdo aquí algunos como el «Pastora Marcela», el «Nicomedes Sanz y Ruiz de la Peña», el «Víctor Jara», el «Poeta Mario López», de este mismo año, y que le publicarán en el próximo, etc. ¿Qué han supuesto para usted tales premios y qué importancia da a los mismos?

—He de decir que no escribo para ganar premios, sino casi por necesidad. Necesito escribir para entenderme a mí misma y al mundo que me rodea. Escribir me evade y me cura, y si lo que digo llega al lector, mucho mejor. Me gusta jugar con las palabras, llegar hasta su raíz, estudiar su etimología, exprimir sus connotaciones…, descubrir su magia. Los premios fueron llegando con sorpresa por mi parte, y con mucha alegría, a qué negarlo; pero, sobre todo, me dieron la oportunidad de ver publicado lo que escribía; eso fue lo principal, la publicación. No es fácil publicar, menos poesía, pero gracias a estos premios, promovidos muchos de ellos por ayuntamientos de pequeños pueblos, por entidades preocupadas por la cultura, es posible que algunas obras vean la luz, cosa impensable de otro modo, a no ser que el autor financie su propia publicación. Por otra parte, andan por la red algunas poesías mías de hace ya años, apenas trabajadas, primerizas, pero que sorprendentemente están en blogs o webs de otros países, y algunas recitadas y traducidas al inglés. Actualmente el papel de Internet en la difusión de la poesía es muy importante; hay que tener muy en cuenta la Red y valorar este hecho positivamente. Existen páginas webs, como Canal Literatura, que promueven certámenes de narrativa y poesía gracias a los cuales se pueden leer, comentar y premiar obras de autores noveles, y su labor es magnífica en este sentido.

—¿Y cómo se explica que, con tantos reconocimientos, a una excelente poeta leonesa, de Babia, apenas la hayamos tenido en cuenta en su tierra?

—Bueno, lo de excelente poeta me parece demasiado; sólo soy una aprendiz de poeta; aprendo de todos los poetas que leo, todos me aportan algo, algunos muchísimo. Tampoco me preocupa mucho la notoriedad. Ten en cuenta, además, que hace sólo unos cinco años que me publican, cuando empecé a ganar algún premio. Soy nueva en esto de la poesía, aunque no en edad, pero lo cierto es que llegué a este mundo ya un poco tarde; aunque bien pensado, nunca es tarde para llegar a nada, y menos a la poesía. En cuanto a lo de poeta de Babia, he de decir que, aunque nací en Babia, en Pinos concretamente, la verdad es que a los pocos días aterricé en Rabanal de Luna, pueblo que está muy cerca del anterior, y allí pasé mi infancia, allí voy con frecuencia, allí vive mi madre… Es decir, que cuando no estoy en Gijón, ciudad a la que le tengo gran cariño, «Estoy en Babia o Luna». La verdad es que son pueblos mágicos, preciosos.

—Ahora conozco, por deferencia suya, casi todos sus libros. Me sería difícil escoger uno entre todos, pero si tuviera que hacerlo, quizá me quedaría con Almas, del 2009, acaso por la original poetización de las cosas que nos rodean, una silla –este me gusta mucho-, un cajón, el espejo, la ventana, etc. Pero la pregunta es: ¿Nota alguna evolución en su poesía?

—Sí, ha habido evolución formal y temática, y mucha. Yo empecé (hablo de estos últimos 6 ó 7 años) haciendo sonetos, romances, poesía rimada. Descubrí que la rima salía con facilidad, que tenía cierta musicalidad lo que escribía. Me entrené y estrené con la rima, y con rima llegaron los primeros premios y alguno de los posteriores, como el «Víctor Jara». Luego vinieron el verso libre y el blanco, y puedo decir que ahora escribo sobre todo en verso blanco, aunque no dejo de hacer sonetos, silvas asonantadas o romances. En cuanto a la temática, también ha habido cambios importantes; de una poesía de contenido amoroso fundamentalmente, pasé a otra más metafísica, más profunda y meditativa, creo, menos edulcorada.

—Anoto otros títulos significativos, como La raíz de la luz (2007) y A pesar de las sombras (2008). A veces, en la lectura, me he preguntado si sintetizan en su brevedad algunos aspectos del mundo que expresan sus versos.

—Si te refieres a que algunos de mis versos pretenden expresar mi particular visión del mundo, pues te diré que sí. A veces la poesía trata de explicar lo inexplicable, de llegar a las causas últimas. Lo decía María Zambrano: «La palabra de la poesía quiere fijar lo inexpresable, porque quiere dar forma a lo que no la ha alcanzado: al fantasma, a la sombra, al ensueño, al delirio mismo». Por otra parte, la poesía no tiene por qué ser una autobiografía sentimental, pero es evidente que en ella se plasman muchos aspectos de tu personalidad, la experiencia lectora, los recuerdos de la infancia, las vivencias, la sensibilidad, el mundo en el que vives y tus circunstancias… Hay gente que piensa que un poema se escribe al calor de un desengaño, de una pérdida, con la mente encendida por eso que acaba de sucedernos. Pero no, ya lo decía Wordsworth

hace mucho: «El poema nace de la emoción revivida en tranquilidad». La poesía requiere reposo, sosiego, un largo proceso de selección, de poda; hay que volver sobre el poema una y otra vez, aunque la inspiración inicial es clave. Y creo que me salí de lo que me preguntabas, pero deseaba añadir esto.

—Habiendo nacido en una comarca tan hermosa como Babia, la naturaleza tiene que ocupar por fuerza un espacio importante en su poesía, frente a la frecuencia del ámbito urbano en otros poetas. ¿Es correcta tal apreciación?

—Muy correcta tu apreciación. Mi infancia transcurrió en un hermoso pueblo, Rabanal de Luna, justo donde empieza Babia y está la hermosa ermita de Pruneda. Y nací en Babia. No fue una infancia con comodidades, hacía mucho frío en invierno, la economía era de subsistencia, se vivía de unas pocas vacas, había que encender la estufa de la escuela muy temprano, nevaba (cuánta nieve entonces, y qué belleza el paisaje blanco); llegaban las primeras violetas, y luego, la primavera con toda su fuerza. El otoño sigue siendo precioso allí. Todo era un continuo asombro, el monte, la inmensa peña que preside el pueblo, el río truchero, los chopos, la braña… Y todo ello está en mi poesía, me nutro de esa naturaleza espléndida que me rodeó en mi infancia y me sigue rodeando cada vez que voy a Babia y a Luna. Lo urbano tiene menos relevancia en mi poesía, pero no por eso me parece menos interesante.

—En relación con las dos preguntas anteriores, ¿qué motivos principales inspiran su poesía?

—Pues yo diría que un sentimiento exacerbado del paso del tiempo, una pena sin fondo por todo lo que se va perdiendo, aunque esa pérdida tiene, en su íntima tragedia, una gran hermosura, por cuanto esta existencia, tan breve, nos permite ver el milagro de todo lo que nos rodea, ser testigos por un momento del prodigio. Otras veces intento indagar, por medio de la palabra poética, en el misterio del universo, bucear en las eternas preguntas: de dónde venimos, hacia dónde vamos. También el amor forma parte de mi poesía, el amor como pérdida, el amor como búsqueda del ideal, a veces el amor cumplido. Y además, la memoria, los recuerdos, el inexorable olvido… y, como dijiste anteriormente, la naturaleza rodeándolo todo.

—No sé si sería mucho pedir que en pocas palabras sintetizara su idea de la poesía, su «poética», como se suele decir.

—No me gustan las poéticas, me da la sensación de que desvirtúan la poesía. Pero tengo unos versos que podrían sintetizar mi modo de ver el acto poético: «Cuando el verso brotó de la palabra, / se vistieron a un tiempo / las ideas y el mundo, / y el llanto se hizo música». Para mí la poesía es, esencialmente, palabra elevada a música y emoción. Creo que la música, esa música particular que cada poema ha de tener en consonancia con el tema que trate, es un elemento necesario en poesía. Y la emoción, fundamental también. Me viene ahora a la mente algo que escribió Carlos Drummond de Andrade: «Penetra silenciosamente en el reino de las palabras. Allí están los poemas que esperan ser escritos… Convive con tus poemas, antes de escribirlos. Acércate más y contempla las palabras».

—Con mucha frecuencia sus libros y sus poemas llevan citas previas, pero siempre de los grandes poetas: Virgilio, Valente, Góngora, Claudio Rodríguez... Supongo que, en parte, reflejan lecturas de cada momento. ¿Con qué poetas se siente más identificada? Planteado de otra manera: ¿Qué poéticas o poetas concretos de antes y de ahora le han interesado más? Algunos versos preferidos.

—Pues en primer lugar, Virgilio. En la Eneida, en sus hexámetros, encontré y sigo encontrando una música infinita, unos recursos estilísticos maravillosos. A Virgilio vuelvo con frecuencia, a la Eneida, a sus Geórgicas y Bucólicas también. Me encantan Garcilaso, los poetas del Siglo de Oro, el Góngora del Polifemo, el Romancero, la lírica tradicional… Más adelante, el gran Antonio Machado, mi preferido junto con Virgilio, Octavio Paz, Vallejo, Claudio Rodríguez, Valente me gusta mucho, Cirlot, Rejano, Ory, Cernuda, todos los de la Generación del 27, qué sé yo…, los simbolistas franceses, Eliot. En cuanto a poetas de ahora, hay muchos también: Brines, Antonio Colinas, Mestre, María Rosal, Francisco Álvarez Velasco (al que agradezco infinitamente el ánimo que me dio cuando empecé a escribir), Luis Alberto de Cuenca, Rosa Romojaro, López Andrada, María Granata, Juan Ramón Barat, muchos más. Mis dos versos preferidos… Es muy difícil, pero si tuviera que elegir, me quedaría con éstos: «suadentque cadentia sidera somnos», de Virgilio, Eneida, libro II; y «Desde el umbral de un sueño me llamaron» de Machado.

—¿De dónde le viene esa vena poética? ¿Hay en su familia alguna persona que haya escrito o escriba poesía?

—Mi abuelo materno Venancio, al que conocí muy poco, era un gran lector y escribía versos. Y un primo, Ángel Díez, de Babia también, escribe una poesía llena de musicalidad y emoción.

—¿Sigue atenta el curso de la poesía de este momento? Si es así, ¿cómo la valora?

—Sigo con bastante atención la poesía que está haciéndose ahora mismo, y procuro leer las novedades y las publicaciones de los premios importantes; por otra parte, he sido y soy jurado de premios de poesía como el Internacional Ateneo Jovellanos (decir, por cierto, que hay muy pocas mujeres, a veces ninguna, en los jurados de los premios de poesía), y eso me obliga a leer los poemarios que van llegando a los certámenes y a ponerme al día. En cuanto a la valoración, pues me parece que hoy hay una gran variedad de propuestas poéticas, todas dignas de tener en cuenta: gente joven que escribe muy bien y aporta cosas nuevas, escritores consagrados que siempre nos llegan al alma y se inventan continuamente…

—Finalmente, en un mundo tan amenazado por guerras, desechos nucleares, deforestación y desertización, tsunamis, peligros llegados del espacio, crisis económicas, hambres y demás, ¿qué pinta la poesía?

—Todo, la poesía lo pinta absolutamente todo. Si no hay poesía en la vida (aunque no se escriba), yo diría que casi no hay verdadera vida. Porque la poesía es un modo especial de verlo todo, un modo de ser, no simplemente de «estar» en el mundo, una proyección del hombre necesaria, que nos distingue de los animales. Y poesía, seguro, hubo ya desde que el hombre es hombre, desde que sintió amor o lloró por una pérdida. Es cierto que no puede parar guerras o remediar las penurias de los más desfavorecidos, pero sí aportar una nota de pureza, de idealidad, tan necesarias en este mundo marcado por la prisa y el pragmatismo. Y, aunque es un género minoritario, aunque parece que no se lee apenas poesía, lo cierto es que ahí está, que nunca morirá mientras el hombre siga respirando sobre la tierra, amando, llorando, incluso concluyendo su camino. Y así Colinas, en el conocido canto X de «Noche más allá de la noche», pone en boca de un soldado moribundo en las frías tierras de Hispania: «Grabad sobre mi tumba un verso de Virgilio».

«Aunque parece que no se lee apenas poesía, lo cierto es que ahí está, que nunca morirá»
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