jueves. 09.02.2023

Ciudad ocupada

Las puertas son vías de entrada y de salida de las gentes, pero también de ideas. Protección, pero también aislamiento. Apertura al exterior, a otros mundos, a nuevas ideas. En este 200 aniversario del sitio de la ciudad de Astorga, que en el año 1812 expulsó de entre sus murallas al ejército francés que llevaba varios años posicionado en la villa, esta es hoy mi aportación a la conmemoración de tal momento, esperando que para siempre Astorga se haya convertido en una ciudad de puertas abiertas en el más amplio sentido de la palabra.

Observó la vieja ciudad custodiada de murallas

dejando asomar las torres eclesiales sobre ella.

Llegaba hasta allí arrastrando sus viejos pies

por el antiguo camino de los peregrinos

buscando el lugar idóneo donde reposar su vejez

y poner en orden ideas y conocimientos

acumulados a lo largo de la vida.

Un día, alguien le habló de una pequeña ciudad

encrucijada de caminos y culturas,

un lugar cuyas puertas permanecían siempre abiertas

al paso y los pensamientos de otras gentes,

un lugar en el que fluían las ideas

entretejiendo lienzos de culturas e influencias,

un lugar en el que la creación

siempre encontraba espacios propios.

Y, llegado el momento, su momento,

se encaminó hacia allí, hacia ella,

sus pasos cansados de hollar tantos caminos,

de ir y venir por lugares infinitos,

de entrelazar palabras y experiencias

a lo largo de las horas y los días,

de los meses y los años.

Llegó cuando la noche comenzaba

a extender su abrazo sobre sus calles y plazas,

sobre murallas y tejados.

Mas no encontró abiertas sus puertas

ocupada la ciudad por hostiles enemigos,

ensangrentados los campos tras escaramuzas y batallas.

La encontró cerrada a cal y canto,

sus cinco puertas clausuras por enormes cerrojos

y todo un pueblo empeñado en su defensa.

Era la hora en que el sol se derramaba ensangrentado

tras la lejana ladera del Teleno,

en que las piedras del viejo bastión se encendían

con el reflejo oro y grana del ocaso

mientras apura su paso el caminante

al sonido del toque de oración desde el convento,

para que no le sorprenda fuera la noche

y haya de dormir a la intemperie.

Pero hoy parecen dormidas las campanas

y los caminantes desvían sus pasos de la villa,

alejándose con miedo de las tiendas de campaña

que invaden la vega rodeando con un abrazo de muerte

a la ciudad y las gentes que de ella se escaparon.

Callan las campanas mientras las últimas sombras

confunden con la noche las murallas.

Sólo alguna luminaria encendida señala los lugares de guardia

mientras un pesado silencio presagia nuevas luchas

cuando el sol salga de nuevo.

Refugiado en su mantón de viaje,

perdida la mirada en el vacío,

el viajero mira cansado la ciudad que deseaba alcanzar

para descansar en ella sus trabajos.

Busca abrigo junto a un viejo árbol,

sin perder de vista el lugar donde ahora sólo presiente

se alzan esas murallas de puertas abiertas

por donde fluyen las ideas y las gentes.

Y se deja adormilar por el frescor de la noche

esperando que el amanecer le sorprenda

despertando de un mal sueño,

la pesadilla imaginada por el cansancio acumulado.

Ciudad ocupada
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