jueves 5/8/21
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Con flores a Marías

EL MARTES SE CUMPLE EL CENTENARIO DE JULIÁN MARÍAS (1914-2005), FILÓSOFO Y HOMBRE DE LETRAS, DESTERRADO POR EL FRANQUISMO DE LAS AULAS. PREMIO CASTILLA Y LEÓN Y PRÍNCIPE DE ASTURIAS. SU TESIS DOCTORAL HA SIDO LA ÚNICA SUSPENDIDA EN LA HISTORIA DE LA UNIVERSIDAD ESPAÑOLA . divergente
Imagen de Julián Marías tomada en 1947

A finales de los ochenta, Julián Marías publicó tres volúmenes de memorias en Alianza, convirtiendo Una vida presente en compendio de méritos (propios) y gratitudes obvias. Su travesía en soledad por la etapa más hosca del franquismo produce sensación de escalofrío. Sobre todo, después de comprobar su juvenil protagonismo republicano como estudiante en «la mejor Facultad de Europa», con Ortega, Zubiri, Besteiro, Morente y José Gaos, recién llegado a Madrid desde el Instituto Padre Isla. En 1933 había participado en el crucero estudiantil por el Mediterráneo, que relató un año después en Notas de un viaje a Oriente. Hubo un concurso para los participantes que ganó su amigo Carlos Alonso del Real y los textos se recogieron en el volumen Juventud en el mundo antiguo (1934). El barco partió de Barcelona el 15 de junio y visitó Túnez, Malta, Egipto, Israel, Creta, Turquía, Grecia e Italia. También participaron en aquel viaje los estudiantes Vicens Vives, Guillermo Díaz-Plaja o Salvador Espríu, junto a los hijos de Ortega, de Marañón, de Menéndez Pidal y la hermana de García Lorca. Y muchas chicas, entre las que destacó «bonita y atractiva» Ofelia Gordón, la hija de don Félix.

EXILIO INTERIOR

Pero no fueron las de Marías unas memorias a la altura de su recorrido vital. Al contrario, quedan como un desmedido y desafortunado desahogo. Le pesaba en exceso el reconcomio hacia quienes optaron con decisión por el exilio y su empeño tenaz en desmentir el erial de la España interior. Una y otra actitud se reflejan tanto en el Diccionario de literatura española (1949), donde aplicó el barrido de nombres inconvenientes para el Régimen, como en afirmaciones recientes, que evocaban la España de 1960 con su sociedad «bastante bien orientada, mejor que ahora». Deslices así no deben empañar su trayectoria cívica e intelectual. Porque hubo un tiempo en que el filósofo Marías agitó pasiones incontroladas. Más tarde, se incorporó a la docencia americana, fue senador real y el primer hispanohablante del consejo pontificio creado por Juan Pablo II. Esas afinidades lo relegaron del aprecio de los jóvenes cuando en España se instaló la libertad.

Su hijo el novelista Javier Marías avivó las brasas de aquella remota ignominia publicando en Tu rostro mañana (2002) los nombres de los delatores que lo metieron en la cárcel en 1939 y le arruinaron para siempre la posibilidad de una vida académica en España. Fueron los más tarde catedráticos complutenses Carlos Alonso del Real y Julio Martínez Santaolalla. Alonso del Real había sido íntimo amigo de Marías y con el tiempo se convertiría en letrista del himno oficial del campamento de Riaño. «Bajo los montes altísimos / damos al viento, siempre altaneras / rojas y negras, las banderas. / Voces que anuncian pregoneras / nuestra Revolución. / Tierra leonesa, durísima, / tus combatientes ejemplo son; / siempre en combate fortísimo, / por la Revolución». Entre otros ripios con los que sacar los colores al pétreo Yordas.

VENGANZA DOCTORAL

Por su parte, Santaolalla fue el arqueólogo de los nazis y cicerone de Himmler durante su estancia española de octubre de 1940. También ayudó en la persecución el novelista y censor Darío Fernández Flórez, nieto de don Pablo Flórez. Pero la denuncia no fue una broma. Marías había sido colaborador de Besteiro en el último suspiro republicano de Madrid. Así que le tocó pasar unos meses a la sombra y arrastrar aquel estigma en los años más inclementes de la posguerra. Sobrevive traduciendo y publicando a marchas forzadas. Se casa con su compañera Lolita Franco y vienen de viaje de boda a León, «porque había billetes». Se instalan en el Oliden, como hará años después Juan Gil Albert, a su regreso del exilio.

En 1941 ve la luz Historia de la Filosofía, que se convierte en un éxito irritante para sus colegas. En 1942 el fascismo eclesiástico aprovechó que estaba a sus anchas para suspenderle la tesis doctoral. Es el único caso de esta especie en la historia universal de la infamia. Nunca más se ha suspendido una tesis doctoral a nadie. Sólo Morente, que presidía el tribunal, votó a su favor. Zubiri se quedó en Barcelona, alejado por el obispo Eijo Garay, y firmaron aquel suspenso el dominico Barbado, Juan F. Vela Utrilla y el pedagogo Víctor García Hoz. Cuando finalmente la universidad le abrió las puertas, se mantuvo alejado a causa de su rechazo a pasar por la depravación de acreditar su adhesión al Régimen. Puso en marcha Aula Nueva, con Soledad Ortega, y más tarde el Instituto de Humanidades, con su padre. En 1964 accedió a la Academia.

LA ESTELA DE ORTEGA

Como senador constituyente propuso sin éxito listas electorales abiertas y que la cámara alta fuera de representación autonómica. El heredero de Ortega, a quien su público de damas dominicales había coronado como primer filósofo de España y quinto de Alemania, encontró siempre mayor aprecio entre la gente de pluma que en la tribu pensadora. Le acusaban de oscurecer la transparencia. También él hizo todo lo posible por granjearse esa afinidad. Cuidando la calidad de página de sus textos y desplegando por esa vertiente bastantes de sus esfuerzos. Porque sabía que en el corral de la filosofía académica lo tenía todo perdido. Sólo asomó a la universidad española como docente en noviembre de 1980, a través de la cátedra Ortega y Gasset creada para él en la Universidad de Distancia. Pero sobrevivió a sus delatores.

Con flores a Marías
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