martes 26/10/21
David Fernández Sifres, escritor

«Don Yata crecerá al mismo tiempo que los niños que lo leen ahora»

El escritor David Fernández Sifres explica los secretos de sus últimos libros y cómo a través de un cuento puede explicarse a los niños las historias más crudas y difíciles
                      edelvives
El escritor David Fernández Sifres posa junto al rinoceronte azul de ‘Don Yata’. EDELVIVES

El escritor leonés David Fernández Sifres, presenta sus tres novedades para este otoño. Una lavadora en Saturno (Edebé) es una novela infantil, recomendada a partir de 8 años. La bola de golf y ¡Es mi cuerno! (Edelvives) son los dos nuevos títulos de la colección Don Yata, para los más pequeños.

—Tres novedades casi a la vez. No es habitual.

—No, no es habitual, pero sí fruto de las circunstancias. De hecho, se publicó otro de mis libros la primavera pasada, Cómo ríen las sirenas y, efectivamente, están todos muy juntos. No es que haya escrito muy rápido, sino que en estos meses de pandemia las editoriales han limitado un poco sus publicaciones, y algunas que podían haber salido antes se han retrasado.

—«Una lavadora en Saturno» es tu primer libro con la editorial Edebé. ¿Por qué ese cambio de editorial?

—En realidad no es que haya cambiado de editorial, sino que he añadido otra a las dos con las que ya trabajaba, y con las que sigo, por supuesto, que son Edelvives y SM. Y he de reconocer que tenía muchísimas ganas de publicar con Edebé, verás por qué. Yo antes escribía para adultos, y siempre cuento que decidí probar a escribir para niños después de leer un libro de Edebé, El príncipe de la niebla, de Carlos Ruiz Zafón, que había ganado el premio de la editorial en 1993. Me gustó tanto que me animé a intentarlo. Ahí empecé con la literatura infantil y juvenil y ahí sigo. Por eso publicar un libro con Edebé tiene un punto especial para mí. Ha sido una especie de cierre de círculo, lo que no quiere decir que acabe aquí; ojalá publique muchos más libros con ellos.

                      El escritor David Fernández Sifres posa junto al rinoceronte azul de ‘Don Yata’

—Lo primero que me ha llamado la atención ha sido la dedicatoria del libro. ¿Nos puedes decir algo sobre eso?

—Claro. La dedicatoria dice lo siguiente: «Para Claudia, Diego y Diana. Esta es la historia que mamá y yo queríamos contaros». Obviamente ellos son nuestros hijos y lo que queríamos contarles es algo que todos los padres les dicen a sus hijos: que los quieren hasta el infinito. Nosotros se lo decimos constantemente.

-¿Pero hasta el infinito infinito? preguntan.

-Sí, hasta el infinito infinito.

Y también:

-¿Y vendríais a buscarnos a cualquier sitio?

-A cualquiera.

-¿Y a Saturno?

-También a Saturno.

Por eso decidí escribir esta historia. La historia que queríamos contarles.

—Cuéntanos entonces de qué va el libro.

—Sin estropear la historia, porque no todo es lo que parece, los protagonistas son Carolina y Felipe, que acaban de tener un nuevo hermano, Lucas. Convencidos de que sus padres solo le prestan atención al bebé y que ellos ya nos les importan nada, deciden irse de casa al lugar más lejano que se les ocurre, un lugar al que sus padres jamás irían a buscarlos: Saturno. Para ello tunean una lavadora vieja en el jardín para que se asemeje a un cohete, se acomodan en ella cual astronautas, realizan una cuenta atrás y, cuando llegan a cero, contra todo pronóstico, despegan. Y a partir de ahí comienza un juego en el que se mezcla la realidad con la imaginación de los niños y que, como te decía, era la historia que les queríamos contar, a la que se añade una historia secundaria, más cruda, que también queríamos que conocieran.

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—Efectivamente es una historia que esconde algo más que la mera anécdota. De hecho, el epílogo, después de terminar el libro, impacta.

—Sin duda. No podemos contarlo ahora porque estropearíamos la lectura pero, efectivamente, es impactante. Y no fue premeditado. Yo tenía clara la historia en la cabeza, y fue buscando información para documentarme cuando me encontré con lo que cuento en ese epílogo. Creo que eso le da aún más fuerza a lo que se narra, y lo ancla definitivamente a la realidad.

—’Cómo ríen las sirenas’, de Edelvives, el último libro infantil que habías publicado, también era una historia para tus hijos.

—Sí, tiene sentido. Suelo decir que si escribes es porque tienes algo que contar. Cuando escribo un libro infantil lo hago porque siento la necesidad de contar una historia, y decido adecuarla y enfocarla de manera que puedan leerla ya niños de una edad determinada. Y de ahí para arriba, por supuesto. Y siempre visualizo un niño imaginario y le digo, como una especie de orden para mí mismo: «voy a escribirte la mejor historia que tenga en la cabeza, y voy a tratar de hacerlo de la mejor manera que sepa». Por eso tiene sentido. Mis hijos son pequeños y ahora siento la necesidad de contarles historias a ellos; bien sobre temas que me preocupan a mí, bien sobre temas que les preocupan a ellos. O, simplemente, historias que les hagan pasar un buen rato. Cómo ríen las sirenas es la historia que decidí escribirles para hablarles del duelo tras el fallecimiento de un ser querido, porque comenzaban a preguntarme sobre ello. «Una lavadora en Saturno» es la que escribí para decirles que los queríamos hasta el infinito. El grupo de los sueños de Martha Müller, en la colección El Barco de Vapor, de SM, fue la historia que escribí en su momento para contarles, cuando fueran un poco más mayores, lo que había ocurrido en Berlín, con un muro que había separado a familias durante veintiocho años, y cómo unos padres harían cualquier cosa por sus hijos, hasta fabricarles sueños.

—Las ilustraciones son de Mercè Arànega. ¿Habías trabajado ya con ella?

—No, nunca habíamos coincidido, y ha sido muy buena experiencia. Yo creo que ella captó muy bien la candidez de los protagonistas, con la inocencia que les permite estar convencidos de que podrán viajar a Saturno con una lavadora. Son unas ilustraciones muy dulces.

—Presentas también ahora dos nuevos libros de la colección Don Yata.

—Sí, es una colección muy importante para mí y estoy contento de que haya ya cuatro títulos. Es importante porque a mis dos hijos mayores, que ahora tienen 8 y 6 años, nunca pude leerles algo mío en sus primeros años. Por eso, cuando Edelvives me propuso una serie para niños de cero a tres o cuatro años dije que sí en la misma llamada. Nunca había hecho algo parecido, pero me apetecía muchísimo.

—Recuérdanos cómo es Don Yata.

—Don Yata es un rinoceronte morado, con buen corazón, muchos amigos, muy bromista y con un pelín de miedo a los leones. El nombre se lo dio, sin saberlo, mi hija pequeña. No le gustaba nada que le cambiáramos el pañal y, cada vez, cuando terminábamos, nos miraba y, con una sonrisa inmensa, nos decía: «¡Yata!» Y ese «ya está» de mi hija, que sonaba a felicidad, me pareció un nombre estupendo para el rinoceronte.

—¿Los dos nuevos títulos mantienen el formato de los anteriores? ¿Qué historia cuentan?

—Sí, son libros con hojas de cartón grueso, muy «jugables» como dicen mis hijos. Todas las páginas son desplegables y esconden una sorpresa. Esconden también una historia secundaria, divertida igualmente, que el niño encuentra fácilmente.

—Y ¿En La Bola de Golf?

En La bola de golf, Don Yata se pone a perseguir colina abajo una bola de golf que no ha podido embocar. Creerá encontrarla en cada página, pero al desplegar comprobaremos que es un objeto diferente a lo que parece en un principio. Su búsqueda le llevará hasta el fondo del mar. En ¡Es mi cuerno!, Don Yata, que está orgulloso de su cuerno, hará un repaso de las aparentes ventajas de tener un cuerno como el suyo pero, al desplegar, iremos viendo que también hay inconvenientes y no todo es lo que parece.

—Tratándose de historias en las que la ilustración es tan importante, ¿cómo trabajáis Claudia Ranucci y tú?

—Trabajamos en contacto permanente, no solo ella y yo, sino también Celia Turrión, nuestra editora. El proceso, a grandes rasgos, comienza con mi propuesta genérica de varias historias y la aprobación de una de ellas por la editorial. A partir de ahí la desarrollo, decido qué debe ocurrir en cada página doble, qué debe parecer con la página plegada y qué debe aparecer al desplegarla, y hago unos bocetos que para no engañar a nadie diré que son vergonzosos pero que sirven para que quede clara la idea y Claudia y Celia puedan ver si funciona o no. En cualquier caso, todas las páginas las comentamos y, en ocasiones, la solución no aparece sino después de un trabajo conjunto que, a mi juicio, es muy gratificante. Una vez que tenemos decididas las diez páginas dobles trabajamos sobre la historia secundaria que comentaba, y que recae más en Claudia. Finalmente Claudia hace las ilustraciones espectaculares del libro y Celia y yo afinamos los textos. Pero durante todo el proceso, como digo, se da un diálogo constante que resulta muy enriquecedor, con lo que al final los tres participamos en todo el proceso. Quizá por eso lo estoy disfrutando tanto.

—En «La broma», uno de los títulos anteriores, habías incluido un guiño a tus hijos. ¿Hay alguno en estos dos nuevos libros?

—Sí. Como te dije entonces, Claudia y yo somos amigos, tenemos mucha confianza y este tipo de cosas nos gustan mucho. En la primera página de ¡Es mi cuerno! aparecen, colgados en la pared de la casa de Don Yata, un montón de cuadros con fotos y dibujos de su cuerno. Dos de esos cuadros los dibujaron mis dos hijos mayores, y su nombre aparece oculto en ellos. Por otro lado, siempre nos apañamos para que aparezca una osa panda, Yolanda, que es el animal preferido de su hija. Y, abundando aún más, Yolanda es el nombre de mi mujer. Este tipo de detalles nos hacen mucha gracia.

—¿Habrá nuevas aventuras de Don Yata?

—Sin duda. Es un personaje que está funcionando muy bien, también en euskera y catalán, y vamos a intentar que crezca a la vez que los niños que han empezado a leerlo ahora.

«Don Yata crecerá al mismo tiempo que los niños que lo leen ahora»
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