lunes. 27.06.2022
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El azulete clarea

HOY CUMPLÍRÍA LOS 110 AÑOS PEDRO LAÍN ENTRALGO (1908-2001), JERIFALTE FALANGISTA Y VIRTUOSO DEL RENUNCIO Y LA PALINODIA. A RAÍZ DE SUS MEMORIAS (‘DESCARGO DE CONCIENCIA’, 1976), TANTO MARSÉ COMO UMBRAL LE DIERON SU MERECIDO. divergente
Retrato del intelectual Pedro Laín Entralgo (1908-2001)

Pero no fue esa la tónica general con el viejo falangista, que durante décadas emuló el papel tutelar respecto de la cultura que previamente había cumplido su colega Gregorio Marañón. Con mayores réditos institucionales, desde luego. Logró una cátedra temprana en 1942, de Historia de la Medicina en la universidad de Madrid, aprovechando el hueco dejado por la siega de la depuración. Una cátedra que más tarde canjearía por la de Psicología experimental, asignatura que había enseñado entre 1939 y 1941. Para entonces, ya era consejero nacional de Falange junto a Ridruejo y con él había fundado Escorial, la revista literaria de la generación bélica. Laín se convierte en el pensador del Movimiento, con chaqueta negra y correaje. Y por ese trampolín asciende al rectorado madrileño entre 1952 y 1956, ingresando de paso en las academias de Medicina (1946), de la Historia (1964) y de la Lengua (1954), que finalmente va a dirigir entre 1982 y 1988.

Un analista de la cultura lo retrata como «intelectual de modesto talento, causa que provoca vanidades absolutas y orgullos sarracenos». Aquel ímpetu lo eleva hasta el Príncipe de Asturias 1989 de humanidades, después de ser jaleado como efigie liberal de su tiempo, y le anima ya en sus postrimerías a remitir a El País, donde actúa con mando, un recado laudatorio de cinco folios como glosa de su Hacia la recta final (1990). Lo cuenta en sus memorias Miguel García Posada, que llevaba aquel negociado. Por el camino había dejado el envite nazi Los valores morales del nacionalsindicalismo (1941), tejido con artículos y discursos de guerra, donde proclama «el valor cristiano de la violencia justa», mientras evoca los paseos «con aire marcial por Munich, recorriendo la calle a cuyo final eran asesinados en masa miles de judíos, rusos y gitanos». Es la confidencia de Reyes Mate a la muerte de Laín. De 1948 es su otro prontuario turbulento, que titula Vestigios. Y entre medias, La generación del 98 (1945), donde trata de uncir la memoria de los silenciados al sesgo sumiso de su bautista Azorín.

Su producción intelectual se articula en tres bloques: el histórico medicinal entreverado con una antropología de cuño zubiriano; el ensayístico, en torno a España como problema; y una producción teatral tardía y particularmente plasta. Recuerda Morán su pedido a Ruiz-Giménez para el regreso a España desde Rusia en 1957 de su hermano menor José (1910-1972), que había sido durante la guerra director de la escuela de comisarios del Ejército Republicano, para trabajar silenciosamente como traductor. También su cobardía patética, desde que selló con silencio el asesinato de su suegro, cuya hija, la química sevillana Milagro Martínez, nunca se lo llegó a perdonar.

Aunque su imagen definitiva queda más prendida de las caricaturas novelísticas de Marsé, en su flojita La muchacha de las bragas de oro (1978), y de Umbral en la severa y majestuosa Leyenda del César Visionario (1991), que del ajuste de cuentas intempestivo organizado por Fraga y su cuñado Robles Piquer desde el ministerio de Turismo con el libelo Los nuevos liberales (1965), más allá del recetario medicinal y de las tribulaciones psicológicas adquiridas en Viena en sintonía con Carl Schmitt, Laín se había fajado como editorialista de Arriba España y colaborador insistente de las falangistas Vértice y Jerarquía, la revista negra de Falange que pilota el cura navarro Fermín Yzurdiaga. Ya de vuelta a Madrid, se hace cargo de la ocupada Residencia de Estudiantes, y devuelve a los exiliados en Londres Jiménez Fraud-Cossío los objetos personales abandonados con las prisas de la huida. También desarrolla su inquietud de pensar España, que viene a rematar la serie inaugurada por Ganivet, Unamuno y Ortega, en la que echan bazas recientes los exiliados Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz. En 1943 publica el ensayo Sobre la cultura española; en 1944 su Menéndez Pelayo; y en 1945, La generación del 98. Por fin, en 1948, da a la luz España como problema, reforzado con citas de autoridad de Franco y José Antonio. Según Laín, el problema radica en la relación no resuelta con Europa, un conflicto en el que considera esencial a Menéndez Pelayo, por su rescate de españoles históricos (Vives y Suárez), que supieron resolver contradicciones resultando ambos modernos y a la vez católicos. Luego, considera que los del 98 buscaron la solución por la vía del ensueño y expone su propuesta: la alternativa debe basarse en creencias. Primero, en la religión católica; después, a España como modo de entender la verdad religiosa, uniendo el «sugestivo proyecto de vida en común» joseantoniano y la política de «misión» dorsiana.

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