martes 17/5/22

Escribí en el arenal / los tres nombres de la vida: / vida, muerte, amor»: estos versos de Miguel Hernández inspiran la trilogía lírica de Manuel Juliá, periodista, narrador y poeta: El sueño de la muerte (2013), El sueño del amor (2014) y El sueño de la vida (2015). Este último comienza con un relato inicial en el que el niño que fue el poeta ve por vez primera el mar, que «estaba en una calma tan suave que casi llegaba con sus olas al interior de la mente». Por el mismo camino, el poema inicial propone la mirada interior: «Quizá haya que mirar solo adentro, muy adentro / para encontrar la paz que la vida no calma». La paz deseada reside dentro de uno mismo, en la soledad interior o en espacios que la promueven, como la arboleda o la cima de la montaña, donde el sujeto oye y siente «el rumor de la vida». No es fácil sintetizar el centro significativo del poemario, acaso porque cada poema es una sola oración que va ramificándose hasta su final. Es la primera señal externa de la peculiaridad de una poesía que presenta otros elementos sorpresivos en los que acaso resida su potencial lírico. Así, Nuevo curso parece llevarnos al comienzo del curso escolar, hasta que las sombras descansando en un sillón nos hacen sospechar que es el itinerario que vivirán los ancianos en «la otra orilla del tiempo donde les espera / un nuevo curso sin los barrotes de la vida»; de igual modo, en Cocodrilos, la tragedia del cervatillo triturado por el monstruoso reptil se convierte en correlato de la vida y de la muerte: «Siento que algún día un remolino de olas sucias / se tragará mis sueños en un temblor de dientes».

La mentada fluencia del discurso, con algunos visos surrealistas, no es incontrolada, tiene sus amarres: el más visible, la reiteración anafórica; sirva de ejemplo Condena, organizado sobre la reiteración desesperanzada de «para qué vivir». Otros amarres son de orden vital, pues a veces, a los signos oscuros del vivir se sobrepone cierta confianza, la búsqueda de algo que permanezca al llegar «al ignorado corazón de la nada».

De las tres partes del poemario, la última es la más entregada a la vibración cordial. Centrada en la madre desaparecida, los recuerdos se agolpan, como si ellos pudieran conseguir un regreso imposible. Sólo en el recuerdo puede hacer tornar a la madre, evocada en cada cosa, en cada gesto. Estos poemas contra el olvido, movidos por el amor y el dolor hermanados, son los más entrañables, los más emocionados y emocionantes.

El rumor de la vida
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