lunes. 26.09.2022
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El tebeo del capellán

EL CENTENARIO DE CÉSAR TRAPIELLO VÉLEZ (1913-1991) RESCATA SUS «AVENTURAS DE TIBURCIO Y COGOLLO», QUE FUE EL PRIMER TEBEO LEONÉS. PERIODISTA, PROFESOR DE DIBUJO, POETA Y PROPAGANDISTA DE APARICIONES MARIANAS, SE JUBILÓ DE LAS CAPELLANÍAS DEL HOSPICIO Y LA MATERNIDAD COMO BENEFICIADO DE LA CATEDRAL. divergente
fotógrafo

Don César había nacido en Garrafe y por las orillas del Torío desplegó su primera geografía sentimental. Fue párroco en Manzaneda, que es el pueblo que culmina la ribera escondida del río, y allí empadronó a los personajes de Aventuras de Tiburcio y Cogollo, que pronto cumplirá sesenta años. Fue la primera historieta ilustrada de nuestra cultura, un género que luego ha tenido continuadores tan destacados e inadvertidos como el berciano Jan (Juan López) o Miguel Ángel Martín. Yo lo conocí en los sesenta, como profesor de dibujo en el seminario. Subía en moto y en sus clases desplegaba una calma tan admirable como poco contagiosa, en la que permanecía ajeno a la algarabía estudiantil. De vez en cuando reclamaba silencio, mientras proseguía su despliegue de la perspectiva con tizas de colores en el encerado. Unas veces, escogía la vía del hullero con sus postes, para mostrar cómo se iba estrechando el horizonte hacia Matueca, y otras el camino del valle, arbolado de tonos otoñales. Tenía la voz rasgada por el tabaco, gafas de montura metálica y una paciencia seráfica. A pesar del viaje en moto, su peinado mantenía siempre la raya bien marcada.

UN DÚO QUIJOTESCO.

Las Aventuras de Tiburcio y Cogollo crecieron en cinco cuadernillos apaisados, que después de su lanzamiento vendía casi en exclusiva la recadería del Seminario Menor. Allí adquiríamos el tebeo, al precio de 10,50 pesetas, junto al lote de los devocionarios, vidas de santos, cuadernos, libros de texto, goma de borrar, betún y el diccionario Sopena. No era una compra obligada sino más bien agradecida, por la simpatía que despertaba su autor. Venía impreso en un papel «pajizo y amarillento», por la imprenta Católica, en una fecha indeterminada que sus sobrinos Pedro y Andrés deslizan entre las décadas de los cuarenta y los cincuenta. Pedro lo evocó en 1983, en León, revista de la Casa de León en Madrid, y Andrés en Los caballeros del punto fijo (1996), donde hace un retrato cautivador de aquel hombre benemérito al que «sólo se le conocieron tres vicios, el tabaco, que le ha llevado a la tumba, los crucigramas y la cecina dura y curada». Su figura paciente transita veinte páginas del diario de Andrés Trapiello que corresponde al año de su muerte. Cuando los años lo jubilaron de las clases y la moto, publicó un par de libros más: ¿De quién son estos signos? (1977) y Mis palabras a Dios (1989).

Fue su época de seguidor de las apariciones marianas en ruta por España y Portugal. «Creía en aquello y se entregó a su cultivo y propagación». De una de aquellas expediciones a Tras-os-Montes volvía el autocar nocturno hacia León, cuando se durmió el chofer y los viajeros en vigilia pudieron comprobar la conducción temeraria del arcángel San Gabriel, que tomó los mandos y sorteaba como la seda las curvas de aquel trazado enrevesado a más de cien kilómetros por hora. La televisión y revistas como Interviú difundieron su mensaje con recochineo. De ahí se plegó hacia el cultivo de una poesía mística, despojada de adornos y trascendente, que reúne en Mis palabras a Dios.

DOS CAZURROS POR EL MUNDO

Aventuras de Tiburcio y Cogollo despliega en 586 viñetas la peripecia planetaria de dos cazurros, que huyen de Rinconera hacia el páramo negro y regresan después de dar la vuelta al mundo para recorrer en cadillac los rincones de su penuria. Tiburcio es torpe, Cogollo instruido. El tebeo tiene un dibujo tintinesco y cuando sus aventuras se disparan, las refrena con décimas de sacristía: «Y si los hombres malvados / acosan con insistencia, / si es que no estamos culpados, / dar a Dios nuestros cuidados / y que Dios nos dé paciencia». En el primer cuadernillo, acaban prendidos por la partida del bandido Tragalobos. Ya en el segundo, la estrategia de Cogollo les permite abandonar la cueva, compran una moto en el garaje la Goma y chocan contra un árbol, mientras son perseguidos como bandidos peligrosos. Al final, cambian la montura por dos burros a los que pican las abejas y después de un descanso, denunciados por el fondista como sospechosos, se esconden en la copa de un pino, que manda cortar la policía, pero cae al mar y en él navegan hasta encontrar un arcón, que habilitan como barca.

El tercer cuadernillo discurre por el océano y propicia un alarde de lenguaje marino. También contiene las referencias cronológicas que permiten situar la publicación del tebeo, que carece de fecha de imprenta. Ahí aparece (viñeta 237) la mención a la Conferencia de las Bermudas, que se celebró en diciembre de 1953; o la peripecia (viñeta 225) del náufrago voluntario Alain Bombard, que discurrió entre diciembre de 1952 y 1954. En el mar los traga un cachalote, que pescan los polinesios. De allí huyen en el globo de un sabio alemán, que cae en un cráter sin actividad de una isla Midway, entre América y Asia. Los recoge un helicóptero, que aterriza en un iceberg, y los esquimales los acercan al padre Llorente. Viajan en avión a San Francisco, donde se hacen ricos con el cine, y vuelven en barco a Vigo, donde montan en cadillac hacia Rinconera. Allí se hacen un chalet y escriben sus memorias. El último cuadernillo muestra algún descuido de erratas y faltas de ortografía, quizá expresión del cansancio decepcionado de su autor. La condición de primer tebeo leonés bien merece un recuerdo cuando se van a cumplir los sesenta años de su aparición.

El tebeo del capellán
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