domingo 22/5/22
                      fernando otero perandones
fernando otero perandones

Miguel Paz es uno de esos autores que escribe cuando acaba de trabajar, por la noche, dice, una característica que tiñe de nostalgia una de las obras más cabales y premiadas de la literatura actual.

—Es uno de los autores leoneses más premiados. ¿Por qué no ha dado aún el salto a las grandes editoriales?

—He publicado en sellos minoritarios o independientes como Leteo o Trea, pero en todo ellos, incluyendo el último, Castilla Ediciones, puedo decir con satisfacción que tanto la profesionalidad del trabajo realizado como la calidad del libro ha sido siempre ejemplar y eso, en mi opinión, es lo que hace verdaderamente grande a una editorial. Obviamente, si surge la oportunidad no la voy a desechar, pero para mí no supone una prioridad absoluta ni he hecho nunca demasiadas gestiones en ese sentido. De todas formas, el hecho de publicar en un país donde empieza a haber más escritores que lectores, si se me permite la ironía, empieza a resultar una tarea titánica.

—¿Se considera bilbaíno o babiano?

—Como tengo cierta tendencia a llevarme por la ensoñación y la necesidad de viajar, te diré que cuando estoy en Bilbao me siento babiano (o echo de menos Babia) y viceversa. Pero ya llevo más de la mitad de mi vida en tierras leonesas, es donde nacieron mi hija y mi mujer y donde acabó por ubicarse el resto de mi pequeña familia, por lo que mis querencias actuales se inclinan por esta tierra.

—Entonces ¿Qué peso tiene León en su construcción de la realidad?

—Hay ciertos elementos, como la luz, los cielos o el aire de León y, especialmente, los de Babia, que me acompañan de un modo inconsciente en lo que escribo. Pasear por la montaña o esta ciudad me predisponen a escribir. Luego existe otra influencia más tangible, que son las crónicas que he conocido, escuchado y disfrutado desde que era niño en los pueblos de esa comarca. Los babianos, o los babianos de antes, al menos, poseen un don que entronca con la literatura oral y en sus relatos descubres tramas y, sobre todo, personajes de una inspiración casi surrealista. Lo curioso es que muchas veces se trata de historias verídicas, como la del babiano de corta estatura que rompió a caminar durante dos días para perder unos centímetros y librarse de la mili, que parecen salidas de un universo fabulador. Babia es mi Yoknapatawpha particular.

—Hábleme un poco de tu última obra, ‘La soledad de los charlatanes’.

—En La soledad de los charlatanes se reúnen, probablemente, mis mejores cuentos. Buena parte de ellos fueron premiados en certámenes importantes, algunos de ámbito internacional. Se hallaban inéditos, dispersos en antologías, o publicados en ediciones no venales, es decir, era realmente difícil localizarlos o incluso acceder a su lectura. Ahora están reunidos en un hermoso libro. Creo que es una buena forma de conocerme como escritor de narraciones breves. Mi hija dice que esta obra guarda mi mejor relato, uno que lleva por título Algunas canciones solo suenan al oscurecer que obtuvo, por cierto, el Premio de Narrativa Corta Camilo José Cela.

—Con usted me pasa una cosa. Siempre que le veo, pienso en lo deslumbrante y feliz que es su vida. Sin embargo, el poso literario que deja su obra es de pérdida.

—Jajaja… Pero, cómo va a ser deslumbrante y feliz mi vida, Cristina, te aseguro que es igual de decepcionante o llevadera que la de cualquier otro individuo… Lo que me sucede, a lo sumo, es que cuando me encuentro con personas que me importan o estimulan procuro sacar a la luz lo mejor de mí mismo… Dicho esto, es verdad que en mis textos se aborda con frecuencia la pérdida, pero, sin querer ponerme trascendente, es que eso es la vida desde sus inicios, una pérdida constante, incluso de aquello que solo percibimos o soñamos. Supongo que escribir de lo que nos suscita dolor o nostalgia solo es un modo un poco infantil de eludirlo.

—¿Cuál es su rutina de trabajo literario?

—Mi rutina consiste en intentar tener una rutina, cosa que nunca consigo… Suelo reservar los momentos crepusculares del día para escribir, pero poco más. Como dictan los cánones, la inspiración debe pillarte trabajando y todo ese rollo, pero detesto convertir el acto de crear en algo tortuoso y obligado, así que muchas veces me siento cuando realmente creo que puedo volcar algo en el papel.

—¿Cómo le ha cambiado el nacimiento de tu primer nieto?

—Creo que tengo menos espacio en el pecho… Noto que el corazón se ha ensanchado y, literalmente, ha ocupado más rincones… Quiero pensar que eso me está haciendo mejor persona y que de ahora en adelante veré el mundo de un modo un poco más optimista, aunque solo sea porque es lo que le deseo a él y a todos los de su generación.

—¿Dónde se encuentra más à l’aise, en la poesía o en el relato?

—Instintivamente me sale decirte que en la poesía: nadie puede escribir poemas, y mucho menos poemas decentes, si no lo hace desde las vísceras y el corazón. Es lo que me sucedió con el primer poemario que escribí, ««Oración de la negra fiebre»», donde exorcizo lo que padecí después de pasar tres meses en un hospital (uno íntegramente en la UCI) y que, tristemente, tanto me recuerda a lo ciertas personas han vivido con la covid… Pero no es menos cierto que el mundo puntilloso y la búsqueda obsesiva de la belleza formal en el relato también reflejan una parte de mi personalidad… Quizá por eso acabo a veces construyendo estructuras donde se vislumbran retazos de prosa poética, como sucede en el epílogo de mi último poemario, ««Tu nombre se enreda en mis manos»».

—¿Cómo ve León desde el punto de vista cultural?

—Esta ciudad es muy dada a las lamentaciones, pero si pensamos en términos de tamaño y número de habitantes, disponemos de una oferta cultural rica y variada. Cuando vienen amigos de fuera les sorprendo con la cantidad y calidad de actividades que se desarrollan en nuestra ciudad. En León puedes ver teatro experimental en un piso, asistir a un concierto en el Auditorio, recitar versos en el Ágora o ver una película independiente y en versión original en el Albéitar. Se despliegan eventos de envergadura nacional como el Purple Weekend, el Festival de Magia o el Premio Leteo, pero también iniciativas literarias de largo aliento como todo lo que gira en torno al proyecto Camparredonda. Y, por descontado, tenemos una nómina de poetas, narradores, escultores e ilustradores realmente notable. Agregaré que, mejorando lo presente, también existe una excelente tradición de columnistas. Está bien que nos sintamos orgullosos de nuestro patrimonio monumental y gastronómico, pero a lo que tenía que aspirar esta ciudad, de una vez, es a convertirse en una capital cultural europea: lo merece y puede aspirar a ese distintivo.

—¿Qué tiene ahora entre manos?

—Hace un par de meses obtuve uno de los premios de novela breve más prestigiosos del país, el Ramiro Pinilla que, como singularidad, además del premio al ganador, tiene una dotación económica de mil euros para facilitar su edición futura… Así que espero que esa novela, que lleva por título Banksy estuvo aquí, salga a la luz en 2022.

«Escribir sobre el dolor es una manera de eludirlo»
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