viernes 3/12/21
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La novela de Grajal

TOMÁS SALVADOR LUCHÓ CON LA REPÚBLICA Y CON HITLER, PERDIÓ AMBAS GUERRAS Y EN RUSIA GANÓ UNA SORDERA QUE LO REFUGIÓ EN LA LITERATURA. FUE POLICÍA CON FRANCO Y NOVELÓ LA MAGIA DE GRAJAL.
Tomás Salvador con sus padres grajaleños

Fue su primer título, finalista del Nadal 1951 y estreno de una década de profusa fecundidad, durante la que publicó quince novelas. Evoca los días felices de una infancia compartida entre Villada, donde nació en 1921, y Grajal, el pueblo de sus padres. La novela conjuga elementos de los dos lugares. El castillo que dibujó Doré, el hospital, la alameda, los nombres de los personajes que giran en torno a Jacintón, como Isidrín de la Mota, son de Grajal. Las iglesias (aunque a San Facundo le llame San Fructuoso) y diversos avatares, como el ahogo de una mujer en el lagar o el incendio del templo de Santa María, corresponden a Villada.

Tomás Salvador Espeso (1921-1984) se trasladó a Madrid con sus padres a los ocho años y fue internado en la Fundación Caldeiro, que llevaban los capuchinos, hasta los quince años. La guerra sorprende a la familia dividida: el padre y el hermano mayor, guardias civiles, en Jaca, bando nacional; la madre, con Tomás y Félix, su hermano pequeño, en Madrid. Tuvo que hacerse cargo de su supervivencia, practicando toda suerte de oficios: alpargatero, peón de albañil, buscador de carbonilla y desechos en los vertederos. Entonces empezó a leer con voracidad.

PIONERO DE LA NOVELA DE GÉNERO

En 1938 fue movilizado con la quinta del biberón al frente de Guadalajara, de donde pasó con su caída al campo de concentración instalado en el monasterio de Santa María de Huerta. Allí lo recogió su hermano mayor, sargento de la Guardia Civil. Hizo la mili y en 1941 se apuntó a la División Azul, pasando veintitrés meses en Rusia. Al volver, con una profunda sordera provocada por la explosión de una granada en su trinchera, ingresó en la policía, aprovechando el privilegio de los divisionarios, y fue destinado como inspector a Barcelona.

Tomás Salvador fue autor de una literatura tosca y profusa, elemental en su expresionismo, cuya falta de exigencia acaba alojando sus libros a veces en el arrabal de los subgéneros. Sin embargo, destacó como creador de tipos novelescos y como uno de los pioneros de la novela policíaca y de ciencia ficción en nuestra literatura. Alentó los primeros pasos de Javier Tomeo o del Vázquez Montalbán policíaco y gestionó la edición de Tatuaje, rechazada por varias editoriales. Su sobrino Marcos Ordóñez (1957) publicó lass primeras novelas como leonés de Cistierna, aunque luego se hizo de Barcelona. También era primo carnal suyo el periodista de Proa Vitálico Espeso, prologuista del Retablo leonés (1940), de Pérez Herrero, y compañero de talleres y de aventura teatral de Victoriano Crémer.

Tomás Salvador nos dejó dos novelas de escenario leonés: Historias de Valcanillo (1952), finalista del Nadal, y Cuerda de presos (1953), galardonada con el Premio Nacional Miguel de Cervantes y con el Ciudad de Barcelona. En esta novela, sobre la que volveremos, recorre el eje subcantábrico de nuestra provincia, desde Murias de Paredes a Cegoñal, como homenaje a su padre, un grajaleño que fue guardia civil caminero. El relato itinerante sigue el traslado de un asesino desde Murias a Vitoria y en él adquieren protagonismo los pueblos del recorrido, su paisaje y los tipos humanos que se encuentran.

HISTORIAS DE VALCANILLO

La novela de Grajal tiene como hilo conductor y personaje central a Jacintón, el más solidario de todos los vecinos. En la primera parte, se suceden las historias del pueblo, y luego las protagonizadas por Jacinto. De algún modo, esta novela de Tomás Salvador se vincula con el Don Camilo (1948), de Guareschi, y con el precedente aragonés del Pedro Saputo (1844), de Braulio Foz. En la misma estela se inscribe El Aquilinón (1993), de Avelino Hernández. En todos los casos, el protagonista es un tipo muy vinculado a su tierra, al pueblo, y al venero de la tradición oral.

Jacintón vivió ayudando a los demás y comiendo de lo que le daban por su trabajo. En la novela hace reír con sus llantinas de berrinche y con sus desplantes de chiquillo. Una vez muerto y después de algunas aventuras por el más allá, vuelve a Valcanillo para ser su fantasma benéfico, el cronista de los avatares de sus vecinos y a veces incluso su ángel de la guarda. Son historias independientes del pueblo que jacintón vive como suyas, porque el pueblo reside en su corazón.

EL FANTASMA DE UN PASEADO

Jacintón, muerto y resucitado en la literatura, fue paseado, junto a Elías Gutiérrez Godos, en el Monte Calzadín de Gordaliza del Pino, el 19 de septiembre de 1936. Tres días antes los arrancaron de sus tareas agrícolas los falangistas armados. Primero, los llevaron al cuartelillo de Grajal y luego a la cárcel de Sahagún. Jacinto se había distinguido en el pueblo por su participación en el asalto a la panera, cuando los campesinos reclamaban su acceso al trigo comunal, y por otras protestas de la época republicana. Se llamaba Jacinto Martínez Santos y fue un hombre bueno, un esforzado jornalero siempre dispuesto a echar una mano a quien lo buscara. Cuenta su peripecia en aquellos años convulsos mi profesor Vicente Martínez Encinas, en un libro modélico: Grajal de Campos. La década conflictiva: 1930-1939, publicado en 2006 por el Instituto Leonés de Cultura. Lo curioso de este caso es el regreso del inocente paseado a la memoria del pueblo, a su imaginario colectivo. Un retorno que trasciende la novela Historias de Valcanillo.

La novela de Grajal
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