jueves 19.09.2019
AUTORES LEONESES

Un mundo sin horizonte ni destino

Un mundo sin horizonte ni destino

Dismundo

Rogelio Blanco Martínez. Prólogo de Juan Gelman. Ed. Reino de Cordelia, Madrid, 2011. 130 pp.

Rogelio Blanco Martínez debuta en la narrativa —son muchas las obras, en otros campos, las firmadas por él— con un libro de relatos que, en su conjunto, dibuja un espacio mítico, Dismundo de Brezales, posiblemente en León, aunque no sea esto lo más importante, sino la idea radical de que lo universal es lo local trascendido —«Habla de tu aldea y serás universal», sentenció Tolstói—, sobre la que abunda en el Prólogo Juan Gelman. Lo importante es, y conseguir, dibujar un paisaje, un mundo que existió en la soledad y la tristeza de otros tiempos, que se convierte así en paradigma de una forma de vida ya desaparecida en que reinaba la «monotonía y lentitud», de «pobreza continuada y futuro incierto». «Niños sin futuro —escribe Gelman— condenados a prolongar el linaje del pobre y la vida como una repetición. Pero los dismundianos no se rinden, saben cómo sobrevivir, prueban que lo humano es capaz de atravesar las asperezas más crueles. Una lección para estos tiempos en que se nos quiere domar el coraje para convertirnos en carne fácil de autoritarismos».

Aunque cada uno de los nueve relatos que contiene el libro tenga su propia autonomía, tanto literaria como argumental, lo que permite considerarlo, por tanto, abierto a posteriores incorporaciones, es el conjunto el que abre la puerta a la visión de este mundo apuntado, que vive en el abandono, sin horizonte ni destino. Escenas, paisajes, historias cotidianas, personajes definidos e inolvidable (doña Bibiana, Armelinda, Domiciano, Leontino, Robustiano, Librada…), ofrecen y perfilan el universo de un mundo rural del que todos apartan la mirada y en el que los muchachos aspiran a cultivar la tierra de algún amo y las chicas a emigrar a la capital como criadas. Sobre esa atmósfera creada y lograda, el autor deja caer la palabra de la ternura, de la inocencia primigenia, del humor y la ironía que destilan acidez no pocas veces, con momentos no exentos de cierto tono poético, a pesar de esa pobreza de la subsistencia que azota estas vidas sin apenas poder vislumbrar ningún otro horizonte.

Muchos lectores identificarán el símbolo de este espacio real, que es de lo que se trata, y atraparán así la memoria propia, literaturizada para hacer partícipes de un hecho que se incorpora por ello al ámbito común de los espacios míticos, tan bien captado, con un lenguaje cuidado en que el habla local de ese Dismundo de Brezales, con el que se pueden identificar tantos otros —otro mérito en el enfoque—, no pierde la oportunidad de su presencia. «Habla con el habla de sus habitantes —nos dice Gelman— y su escritura subvierte el discurso oficial, como toda escritura de verdad. Se encontrarán modismos y palabras viejas que, paradójicamente, descubren la riqueza de la lengua castellana y se quedan a vivir en la mente del lector por su autenticidad. ¿Por qué olvidar que el ternero también se nombra jato? ¿Por qué desechar expresiones como estabular, copichuela, espurriar y, sobre todo, coscorito, más dulce que carozo, en especial si es de cereza?».

Un universo, en fin. Bien trazado, lo que significa que Rogelio Blanco debuta con total garantía en el mundo de la narrativa.

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