lunes. 04.07.2022
                      fernando otero
FERNANDO OTERO

Pensilvania es una novela polisémica. Es el nombre de un estado americano, la historia de un acontecimiento y de cómo éste influye en el devenir la vida, un cuento sobre la incomprensión, el relato —uno de los términos que el autor ‘desfalca’ con su peculiar sentido del humor— del conocido como cinturón bíblico de Estados Unidos, una historia sobre el silencio de Dios y la experiencia que sobre ello vivió el escritor a los 16 años. Pensilvania es la historia de una despedida, y una fábula sobre el momento en el que ya podemos mirar hacia atrás con tristeza. «Hay veces que si te dejas llevar mucho, el riesgo de acabar en un callejón sin salida es muy grande. Pero si te sale bien»..., dice Juan Aparicio Belmonte sobre la novela que presentaba el domingo pasado en la feria del Libro de León y que

—¿Qué planificaste al principio?

—Estaba en una librería del centro de Madrid en una presentación de La encantadora familia Dumont y la gente estaba contenta. Conté varias anécdotas que les hicieron reir. Al terminar, la librera me dijo, ‘Pero, oye, tú tienes gracia con esto que cuentas ¿Por qué inventas? No inventes nada, no hagas. Cuenta tu vida. Pensé que era una crítica demoledora hacia mi obra, joder, no le ha gustado nada. Entonces, intenté hacer otra cosa y es esta novela.

—Comienza como la historia de una despedida, con la muerte de Rebeca, la ‘madre’ que tuvo a los 16 años durante un año escolar en Estados Unidos.

—La muerte de Rebeca le da un sentido a la novela, a una experiencia que hasta hoy me resultó difícil encajar.

—¿Por qué?

—Porque fue como si me hubiera ido a Marte. Imagina que te mandan a una familia ultraprotestante a los 16 años. Nunca has tenido esa forma de vida como un referente. Que si el infierno, que si no vale con ser buena persona sino que tienes que lograr que Jesús entre en tu corazón... Era muy raro todo.

                      El escritor de origen leonés Juan Aparicio Belmonte en la plaza de San Marcelo

—Es imposible luchar contra Dios.

—Como es una entelequia, que es muy difícil de llenar de contenido, los que tienen dudas son ellos. Rebeca vino una vez y me dijo ¿Tú crees que estoy loca? porque veía que no calaba en mí. Es como las cosas muy solemnes que de repente llega uno y suelta un chiste y todo se desmorona. El problema es que Dios es su única identidad.

—Hay un momento de la novela en el que contrapones a Dios con la vida.

—Lo que digo es que no se puede estar pensando en Dios, que es una idea, y no dar valor a la creación que tanto valoran. Sin embargo, nunca están en ella. Piensan en el más allá, pero no en el más acá. Se supone que Dios te ha dejado aquí para que disfrutes de la vida, pero para ellos, esta vida es un tránsito leve hacia el otro mundo. Por eso, cuando intenté tener empatía, acercarme a su modo de ver las cosas, los estímulos de la vida me hacían imposible vivir como ellos. La vida conspira contra esa manera de estar en el mundo.

—Es una novela amarga, en la que el sentido del humor trata de dulcificar todas las claves que planteas.

—La novela funciona porque aunque el narrador soy yo, he logrado que haya mucha distancia. Paradójicamente es esa distancia la que lo hace más creíble. Con mis sentimientos y emociones he rellenado huecos. Hay un repaso de lo que es la vida y ahí está mostrada mi opinión de la vida. He hecho lo posible para que funcione como novela y si he tenido que traicionar cosas, lo he hecho.

—Y hay mucha metaliteratura.

—Quería que la novela dialogara consigo. Ahí cuento un poco cuales son mis convicciones narrativas vinculadas a emociones. Más importante que el dato en sí es la emoción que suscitó. En ese sentido sí es veraz. Hay tres cosas totalmente veraces: Estuve en casa de esta mujer, la visita al hospital y a pelea de los skinheads, que me pegaron con pistola y todo... Cuando lo viví no tuvo gracia, pero como dice Woody Allen, la comedia es tragedia más tiempo.

—Aparece de manera fluida, no como con calzador, como ocurre con otras novelas.

—Está de manera natural y surge en la novela como surgen los sucesos que rememoro. No son compartimentos estancos. Está todo dentro de lo mismo y surge de manera natural. La novela habla un poco de mí y como he dedicado los últimos años de mi vida a dar talleres literarios, al final la deformación profesional acaba en la propia novela y expreso las propias convicciones que he descubierto a la hora de escribir.

—¿Te gusta como te has reflejado en la novela?

—Sí. Me gusta como he quedado, como ha quedado el personaje, porque es peligroso ponerse a pasear en tu novela. Para ser verosímil tienes que mostrar ciertas facetas desagradables, pero hay que mantenerlo bajo control, no puedes quedar como un idiota, que no se te vaya demasiado de las manos. La novela debe tener sus propias reglas y que funcionen al margen de la vida de la que nace. Si no consigues que el mundo literario se emancipe del que lo inspira, no funciona. La realidad no necesita demostrar su verosimilitud, pero la ficción, si. te lo tienes que currar más.

—Cuando dices es que Dios es el silencio, lo que estás diciendo en realidad es que Dios no va más allá de un pensamiento sin demasiado sentido... ¿Cómo la vida?

—Dios es un misterio. Lo entiendo como una posible fuerza creadora, un poder creador del universo en el que estamos. Más allá de eso no le veo más significado. No merece mucho la pena pensar demasiado en Dios. Si existiera, no creo que nos pusiera aquí para que nos pasáramos el día pensando en él.

—Ahora, en el mundo hay distintos modos de entender a Dios. Aquí, por ejemplo, en Europa hay otros dioses, como la dictadura de la corrección, que también exige silencio del resto. ¿Vamos a poner en riesgo la creación?

—Yo creo que la capacidad creativa siempre sale por donde menos se espera. Hay sociedades donde es más fácil ejercer la creación, pero incluso en casos de dictaduras siempre sale adelante la capacidad creativa de algunos individuos, como los hierbajos que aparecen entre baldosines. Siempre se abre paso. Cervantes pudo sortear todo y escribir Don Quijote. Pero, efectivamente, cualquier límite que le pongas a la creación es negativo. La ficción es un terreno en el que uno debe poder expresar lo que quiera. Desde el poder político, la tentación siempre es constreñir la capacidad creativa de la gente.

—Hablando de Cervantes, te preguntas por sus años perdidos en Argel...

—Si. ¿Cómo es posible que lograra sobrevivir a tres intentos de fuga, a un tipo que empalaba y torturaba de manera cruel a cuantos trataban de escapar? No se sabe cómo logró sobrevivir a los castigos. Un tipo capaz de escribir el Quijote, con esa comprensión del ser humano, debió hacerse valioso. Además, dicen que llevaba una carta de recomendación de Juan de Austria. Me llama la atención cómo tras los horrores que vivió, que se despida del mundo escribiendo el Quijote, que es una expresión tan grande de humanidad.

—Tu adolescente es muy profundo.

—Si, y construido ya a partir de mi edad. Si no, yo no habría podido escribir esta novela ni llegar a las conclusiones a las que llega el personaje. Pero hay cosas literales, como la anécdota de la goma. Dios, no me ayudes, le decía a Rebeca...

—A partir de ese momento, de esa experiencia, todo cambia

—Soy la misma persona desde esa edad. Hay una edad en la que uno mira hacia atrás y ya se recuerda como quien es. Yo me identifico con la persona que soy desde los 16 años y puede que por esa experiencia. Tuve que madurar. Lo anterior lo identifico a la infancia, no me veo a mí mismo, pero a partir de ese momento ya soy yo, aunque tuviera menos experiencia.

—¿Ahí está la capacidad creativa?

—La novela termina engañándome a mi. En realidad le he dado un sesgo a todo eso muy particular porque la vida es mucho más confusa y más rica y a mí la novela me ha servido para darle sentido a todo eso.

—El recuerdo es imaginación...

—Claro. Eso lo tengo demostrado. Tenía un poemario de Agustín Delgado titulado Sansirolé y yo estaba convencido de que esa palabra se repetía a lo largo de todo el poemario. Y, de pronto, lo cogí y no había ningún ‘sansirolés’ en los versos.

—¿Y el sentido del humor?

—Sin humor, esta novela sería totalmenta distinta, probablemente triste, de alguien que se hace la víctima. El humor celebra incluso los momentos complicados que aparecen en la novela y ofrece un punto de vista sobre la vida que es más cercano al que yo tengo.

«El mundo literario debe emanciparse de lo que lo inspira»
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