jueves 23/9/21
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Notario del malestar

HACE 35 AÑOS, EL NOVELISTA JUAN PEDRO APARICIO, QUE HOY CUMPLE LOS 75, ENMENDÓ LAS ALBRICIAS DE LA TRANSICIÓN CON UN ENSAYO QUE EXPLAYABA LA CAPTURA AUTONÓMICA DEL LEÓN MILENARIO. NUEVE NOVELAS Y UNAS CUANTAS FICCIONES DESPUÉS, REGRESA AL DEBATE CON UN ENSAYO QUE INDAGA LAS RAÍCES DEL PARTICULARISMO QUE MALOGRA EL PROYECTO COMÚN ESPAÑOL. divergente
Juan Pedro Aparicio

Después de unos años dedicados a la gestión cultural, primero en el Cervantes de Londres y luego con los fastos del Reino de León, Aparicio noveló los dramáticos últimos días del ilustrado Jovellanos en Nuestros hijos volarán con el siglo (2013), una ficción potenciada por los símbolos, como viene ocurriendo desde el principio con los mejores de sus relatos. Desde los cuentos de El origen del mono (1975) y su primera novela Lo que es del César (1981), imantados por la ficción política, donde combina expresionismo y esperpento, al ciclo provincial de la segunda mitad de los ochenta, que aborda limitaciones con humor y una triste resignación. Estos primeros libros concentran muchas de las preocupaciones de su autor, que se convertirán en constantes más o menos obvias de su mundo narrativo. Los despropósitos del absolutismo, la temeridad de la especulación científica y las fronteras de lo inexplicable son algunos de los ingredientes que dan una dimensión profunda a relatos cuyo argumento con frecuencia bordea lo insólito. Su retrato de la realidad proyecta una imagen paródica, que a veces alcanza la deformación expresionista.

LA FICCIÓN SIMBÓLICA

Más tarde, las nostalgias de El año del francés (1986) se traducen y prolongan en la caricatura de los Retratos de ambigú (1989). La irrupción de un paracaidista francés, que salta desde la Casa Roldán a la plaza de Santo Domingo, agita la calma veraniega de la ciudad y despliega un friso de personajes en el que sobresalen la bella Valenty, a quien fractura una pierna en su caída, un poeta mostrenco, el comisario Bienzobas y unos cuantos perillanes dedicados al callejeo y cortejo de las chicas francesas de los cursos de verano. Pero nada es lo que parece, así que un final sorprendente deja a sus personajes en vilo. Retratos de ambigú (galardonada con el premio Nadal) da una vuelta irónica a la espesa municipalidad para superar las limitaciones de la vida provinciana. En ese proceso, incorpora la estela simbólica de Chacho, un futbolista de éxito malogrado por la guerra, las pesquisas atolondradas de Bienzobas o la severa sanción del inspector Vidal a las chapuzas del cacique Mosácula. Personajes que transitan de unos a otros de sus libros de Lot, la imagen salinizada en el cofre de la provincia. La forma de la noche (1993) es su novela más lograda y constituye una poderosa, imaginativa y redonda parábola de la guerra civil, lamentablemente maltratada con su descuido y cientos de erratas por la editorial Alfaguara. Por sus páginas rugen los tigres huidos del circo Franconi, alentando la alucinación colectiva.

Malo en Madrid (1996) y La gran bruma (2001) expresan un relajado paréntesis de intriga y sanción moral que distrae el hermetismo desbocado de El viajero de Leicester (1998), la novela intermedia. Aquella reflexión perturbadora sobre los destinos humanos y su huella en este mundo, que protagoniza a lo largo de un inquietante viaje en tren, un ahogado veraniego con diez años de entierro, ralentiza su producción novelística, que sólo resurgirá tres lustros más tarde con Nuestros hijos volarán con el siglo (2013), donde sigue la última deriva del ilustrado Jovellanos.

En 2012, Juan Pedro Aparicio recibió el Premio Castilla y León de las Letras como reconocimiento al conjunto de su obra literaria. Precisamente, el estímulo del trato intelectual con la obra del ilustrado asturiano movió a Aparicio a retomar la reflexión ensayística, urdida en este caso a partir de su mala conciencia por no haber logrado rescatar del olvido durante su comisariado del Reino de León la modélica biografía que el historiador palentino Julio González dedicó al rey leonés Alfonso IX, aparecida en 1944. El libro se titula Nuestro desamor a España. Cuchillos cachicuernos contra puñales dorados y obtuvo el premio internacional de ensayo Jovellanos 2016.

VIAJES Y RELATOS

Después del viaje fundacional por Los caminos del Esla (1980) con Merino, Aparicio descubrió en El Transcantábrico (1982) el resuello del viejo tren hullero, dando pie a una efímera y fallida redención turística. Si su lejano Ensayo sobre las pugnas, heridas, capturas, expolios y desolaciones del viejo reino de León (1981), supuso un alegato histórico y cultural al mapa autonómico, este de ahora aprovecha el desconcierto del final de ciclo para echar su cuarto a espadas, aunque en un tono menor. Entre ambos libros, había abordado el retrato colectivo en Descubrir España. Castilla y León (1999) y León monumental y turístico (2003). También la mirada inquisitiva de los artículos reunidos en ¡Ah, de la vida! (1991), una de cuyas secciones ya prefigura el pálpito reivindicativo de León. Qué tiempo tan feliz (2000) recoge la memoria de los años de formación e ilumina el universo leonés de sus novelas. Otra vertiente de su obra creativa cultiva el don poemático de la brevedad: la novela Tristeza de lo finito (2007), los microrrelatos de La mitad del diablo (2006) y El juego del diábolo (2008) o los cuentos de La vida en blanco (2005), Asuntos de amor (2010) y London Calling (2015).

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