sábado 18.01.2020
el territorio del nómada |

Paisajes del frío

ESTE AÑO SE CUMPLE EL CENTENARIO INADVERTIDO DE CECILIO BURGO-GAR (1915-1950), PINTOR DE LA BELLEZA INVERNAL QUE NO ALCANZÓ A CUMPLIR LOS 35 AÑOS. UN FEBRERO LO TRAJO Y OTRO SE LO LLEVÓ, SIEMPRE ENTRE CARÁMBANOS. DE SU OBRA QUEDA UNA CENTENA DE CUADROS, QUE MUESTRAN EL VOLTAJE INUSUAL DE SU TALENTO. divergente
Paisajes del frío

Cuando Cecilio Burgo-Gar se replegó a Palanquinos con las tinieblas de 1944, traía como equipaje el arrojo del superviviente y las secuelas el vencido. Sin duda, la peor credencial para volver a casa en aquel tiempo de insidias y venganza. Así que se recluyó en el hogar paterno y a su abrigo desplegó el último tramo de creación pictórica. Seis años sin otra aventura que el viaje semanal a la ciudad, confundido con los hortelanos del Esla, para recaudar unas míseras pesetas. Victoriano Crémer, que contemplaba cada mañana las tapias en sombra de Palanquinos colgadas en la Cámara de Comercio, denunció la crueldad ventajista de los que regateaban el precio hasta la extenuación del postulante. Las mismas instituciones y familias leonesas que quince años más tarde iban a decorarse con murales y dar cobijo en sus estancias al profuso gallinero de Vela Zanetti. Pero a otro precio y sin entender el rango diferente de los pintores.

Cecilio García Pérez nació en El Burgo Ranero el 9 de febrero de 1915. Su padre era molinero de alquiler. Primero machacó grano en Villamuñío y luego mazorcas en Pola de Lena, para aposentarse junto al Esla a trajinar en las aceñas de las Mansillas y de Palanquinos. Hasta los dieciocho años, el joven Cecilio ayudaba en la molienda a su padre y se entretenía ilustrando «las paredes enjalbegadas de harina de la aceña de Mansilla Mayor y del Molino de los Curas de Mansilla de las Mulas», según el biógrafo que lo rescató del olvido, mi querido profesor Vicente Martínez Encinas. Ya entonces «recorría los bares y cafés de los pueblos de las dos riberas, mendigando el encargo fácil, ofreciendo su arte por migajas de subsistencia». Saturado de la vida postulante, con dieciocho años, emprendió la aventura de Madrid. «Sin decírselo a nadie, se fue andando, por trochas y caminos de piedras sueltas».

AURORA ROJA

En Madrid se aplicó a las tareas de supervivencia, como copista del Prado y negro de diversos artistas. Entonces intima con Baltasar Lobo, que pintará su retrato, y se relaciona con el grupo anarquista que pivota en torno a su compañera Mercedes Guillén. Aquel retrato de Cecilio resalta su parecido con Clark Gable, el actor americano puesto de moda por el Oscar a su papel en Sucedió una noche. El leonés era el más joven del grupo inspirado por unos ideales cuyo logro exigía sacrificios y penalidades. Pero también tenía sus satisfacciones. Ya entonces, Mercedes disponía de coche, con el que salían los amigos al campo, a «guadarramear» o a pintar labrantíos y conocer la ignorada España real. A Cecilio aquel excursionismo le refrescaba la nostalgia de sus paisajes juveniles. Pero estaba atrapado por la fascinación de Madrid, por la atmósfera de los cafés, por las clases de pintura que iban saciando su avidez, por la complicidad amistosa de las modelos o la seducción de aquel grupo de mujeres libres e instruidas, damas tutelares de artistas desvalidos. Las fundadoras del movimiento Mujeres libres en el umbral de la guerra marcharon al exilio: Lobo con Mercedes, mayor que él. En su libro sobre Picasso (1973) esconde la autobiografía de los primeros años de la pareja en París, protegidos por el maestro. Cecilio aguantó la guerra en Madrid, mientras «el hambre y la penuria comenzaban a barrenarle los pulmones. Primero en la trinchera, luego en la buhardilla bombardeada».

SOLITARIO EN PALANQUINOS

En aquellos años de contienda, «Pintó carteles duros, expresivos, reivindicativos de libertad y derechos, que adornaron las calles del Madrid republicano… Todos se perdieron en el Madrid que perdió la guerra». Después de pagar su tributo de presidios, volvió al refugio familiar de Palanquinos en 1944. En aquel momento, algunos pintores se incorporan en Madrid al cortejo de los toreros, para hacer el paseíllo, pintar sus faenas y acercarse un día al pueblo con el haiga del maestro, a deslumbrar al vecindario aterido. Esa comitiva tenebrosa se comió algunos artistas con talento, como el zamorano Castilviejo, que jaleó las gracias de los Dominguines. No fue el caso de Burgo Gar, que tiene esa etapa oculta por las desdichas y contratiempos, sin señales ciertas de su andadura ni obras con su firma. Seguramente, porque otra vez lo tocó hacer de negro para conquistar los garbanzos de la supervivencia.

Su legado artístico, creado en condiciones siempre precarias, lo convierte en uno de los pintores leoneses más importantes del siglo. Sus cuadros se expusieron en la capital en 1945, 1947 y póstumamente, en 1974. Un repertorio de paisajes terrosos, bodegones convencionales y vagabundos solanescos. También los recintos y materiales más humildes e inadvertidos de su entorno, como el corral familiar o los tapiales, y sobresaltos de tormentas, viento e incendios. Su pincelada leve nos acerca con tonos matizados los cenicientos alrededores vitales del artista. En 1947 decora con murales taurinos las puertas de la plaza del Parque. Son semanas de intemperie ajustadas a precio de brocha gorda con el constructor Alberto el Gochero. Fue su tardía manera de resarcirse del lejano desdén al cortejo de los Dominguines. Aunque otra vez más en precario. Los fríos del Bernesga le dieron la puntilla y décadas más tarde un arreglo municipal y espeso del coso arrasó a lo tonto sus murales.

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