jueves 22.08.2019
le big mac

La pólvora de las flores

La dueña de la pensión me dijo que esa noche se celebraba una pequeña fiesta en el pueblo, con música y fuegos artificiales. Mi chica y yo habíamos regresado cansados, tras terminar una larga marcha a través del bosque. La tarde se inmolaba en el verdín de los charcos y en el brillo dorado del musgo. Subimos las escaleras y al llegar a la primera planta vimos que la puerta de nuestra habitación se había quedado abierta. La corriente la empujaba hacia afuera y su propio peso la entornaba de nuevo, como si tras ella hubiera un fantasma indeciso. «Juraría que la dejé cerrada», dije. El cuarto olía a tierra mojada y a madera podrida, igual que el bosque en primavera.

Con la luz apagada, mientras ella se duchaba, me asomé a la ventana y fumé un cigarro. Los árboles, al oscurecer, parecían celebrar un siniestro baile de disfraces. «No entiendo que la gente venga hasta aquí a quitarse la vida», le dije a mi chica, pero ella, bajo el chorro de la ducha, no me escuchó, o no oí su respuesta. Cuando cerré la ventana y encendí la luz, algo impactó contra el cristal. Un pájaro desorientado se había estrellado dejando una mancha de sangre y la silueta de sus plumas estampadas en el vidrio. Bajé las escaleras a toda prisa y lo encontré sobre el pavimento. Lo cogí para llevarlo al bosque porque no quería dejar en la calle su cuerpo muerto. Lo envolví en un pañuelo y me lo guardé en el bolsillo de la camisa.

Sobre los tejados, un cohete comenzó a silbar hasta abrir en lo alto de la noche una suerte de paraguas de varillas incendiadas. Calle abajo, los niños corrían hacia la plaza. Les seguí, mientras en la bóveda nocturna las explosiones se sucedían como en la batalla de Bagdad. Miré a mi alrededor y vi el rostro alucinado de los niños. Al final de la calle, mi chica se acercaba. Me zafé de la gente y fui hacia ella. Pero antes de alcanzarla, me derrumbé y caí al suelo.

Un grupo de adultos, formando un corrillo, trató de auxiliarme. Solo reconocí a la dueña de la pensión. «He creído ver a alguien y me he mareado», dije. «Es por el bosque —contestó—, que afecta a los nervios de quienes viajan solos». Me incorporé. En mi bolsillo el pájaro tembló y echó a volar. Le vi perderse en el fondo de la noche, entre las estelas de pólvora de los fuegos artificiales.

La pólvora de las flores
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