martes 22.10.2019

Porque nada se inventa sin asombro

Porque nada se inventa sin asombro

Sextinas. Pasado y presente de una forma poética

Chus Arellano, Jesús Munárriz, Sofía Rhei. Ed. Hiperión, Madrid, 2011. 460 pp.

La sextina es, probablemente, el poema métricamente más enrevesado, y aún así cultivado en casi todas las lenguas occidentales. Su misma definición no cabe en pocas líneas: composición poética de seis estrofas de seis versos endecasílabos cada una más una contera de tres (39 versos); las palabras finales de cada verso en la primera estrofa se repiten en otro orden, pero estrictamente fijado por las leyes métricas, en cada una de las demás estrofas; así que hay seis rimas idénticas a lo largo del poema (palabras-rima) que se repiten también en los tres versos de la contera, unas dentro y otras a final de verso. La sextina es, como se puede observar, puro artificio, cuando no juego y puesta a prueba del ingenio del poeta. Parece propia de momentos abarrocados; el fértil cultivo que ha tenido en el XX, tal vez se deba al gusto por lo complejo, pero también por los recovecos de la tradición, que, por cierto, es ya larga en el caso de la sextina; no es extraño, por ello, que Chus Arellano, Jesús Munárriz y Sofía Rhei llevaran años preparando esta singular edición de Sextinas, con estudio inicial que recoge prácticamente todo lo que se sabe de dicha composición. A lo largo de los siglos ha habido experimentos con la formas de la sextina, pero aquí nos interesa la canónica, a pesar de su rígida estructura o «sus exigencias matemáticas». No es extraño, por ello, que no sea composición demasiado frecuentada. En su historia, el nombre primero es el del trovador provenzal Arnaut Daniel (siglo XII), «el padre de la sextina imperecedera», como afirmó el peruano Carlos Germán Belli en su libro Sextinas, villanelas y baladas (2007), o como expresó Dante, «il miglior fabro del parlar materno», que más tarde aplicó Eliot a Pound y, más tarde aún, Ignacio Prat al granadino Antonio Carvajal. Pero si la sextina nace en Provenza, fue Petrarca, como dicen los editores, «el responsable de que esta forma fuera exportada al extranjero». Petrarca compuso sextinas, y antes Dante. Sannazaro la introdujo en la novela pastoril, y a su rebufo, Montemayor, Gil Polo y Cervantes. No podemos seguir en el espacio que se nos concede la suerte de la sextina en las distintas lenguas y países. Vengamos a lo cercano, sin intentar ser exhaustivos; algunos nombres podemos citar: Baltasar del Alcázar, Lope, Eugenio de Salazar –el que más sextinas escribió-, Herrera... Desde mediados del XVII la sextina desaparece durante tres centurias, hasta las primeras de Germán Belli y la famosa «Apología y petición» de Gil de Biedma. Después hay libros enteros de sextinas: Joan Brossa (cuatro libros de sextinas reunidos en Viatge por la sextina) Antonio Carvajal (Silvestra de sextinas), Manuel Padrono (Éxtasis, 1993), Ana Nuño (Sextinario, 1990), Eduardo Moga (Seis sextinas soeces, 2008), Belli, al que ya hemos citado, y algunos otros. Sextinas sueltas han escrito, entre otros, Francisco Castaño, Aquilino Duque, Jesús Munárriz, y, entre los más jóvenes, Álvaro Tato y Esther Giménez.

Los autores de la edición y del estudio previo se refieren también a los temas de la sextina y a sus variantes formales. Con todo este bagaje histórico y teórico, el lector puede entrar confiado en el mundo de la sextina, en el que encontrará composiciones de los nombrados y de otros en diferentes lenguas, todos ellos traducidos por los editores, de los provenzales a Rivero Taravillo, melillense que en 2002 publicó una sextina compuesta enteramente con versos ajenos. No sé lo que les sucederá a los demás lectores: a mí el recorrido me resulta apasionante.

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