viernes. 09.12.2022

La seguridad alimentaria está más garantizada que nunca, y casos como los del aceite de colza o las vacas locas no tienen cabida en la vigilancia y los estándares actuales. Que controlan también el controvertido bienestar animal. Un orden de cosas en el que David Rodríguez Lázaro, director del Centro de Patógenos Emergentes y Salud Global de la Universidad de Burgos y formado en León como licenciado en Veterinaria y Ciencia y Tecnología de los Alimentos, pone en primer lugar la necesidad de garantizar el acceso a las proteínas de origen animal de todos los habitantes el planeta. Algo que no tiene que estar reñido con la sostenibilidad medioambiental, pero sí tiene que avanzar en el desperdicio alimentario y sobre todo en la desigualdad de acceso a estos recursos básicos.

En pleno debate sobre las macrogranjas y la calidad de sus productos el investigador insiste en que «nunca hemos tenido, ni en España ni a nivel europeo, unos estándares y niveles de seguridad alimentaria tan altos como los actuales. Ni niveles tan altos de bienestar animal». El profesor no entra en las declaraciones del ministro de Consumo, Alberto Garzón, sobre la calidad de estos productos. «Pero esta polémica deja en mal lugar un esfuerzo que está realizándose desde las granjas al supermercado, que garantiza la calidad, la seguridad del consumidor y el bienestar animal».

Insiste en todo caso en que «en los últimos años se ha llevado a cabo un cambio drástico. Ahora Europa tiene unos estándares impecables de seguridad. Sin embargo, a menudo se nos olvida en todo este debate que lo fundamental es la disponibilidad de los alimentos. Garantizar que toda la población, todos los estratos sociales y en todas las localizaciones, tienen acceso a proteínas de origen animal. Que todas las personas tengan acceso a carne, leche y huevos. Y para eso es necesario incrementar la producción, abaratar los costes de esta producción y establecer sistemas más intensivos que den respuesta a las necesidades reales. Es lo que yo llamo democratizar la proteína de origen animal».

Un reto que viene de lejos, y que se acrecienta de cara al futuro, que exige sentido común. «No se puede ceder a la tentación de humanizar estos procesos. Además, la producción intensiva no es incompatible con todas las exigencias, sino más bien todo lo contrario. Tenemos que exigir no sólo el bienestar animal, sino que toda la producción alimentaria sea sostenible, también desde el punto de vista medioambiental».

Por eso el profesor lamenta que «tengan incidencia ciertos mensajes perniciosos, que son falsos. Como que la producción de carne, ya sea extensiva o intensiva, favorece el cambio climático. Es verdad que los animales se tiran pedos, y contribuyen al efecto invernadero. Pero si analizamos la drástica caída de la contaminación durante la pandemia, cuando la producción alimentaria en las granjas se incrementó frente al descenso generalizado, podemos comprobar que la generación de alimentos no tiene ese efecto tan indeseado que quieren hacernos ver».

El profesor incide además en el concepto de bienestar animal. «Yo soy veterinario. Y uno de los errores que se explican siempre, que se dan desde la psicología animal a los adiestradores de perros, es el de humanizar a los animales. Los animales son animales, lo que hay que garantizar es que no sufran. Hoy todos los animales para consumo humano se sacrifican previo aturdimiento, no son conscientes de lo que les pasa. Y las medidas previas al sacrificio van hacia un uso cada vez menor de anestésicos, también porque hay que preservar la sanidad de la carne. Y un menor sufrimiento implica una mayor calidad. En todo caso, humanizar a los animales es un error.

El debate científico y social va mucho más allá. «Lo que está claro es que tenemos que producir aquello que consumamos, y estamos tirando demasiados alimentos a la basura. Porque de nuevo vemos un mundo que comienza y acaba en Europa. Pero no es así. A principios de siglo 20.000 niños se quedaban ciegos en el subcontinente asiático por falta de vitamina A. Por no tener una dieta equilibrada. Ese es el objetivo a garantizar. Y necesita proteínas de origen animal, carne, leche y huevos».

Rodríguez Lázaro reconoce también que el debate se traduce también a menudo en términos poco serios. «Claro que todos queremos comer huevos camperos, pero lo importante es que todo el mundo tiene derecho a consumir huevos. Y eso debe ser compatible con la sostenibilidad del sistema».

No quiere entrar en la negativa de cada pueblo a que se instale en sus inmediaciones una macrogranja, «una figura que, por cierto, está aún por definir». Pero previene frente a un tipo de hipocresía. «Tampoco queremos energía nuclear, pero compramos electricidad a Francia, que produce con este sistema. No lo queremos cerca de casa, pero lo consumimos. Entiendo y respeto los argumentos, pero hay que poner todo en su justa medida».

Que a día de hoy no es otra que la que evidencia que la carne de las explotaciones intensivas no es de menor calidad, y que los controles son hoy mejores que nunca. Y esa es la garantía necesaria.

«Lo importante es democratizar la proteína local»
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